lunes, 10 de febrero de 2014

Defendernos


Somos un país cansado. Confundido. Totalmente paralizado. En la calle lo que se respira es una angustia que entra por los poros. Ya uno no sabe dónde empieza la sensatez, y donde se entra a la locura. Todo parece una mala decisión. Cualquier paso parece en falso, porque caminamos en el abismo, en el aire, en la caída libre que comenzó hace más o menos un año. En algún lugar entre la muerte de Chávez y las elecciones que nos arrancaron. En algún lugar entre la promesa de que las cosas no se iban a quedar así y que nos iban a dar una respuesta, y la escasez brutal de dólares que hace que vayamos entendiendo lo que es la desesperación.

Basta con ir a un mercado. El nivel de tristeza, de miedo, de incertidumbre es tan grande, que ya no hay metáforas ni recursos para describirlo. Uno no sabe con qué se va a encontrar. A veces una cola, a veces no hay cola, a veces te llevas una caja, otra sólo es uno por persona. A veces la gente está de mal humor y con ganas de protestar, otra es un silencio que muchos toman como resignación, pero no lo es. Incluso los que no quieren protestar no están resignados, más bien están como perdidos, como si de pronto nos hubieran dejado en medio del desierto y nos hubieran dicho que tenemos que salir corriendo. ¿Para dónde corremos?

Uno ve en las caras de la gente y la desesperación es palpable. Nadie es acostumbra a esto, y lo que a veces pareciera el silencio del  apaciguamiento, es más bien el rumor de una ansiedad que pareciera que está por despertar un monstruo terrible. Es que como seres humanos nos han tocado en lo más profundo. Nos han tocado las raíces de eso que nunca supimos que teníamos, la patria. Irónicamente tras un slogan vacío que intenta convencernos de que la tenemos nos han ido enseñando a entender los colores de la bandera y las estrofas del himno nacional. ""¡Abajo cadenas!" "Compatriotas fieles la fuerza es la unión" "gritemos con brío muera la opresión". Aprendimos la opresión. La opresión en todos sus sentidos, desde los presos políticos, hasta la que sentimos en este extraño cerco a los medios, cuya libertad hemos visto como se cuela como agua entre las manos. A diario tenemos que enfrentarnos con el muro de contención tras el cual han quedado aquellas cosas que marcan nuestra identidad nacional. Empezando por la Harina PAN. En todos lados la polarización política ha venido a mancharlo todo con sus tintes de intolerancia, y estamos agotados.

Estamos tan cansados que ya no sabemos qué es una opinión coherente y qué no lo es. Ya no sabemos qué opción política realmente tiene un fundamento y una posibilidad y cuál no la tiene. Queremos salir de esto pero la salida no está clara. ¿Cómo sales de un desierto? ¿Cómo sabes qué es un espejismo y donde está realmente el océano?

¿Y ahora qué? ¿Quiénes somos? No sabemos. Y sin identidad cómo sabremos a dónde ir. Hemos perdido la capacidad de intercambiar ideas, de tolerar, de escuchar, y no sé si nunca supimos pensar. Nos hemos vuelto un país paralizado de miedo, desconfiado, que ve un vendido, un espía, un invasor en cualquier persona que salga adelante con una idea. Estamos siempre esperando a que un político se burle de nosotros, nos utilice para unos fines de poder que ya ni entendemos, a veces sin pensar que la cantidad de anónimos que han usado esta coyuntura para llenarse los bolsillos y salir corriendo con lo que es nuestro, y dejarnos tan pobres no sólo en lo material, sino en lo moral. 

Somos un país que no le hace falta ir a un paro. Estamos parados. No se consigue nada, un tornillo, una batería de carro, un pote de pintura, una resma de papel, un litro de leche, una medicina para la hipertensión, un hilo de sutura, un pote de jabón líquido, una crema para el cuerpo, un limpiador de pisos, un solvente industrial, un reactivo para ciertos exámenes de salud, un teléfono celular, tinta de cualquier tipo, papel fotográfico, cualquier cosa que a uno se le ocurra de pronto es un lujo, no aparece, sino para aquella persona que sabe cómo moverse, que tiene suerte. Es como si no viviéramos en la modernidad, de pronto es como si fuésemos cavernícolas con caminos asfaltados.

La desesperanza de no saber qué teoría comprar, si la optimista, o la pesimista o la del medio, si es que el barco se hunde o sale a flote. Y mientras tanto la vida sigue, y tenemos que buscar alguna forma de seguirla viviendo. Y lo que es más, tenemos que asumir nuestra responsabilidad en todo esto. Tenemos que asumir que el miedo es libre, pero vivir con miedo no es vivir en libertad, que la realidad es tal vez más dura de lo que queremos aceptar pero que el primer paso para cambiarla es aceptarla. Que llegó la hora. Que esto huele demasiado a que el fondo del barranco está cerca y tenemos dos opciones, o ayudamos a inflar el paracaídas o nos vamos a estrellar contra el suelo.

En qué se traduce el sacar el paracaídas depende de la conversación que cada uno tenga con la almohada. O mejor dicho, de la conversación que cada uno tenga con la historia. Creo que llegó el momento de preguntarse qué hicieron los padres de la patria cuando comenzaron este país. Qué hicieron los padres de otras patrias. Esa a la que tal vez nos gustaría emigrar. Porque este es un país que está naciendo o muriendo, y creo que todavía tenemos chance de ponernos del lado de los parteros, pero tenemos que asumir el reto. Escoger la voz que suene más cónsona con el eco de lo que nos dice nuestro corazón de ciudadanos y aferrarnos a ella. Con valentía. Con entrega. En mi caso esa voz está con los estudiantes. Es lo que me dice la historia y el corazón.

Somos un país parado y golpeado. Creo que llegó la hora de aprendamos eso que habíamos olvidado por la comodidad de tantos años de creernos la democracia que no éramos. A defendernos.