viernes, 21 de febrero de 2014

El miedo es grande pero ¡Claro que se puede!

Parece un día cualquiera. Parece. Porque uno se levanta y hace su rutina, sale de la casa y hace lo de siempre, y pareciera que todo está normal. Basta ver a alguien a la cara y preguntarle cómo está. En las voces, en los ojos, en los gestos, sabemos que ninguno de estos días son un día cualquiera. Todos sabemos que desde el miércoles pasado aquí cada hora es decisiva. Cada acto, cada palabra, cada tweet, cada llamada, cada información, cada opinión. El problema es que estamos a ciegas, que la información no siempre es certera y que estamos seguros de muy pocas cosas.

Estamos seguros que hay un estado que se quitó la careta y que está decidido a conservar el poder a costa de lo que sea. Estamos seguros que somos un enemigo. No lo hemos declarado, porque la mayoría no somos gente de enemigos. No crecimos así, nunca lo fuimos. Somos gente profundamente democrática, creemos en la pluralidad de ideas, entonces nos cuesta, nos duele, nos ofende, que alguien esté dispuesto  a llegar a dispararnos por las nuestras. Hemos visto que se persigue el expresarlas, el defenderlas, con una vileza que sólo sospechábamos, con una vileza que creímos imposible. El odio se venía cocinando. Es más, nosotros vivíamos en una cúpula, porque hay sectores de este país que han estado sometidos a esta pesadilla por años ya, y las cifras de muertos lo comprueban. Los hechos de sangre se han masificado, pero la verdad, lo que más duele, es que no son nada nuevo. Esto sencillamente se salió de control. Es como si fuera temporada de caza, y aquí cualquiera puede ser presa. Lo único que hace falta para que te maten en Venezuela es estar vivo.

No sabemos qué hay que hacer. Muchos marchamos, porque en realidad, ya no hay otro medio para expresar nuestra frustración, pero a muchos les da miedo. Da miedo por las malas experiencias del pasado y da miedo porque ya no sabemos de qué depende el futuro. Da miedo porque ya no sabemos bien qué país defendemos. Ya casi ni sabemos qué país queremos. Sólo queremos que esto termine, y no sabemos bien qué es esto. Porque la verdad este no es el mismo país que era hace una semana, pero el país que éramos hace dos semanas, ese que fuimos en diciembre, este tampoco queremos serlo. Ese país de la tensa calma, del gobierno abusador, del vivo que se sale con la suya, del atropello que queda impune, en el que ningún derecho está garantizado, ni la vida, ni la propiedad privada, nadie garantiza nada. Vivimos como ahorcados por una mano que nos va quitando lo que tenemos y lo que somos en silencio. Ese país tampoco lo queremos.

Queremos paz, pero no sabemos cómo construirla. Porque paz no es tensa calma, ni frustraciones calmadas. ¿Cuántas veces te puede insultar el presidente de tu país sin hacerte sentir rabia? ¿Cuánta humillación puedes aguantar? En realidad, somos un pueblo muy poco violento, porque aún con todas las incitaciones al odio, no odiamos, sino que más bien estamos tratando de construir un puente para que esos que odian entiendan que en este poco más de 900.000 mil kilómetros cuadrados caben ellos y cabemos nosotros.

Ya no sabemos qué es verdad y qué es mito. Nos llegan vía redes sociales fotos y vídeos que nos sacan el aire y muchos de nosotros hemos visto el horror muy de cera, pero no sabemos qué conclusiones sacar. Lo que es peor es cuando nos enteramos de que alguien perdió la vida, o está herido, y uno ve la tragedia en los ojos de sus familiares, y por un lado uno siente una angustia, porque la verdad es que si no era en una protesta podía ser en un día cualquiera, bajo la mano de cualquiera, porque en los días normales aquí también hay sabor a violencia, porque aquí nadie está seguro en ningún lado y cualquier cosa es posible. Aquí no hay derechos, y para el gobierno no hay humanos, sólo hay soldados que lo apoyan e infectos que lo oponen. Entonces como personas, no ubicamos cuál es nuestro rol, ni nuestro alcance en todo esto. Nos cuesta mucho estar seguros de nada. ¿En quién creer?

Algunos se aferran a líderes políticos con fervor casi religioso, como si no hubiéramos aprendido nada en quince años. Como si no pudieran ser humanos, o no aciertan o nunca se equivocan. Otros se aferran a una cadena de oración, o tal vez a algún profeta. Porque eso es lo que queremos que alguien, sea por visión por una capacidad de análisis extraordinaria nos diga qué va a pasar. La verdad es que en estas cosas nadie sabe qué va a pasar.

En estos momentos nos toca aferrarnos a nuestros valores, porque por más twitter, por más Facebook, estamos rodeados y lo único que nos queda es nuestra vida interior, nuestros principios. Si creemos en la democracia nos toca defenderla. Cada quien como pueda. Estará quien marcha, quien hace una barricada, quien se ocupa de las redes sociales, quien les lleva alimentos a los estudiantes, quien hace origami y lee poemas de paz, está el que ayuda en obras sociales, el que se ocupa de los más necesitados, el que llama a la calma, el que comparte información, el que va a documentar, el que hace de periodista free lance, el que escribe, el que canta, el que cuida los hijos de quienes van a protestar, el que hace pancartas, el que grita. Todos defendemos este país como podemos. Todos somos voces y cada una cuenta.

Estamos un poco perdidos y tenemos miedo. No es para menos. Esta hora es oscura y la angustia es muy grande. Hay dirigentes presos, y pesadillas que jamás imaginamos dentro de las peores que hemos tenido se han hecho realidad. Inocentes que mueren bajo una mirada impune. Todos nuestros principios morales y democráticos por el suelo. Una parte de la población no tiene derecho a nada, mientras el gobierno tiene derecho a todo.


Tenemos que resistir. Tenemos que apelar, a la honestidad, la integridad, al coraje, a la resiliencia, al trabajo, a la perseverancia, a la tolerancia, porque de otra forma nos vamos a derrumbar. Esto es difícil pero no imposible. Nadie dijo que hacer historia era fácil, lo que pasa es que uno nunca sabe cuándo está haciendo historia, y cuando abre los ojos y se ve en el proceso el miedo es grande. El reto está en vencerlo. Uno flaquea, pero si uno apela a esos valores, puede. ¡Claro que se puede!