martes, 25 de febrero de 2014

¿Qué más hace falta para que sea guerra?

No estoy montando barricadas. No estoy buscando escombros, ni basura para prenderlos en mitad de mi calle. Más bien estoy tratando de tomarme un café y de mantener la disciplina de no revisar el twitter por al menos media hora. Me asomo a la ventana, la calle está más sola que de costumbre, y pareciera que los sonidos de la ciudad han cambiado. Lo único que avanza torpedeado por los eventos son las redes sociales. Nuestro medio de comunicación, de información, de relación con el mundo y con el resto de los ciudadanos de este país que se quiebra en mil pedazos.

Los perseguidos, los detenidos, los torturados, los muertos. Todos están en las redes sociales. Ellos y el pánico. El pánico colectivo del que somos presa al no saber qué estamos viviendo. Porque esa es la verdad, ¿qué es esto? no sabemos. No sabemos si esto fue un levantamiento popular, si es una rebelión desarmada, si es un grito de desesperación, si es una protesta por una mejor calidad de vida con todos sus tintes políticos, si es un alzamiento, que no será en armas, porque más claro que armas no tenemos imposible, más que teléfonos, computadoras y pancartas.

Todos los días nos levantamos y no sabemos qué nos van a traer las horas. No estamos seguros de la verdad, ni de si estará en algún lugar en el medio, o en algún extremo.

¿Es el estado? ¿Es Maduro? ¿Es la Guardia Nacional? ¿Es Cuba? ¿Es que de verdad nos invadieron? ¿Son los colectivos? ¿Es que de verdad esto es una situación de vivos o muertos? ¿Es que no importa, de la noche a la mañana, una vida desgraciada? ¿Un futuro? ¿Cómo lo construimos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Quién se salva?

Estrés. Dolor. Incertidumbre. Todo en medio de una necesidad de ser fuertes, de mantenerse firmes, de vislumbrar sin saber si es un espejismo o no, la salida a una crisis que intuíamos pero en la que ni sabemos cómo entramos, ni mucho menos cómo vamos a salir. Como sociedad queremos apelar a algo, o alguien, que el mundo escuche, que entienda, que los líderes no vayan a pensar que pueden jugar así con nuestro destino. ¿Cómo se puede jugar así con el destino de alguien? Estamos paralizados, y tratando de seguir, pero como si de pronto nuestra propia vida y nuestros propios deseos fuesen algo que uno tiene que mantener clandestino. 


Es entonces cuando empezamos a entender, a valorar, lo que significa la libertad. Cuando nos damos cuenta todo lo que hemos perdido. Las vidas que llevábamos. País que se estaba quedando y se está quedando sin posibilidades, sin esperanza, sin vías, que está saqueado por malandros que roban, que matan, que van a hacer lo imposible, lo innombrable por quedarse con un poder que ya no les pertenece y con todos nuestro futuro secuestrado.

Estamos secuestrados por lo peor del ser humano. Por la maldad, la ambición y la falta de escrúpulos de unos, y por el miedo y la desesperación de otros. Nadie tiene garantías, ni derechos. No sabes hacia dónde moverte, porque estás sujeto a distintos tipos de agresión.

Nos damos cuenta entonces lo que importan los valores. Lo que no defendimos a tiempo. Lo que nos dejamos robar. Vamos viendo el peso de todos esos silencios y ausencias del pasado. Esas peleas que no peleamos porque consideramos poco importantes, o poco trascendentes. Esas posturas demasiado prudentes y cómodas.

No, esto no es el producto de dos semanas de luchas, ni de la desesperación, ni la ambición de un político. Esto es producto de años de resquebrajamiento de la moral de un país. Esto es producto de todas las colas en las que nos coleamos, de todos los guisos que toleramos, de todas las humillaciones que aguantamos, de todas las veces que nos pareció que ciertas posturas eran radicales o exageradas. Esto es lo que cuesta ser silente, y confundir la tolerancia con el miedo a decir las cosas. El no haber contribuido, ni incluido, ni prestado atención, ni haber hecho lo que tocaba para contrarrestar el discurso que nos trajo a esto. Esto es lo que pasa cuando no nos hacemos respetar. Esto es lo que le hacen a un pueblo que tiene la autoestima por el suelo.


Esto s es una guerra. Duele aceptarlo, y uno piensa que es otra cosa. Hay muerte. Hay dolor. Hay  miedo. ¿Qué más hace falta para que sea guerra?