sábado, 15 de febrero de 2014

¡Qué vuelva la normalidad! ¿Qué normalidad?


Vamos a entrar en el cuarto día de protestas. Nuestros miedos más grandes se han confirmado. Gas. Perdigones. Balas. Heridos. Muertos. Este gobierno está decidido a demostrarnos que aquí no caben voces que disientan de su línea de pensamiento. Tal vez sí en lo privado, tal vez, al menos para un sector de la población, no ha llegado esa realidad en la que no puede sentarte en un lugar público y hacer un comentario sobre tu visión de las cosas. Pero ya sabemos que en medios masivos y a través de grandes iniciativas de calle, que puedan influir en la percepción de un sector de la población venezolana que todavía no se da cuenta de que lo que vive es una dictadura a la cubana. Porque el gobierno sabe que si eso se da tambalea. Porque el gobierno sabe que en el 2007 la gente dijo no al socialismo, y también sabe que lo han ido introduciendo poco a poco y que muchos no se dan cuenta.

Muchos tienen miedo. O corrijo tenemos miedo. Vivir en un país que atraviesa una crisis como
ésta es experimentar el miedo en todos los frentes. ¿Qué vamos a lograr con todo esto? ¿Serán realmente las protestas un catalizador para el cambio? ¿Estábamos tan mal antes de que todo comenzara? Al menos no estaban muriendo los muchachos en las calles. O eso creíamos porque ayer, estando con los estudiantes en la protesta, uno de ellos comentaba la ironía de que caminó a protestar por la inseguridad y las pésimas condiciones de vida y las mínimas oportunidades que tendrá como profesional al graduarse; en ese momento,  a uno de sus compañeros le robaron el teléfono. No lo dijimos, pero sabemos, que aquí ya se ha vuelto una suerte salir ileso de un robo. Que eso ya no es lo usual. Así que hay que pensar dos veces eso de ser carne de cañón, eso de no arriesgarse. Algunos claman porque vuelva la normalidad, pero yo me pregunto qué es la normalidad, y qué vamos a hacer con ella cuando vuelva.

Llevamos quince años camino a una normalidad que lo que nos ha traído son rutinas en las que uno tiene que estar constantemente asustado y alerta, porque la calle se ha vuelto un lugar salvaje, peligroso, lleno de violencia. Ya no es nada más agarrar una carretera solitaria, salir de noche, ir por ahí tentando la mala suerte. El hampa ha tomado todos los espacios. Todos tenemos a alguien muy cercano que ha tenido un encuentro espantoso con el hampa, que ha sido vejado, que se le han arrebatado su propiedad, su tranquilidad, su paz, la mayoría de las veces pistola en mano. Una normalidad en la que incluso las armas largas ya no son anormales. Una anormalidad en la que no contamos con la policía, o incluso la tememos más que a los propios ladrones. Porque no sabemos si está para capturarlos, o si es parte del juego, en el que nosotros somos las fichas, la carne de cañón, las presas.

En nuestra normalidad, constantemente nos están cazando. Si no es el hampa es el gobierno. Porque si no es porque te vienen a expropiar el negocio que con tanto esfuerzo construiste, y cabe decir que no es realmente expropiar, es confiscar, porque aquí a la mayoría no le han pagado ni un céntimo como lo estipula la ley, o ha sido luego de una negociación que termina en tómalo o déjalo. Solamente a las grandes empresas internacionales le han pagado el valor de sus negocios expropiados. Entonces es por alguna ley, o la del trabajo, o la de precio justo, o cualquiera que haga sentir que el que emplea, o el que trabaja, o el que necesita dólares está fiscalizado por algún lado. Y son tantos controles, tantos permisos, tantos documentos, tantos procedimientos, que en alguno vas a fallar. Todo está hecho para que seas un criminal, para que en algún momento tengas que rogar por tu vida, o por tu libertad, o por tu negocio, porque el sólo hecho de trabajar y de producir te convierte en enemigo. Porque aquí el único que puede es el gobierno, y los demás hasta la medida en que ese gobierno diga que se puede, y para eso nos necesita siempre criminales. Y lo sabe, por eso siempre no está cazando.

En nuestra normalidad no tenemos lo básico. Entonces tenemos que emplear tiempo y esfuerzo, nuestros recursos más importantes para desarrollarnos como profesionales y ser productivos en buscar cosas como leche, azúcar, arroz, aceite, papel toilet, jabón líquido, o alguna medicina si es que tenemos una dolencia. Tenemos que buscar estrategias y apartar el tiempo, pararnos en una cola, o pensar si valdrá la pena esquivarla de alguna forma, como por ejemplo estando pendiente de cuándo y cómo descargan los camiones en los supermercados para llegar de primeros, o tal vez haciendo una red de amigos, que se compran cosas entre sí, que se lanzan la voz. También tenemos que tener la estrategia de abastecimiento, cuánto tener en la casa para no quedarme sin nada mientras consigo aquello con lo que voy a reponer lo que voy consumiendo. Cómo hacer para que eso no cause desbarajustes en el presupuesto familiar, para que las cosas no se dañen. La angustia. La falta de tiempo. Y todo lo que uno deja de planificar para el futuro.

Ya no se pueden tener metas como planificar un viaje. ¿cómo lo vas a planificar? Si no sabes si habrá pasajes, ni cuánto te van a costar, cómo vas a pagar tu estadía ?. Así que si querías salir por diversión, por aprender, por trabajo, por lo que sea, eso también se va a apagando. Nuestra normalidad se va a volviendo un lugar apagado dentro de nosotros. Nos vamos volviendo una gente que constantemente se lamenta, se queja, busca adjudicar culpas y no hace nada, y se contenta pensando que de algún lado vendrá una solución fácil al problema. Una que no involucre arriesgar nada y que esta normalidad se quiebre, porque es una normalidad inaguantable. Porque alguien se va a cansar, alguien con más poder que nosotros, la gente más humilde, los militares, los vecinos, las grandes empresas, la comunidad internacional.

No hemos entendido que nuestra normalidad es la de una dictadura comunista, que se aplica de distintas formas a distintos sectores del país. Que los “barrios” jamás van a bajar, ni van a protestar, porque para ellos la infamia cubana ya llegó. Esa que creemos que no nos ha tocado porque todavía no han obligado a la clase media a inscribirse en el PSUV, ni nos han entregado una cartilla de racionamiento. Aunque esta existe ya en cierta forma, cuando a uno le dicen, “sólo dos por persona” por ejemplo. Eso es una especie de cartilla de racionamiento. Y eso, el “sólo dos por persona” forma parte de nuestra realidad.

No hemos entendido que la gente de los barrios ya no puede ver otra realidad. Ya no hay medios que le transmitan una sensación de que lo que viven no es normal, de que su vida puede ser distinta, que pueden superarse, que hacer colas y temer por sus vidas no es lo que la vida debe ser. Son generaciones que ya han crecido así, vencidas por el miedo y la construcción de una mentalidad en la que la mediocridad, la desesperanza, la falta de control absoluto sobre sus vidas es lo único que conocen. Para todo dependen de una misión que les amenaza con quitarles si es que se les ocurre alzar la voz por algo distinto. Esa es su normalidad, así que esperar a que protesten es no entender en qué hemos caído y que el problema es mucho más complejo. No entender que Cuba tiene décadas esperando que la gente se canse. La gente no se va a cansar porque no sabe que está cansada, y que existe otra cosa,  algo mejor.

Nuestra normalidad es la corrupción en todas sus esferas. Sobornos, robos, guisos, gente que se hace con dinero público, que corrompe funcionarios con cualquier objetivo, desde un pasaporte hasta dólares baratos con los que hará más dinero del que la gran mayoría de nosotros jamás imaginaríamos. Y que además lo pasea delante de todos con el mayor descaro. Porque la corrupción ya es normal, casi uno ve una especie de orgullo en eso. Como que son vivos, como que son mejores, como que son los más aptos para sobrevivir en este asqueroso pantano en el que se ha convertido nuestra sociedad.

Esa es nuestra normalidad. La de un país dividido, violento, quebrado, un país que está luchando por abrir los ojos, por aferrarse al último aliento que queda de esperanza de otro tipo de vida. La vida y el futuro que sabemos que podemos tener. Yo me pregunto, si queremos que vuelva esa normalidad, si podemos seguir esperando a que esa normalidad se convierta en lo único que conocemos, en lo único que conocen nuestros hijos, y no sepamos nunca más lo que es la esperanza.

Yo no quiero esa normalidad. No más. ¡Ya basta!