viernes, 28 de febrero de 2014

El País que queremos

Queda claro en estos días de protesta cuál es el país que no queremos. Lo que nos lleva a la calle es justamente el habernos dado cuenta que nuestra calidad de vida es pésima, desabastecimiento, inseguridad, un conjunto de leyes que hacen casi imposible el desenvolvimiento de cualquier actividad profesional sin que te conviertas en un criminal, represión, censura, y sobre todo un desvío total de la moralidad y de los valores. Salimos a la calle no sólo por las cosas que nos afectan de forma concreta y visible, como el no encontrar los productos básicos en el supermercado, sino que además estamos hartos de vivir en un país donde al único que le va bien es al que se enchufa, el que guisa, así sea un chavista descarado o uno de esos que se viste de marcha con la oposición por la mañana, manda cadenas por su teléfono de “¡abajo el tirano!” y por la tarde está haciendo un negocio con el gobierno, como si vivir entre los dos bandos le lavara las culpas, le diera una excusa y fuese más inteligente que todos los que queremos salir delante de forma digna y honesta.

Ese es el país que no queremos. Ese país que está en el suelo. El país de los hospitales sin insumos, de infraestructura pobre y decaída en la que no se ha invertido casi nada en quince años, el país del discurso violento, divisor, en el que los ministros no tienen preparación alguna para el cargo que ocupan, sino que son nombrados en base a su fidelidad con el régimen. Así vemos como todo se derrumba, como todo es cada vez más precario y como ninguno de los problemas de la nación tiene solución posible. No hay plan, ni estrategia de crecimiento, sino que todos los esfuerzos del gobierno van a permanecer en el poder y todos los esfuerzos de la oposición  van a contrarrestar las medidas autoritarias. Y en el medio gente que no sabe bien qué quiere, ni qué hacer. Casi nadie, por no generalizar, invierte tiempo en cómo mejorar el país, cómo construirlo, cómo hacerlo competitivo y productivo, cómo mejorar realmente la calidad de vida de los habitantes y procurarles a quienes viven en la pobreza movilidad social. De no haber sido por el petróleo nos hubiéramos borrado del mapa.

Creo que llega el momento, sobre todo en estos tiempos, en que tenemos que hacer el ejercicio del país que queremos. Porque si no sabemos lo que queremos, entonces ¿por qué luchar? Este país ha sido golpeado por la peor indiferencia. Quienes tenemos entre treinta y cuarenta y cinco años tenemos una responsabilidad enorme con todo esto y no hemos ni comenzando a reflexionar sobre ello. Hay que sincerarse, este país no lo acabaron los chavistas solos, ni Chávez solo. Este país ha sufrido por la miopía, el egoísmo, la comodidad y la falta de identidad de muchos de sus ciudadanos. Este es el país en que muchos se van cuando más lo necesitan. No lo digo por el que ha emigrado, porque esa es una circunstancia muy difícil, y la verdad, lo lógico es que a veces apele el sentido común a buscar otro tipo de vida. Al contrario, desde el exterior muchos venezolanos han demostrado la solidaridad que no han tenido quienes todavía viven en Venezuela.

Es más bien, la desidia del que se queda y pretende vivir en una especie de cúpula, como si lo que sucede no fuese su problema. Es el que no aparece cuando las cosas se ponen difíciles, o critica todas las iniciativas políticas y el liderazgo sin aportar nada, es el que no participa, el que le cuesta entender que el país lo construimos todos. El que no entiende que su conducta y su visión egoísta, desde un mundito artificial en el que se ve Venezuela como si fuera una mina de la cual se saca riqueza para luego ir a gastarla a otro lado, también destruye. Un poco así como el que piensa que porque compra hectolitros de aceite, la escasez no es problema suyo.

Tenemos que reflexionar sobre el país que queremos. Sobre nuestra identidad como venezolanos y lo que eso significa. Tenemos que entender qué valores queremos para esta nueva nación que queremos fundar y por la que protestamos. La verdad es que si estamos sacando las banderas a la calle para un país en el que sólo cambie un gobierno y no cambien los ciudadanos, entonces no valen la pena los muertos. Llega la hora de preguntarnos, como lo dijo, Kennedy, qué podemos hacer por el país y no lo que el país puede hacer por nosotros. No es nada más honestidad. Es solidaridad, es coraje, es participación. Sí. Hay que estar ahí, no sólo en la marcha, es en la junta de condominio, en la sociedad de padres, en la asamblea vecinal, es aportando en fundaciones de lucha social, en la que se ayude a llevar una mejor calidad de vida y otros horizontes a las clases más necesidades. Es inclusión, no sólo a través del discurso, como tantos predican en estos días, sino a través de la acción. Y esa no es sólo una responsabilidad que tienen los políticos, ni quienes tienen cargos electos, por algo se llama responsabilidad social, y en ella tenemos parte todos.  Siempre tenemos alguna excusa para alejarnos de lo que nos toca hacer. La verdad, a mi me duele cada vez que alguien deja su responsabilidad con Venezuela por alguna excusa cómoda como, es que me da miedo, o es que yo no soy de estar yendo a ayudar a los barrios, o es que esto es muy complicado.

Tenemos que preguntarnos, ¿qué pasa aquí que tanta gente sufre y el resto se lava las manos con la política? El hecho de no ser políticos no nos hace menos ciudadanos, no nos quita la responsabilidad.

Reconstruir el país no va a ser votar solamente, ni elegir tal o cual liderazgo. Nadie va a hacer el trabajo por nosotros. Tampoco va a ser sólo marchar. Reconstruir el país es algo que va a requerir muchísimo trabajo y esfuerzo de parte de toda la sociedad. El que esté pensando que un cambio de gobierno implica que nos podemos olvidar del país y regresar a un mundo aislado, pues estamos arando el camino a otra gran decepción, y este ciclo lo vamos a repetir.



Tenemos que recuperar los valores, pero no basta con decirlo, hay que fomentarlo y sobre todo hay que incorporarlo a nuestras vidas y vivir acorde a ellos. No es sólo la honestidad, no es sólo no robar y acabar con el mito de que el vivo criollo es el más fuerte, sino que además hay que pensar en los demás que son tan importantes para una sociedad, solidaridad, coraje, unión, trabajo, resiliencia, compromiso. Todo eso forma parte del camino a la reconstrucción. Pensar que en Venezuela o en ninguna otra sociedad sirve ser indiferente o que el compromiso es algo que sólo sirve cuando nos conviene es contribuir a la destrucción. Tenemos que pensar en el país que queremos y asumir que va a requerir de nuestro esfuerzo, nuestro trabajo. Nada es gratis en esta vida, mucho menso un país próspero.