lunes, 10 de marzo de 2014

El mercado: espejo de un país roto

Esta tarde fui al mercado a comprar algunas cosas que me hacían falta. Al notar llegué que habían unos cuantos hombres deambulando por las filas sin carritos, un poco como espectadores del lugar, tocando algunas cosas, como quien entra en una tienda y se pone a ojear. Seguí caminando, fui llenando el carrito de algunas cosas que encontré. De por sí cada vez que voy al mercado lo encuentro más desolador que la vez anterior. Cada vez hay menos de cualquier cosa. Esta vez no vi galletas ni pan de sándwich, entre tantas otras cosas. Al menos no las tradicionales, las nacionales, lo que sí hay es productos importados que están a precios estratosféricos, que sólo se compraría uno o porque quiere darse un gusto fuera de lo común o porque está viviendo con un presupuesto que no es real. Es decir, esta nueva camada de gente que es capaz de pagar lo que sea por las cosas porque la cantidad de dinero que hace en sus negocios es tal que no le importa nada. Al contrario, más bien se jacta, lo luce. Es de esa generación Blue Label, como la novela de Sánchez Rugeles, que se toma lo más caro más para exhibirlo que para disfrutarlo.

No agarré nada de eso, pero cuando ya estaba por las últimas filas del supermercado empecé a escuchar un ruido de gente. En una esquina había una conmoción generalizada. Gente empujándose, alzando la voz. No les dio tiempo de organizar una cola, ni de anunciar nada, la gente simplemente se fue en tropel hacían donde estaban repartiendo aceite. De lo más lamentable. Gente de todas las edades y de todas las clases sociales en el mismo desespero, empujándose y viéndose con reojo asegurándose que todo el mundo tuviera la cantidad correcta, dos por persona. Nadie se llevó uno. Algunas personas estaban en grupo, un señor con un amigo, un señor con una señora que tenía un uniforme, más otro señor, al final serían varios, tenían unas ocho botellas. Cuando finalmente pasó el momento de angustia me acerqué al lugar, quedaban unas cuantas botellas y agarré dos. Aceite de soya. Ni siquiera era  aceite vegetal del regular.

Es el reflejo del país. Es en las cosas cotidianas es en donde mejor nos vemos retratados. Los automercados se han vuelto lugares sombríos, sucios, tristes. La gente va arrastrando los carritos y está más pendiente de ver las bolsas de otro y los carritos de otro, que de lo que está comprando. Hacer una lista es algo casi absurdo, no vale la pena, si no vas a conseguir las cosas que necesitas, mucho menos los que quieres. Atrás quedó aquello de querer o de preferir una marca, de decidir quiero hacer tal plato o tal otro. Ahora hay que conformarse con lo que hay, y en este momento si no te quieres conformar lo que te queda es lanzarte a una protesta en la que de una forma u otra alguien te va a reprimir. Si consideras que la protesta de calle es la mejor vía entonces estás enfrentándote no sólo a la represión de la guardia, sino a quienes se la pasan criticando a los que marchan por cualquier motivo, no solo no te acompañan, sino que les molesta la protesta y les ofende. Si no quieres marchar, porque no puedes entonces hay marchitas furiosos que también están dispuestos a insultar y a cuestionar tu patriotismo y compromiso con tu país. Ni hablar de si no estás de acuerdo con una guarimba, y que además quede claro, hay gente que no ha quemado el primer caucho, pero que se ofende si uno dice que no está de acuerdo con algunas guarimbas, que siente angustia porque no puede llevar a los niños al colegio, que considera que la protesta no debe implicar paralizar la vida y que hay que tomar en cuenta los derechos de otros ciudadanos que no quieren protestar. Es decir, que no estás de acuerdo con obligar a la gente a protestar y que no debe haber coerción, ni coacción para hacerlo. Si consideras que es mejor una aproximación distinta como volantear alguien te va a insultar también. 

En la tarde yo veía al carrito y lo que sentía era una especie de amargura en la garganta. Como que no tenemos salida, ni cabida, ni sé bien qué pensar, ni dónde está mi espacio. Quiero protestar, pero cómo. No quiero que me hablen de bolas, ni de ganas, ni de momentos, yo apoyo todas las iniciativas, menos las de los vecinos que me trancan sin saber por qué lo están haciendo. Sin embargo siento que hay que hacer más que patear la calle. A la vez siento una gran desesperación, ¿a dónde vamos? Lo peor es que a esa pregunta todavía nadie tiene la respuesta, algunos creen que la tienen y la explayan en densos artículos, pero lo cierto es que este proceso es bien complejo, y más que intentar montarnos en tal o cual escenario creo que hay que mirar bien a nuestro alrededor y procesar lo que estamos viviendo y sintiendo. 

Vi en el automercado el país roto que somos. El país de gente desenfocada, desordenada, perdida, de gente que no puede pensar, aún si sabe hacerlo, porque está enfrentándose a una realidad espantosa, que en cierta forma intuía pero que es nueva. Es mentira que aquí nos estemos acostumbrando a esto. El que piense que porque la cola es larga y la gente la hace porque hay costumbre no la ha visto de cerca. Yo vi miedo, tristeza, una resignación tal vez, pero muy amarga.  La historia a demostrado que el hombre jamás se acostumbra a no ser libre. Se hace más por resiliencia que por costumbre. Precisamente porque no puede uno rendirse, porque por algo lo llaman necesidades. En general lo que nos frustra es que todavía reconocemos dos cosas, una, que no siempre  fue así y otra, que existe la posibilidad de algo mejor, porque el país tiene recurso humano y material para ello. Hacemos las colas porque tenemos hijos, o necesidades dietéticas, de salud, o sencillamente ganas,  pero eso no quiere decir que haya costumbre. Más bien es como una bomba de tiempo, hay un nerviosismo de parte de un país que no estaba preparado para esto. No quiero pensar en lo que van a terminar convertidos nuestros mercados cuando esto se agrave, porque se va a agravar, y sin darse cuenta estamos todos en vía de hacer explosión, de distintas formas. La violencia no solo implica atacar a otro físicamente. Hay otras formas, como atacarse uno mismo, como paralizarse, desmontar la vida familiar, despreciar el entorno, aislarse. Hay muchas formas de agresión y los vi allí cuajando, frente a un hombre que no tenía como controlar el frenesí de los consumidores de aceite y las cajeras que miraban también llenas de miedo y de cierto cansancio y hasta asco. Nada de lo que vi fue bueno, ni calmo. Nada de lo que vi fue positivo. 


Este país está en el suelo. Da tanta tristeza que uno no sabe ya ni cómo expresarlo. Es mucho lo que tenemos que reconstruir y construir.  No es sólo recuperar la libertad a través de la calle, creo que primero hay que recuperar la libertad que va por dentro, la del que canaliza esa tristeza y esa rabia. Porque si a esa gente no se le canaliza los resultados son apaciguamiento o resentimiento, y ninguno de los dos es bueno. Es más, son catastróficos, porque uno significa dictadura y el otro guerra y caos. Y lo que vi hoy es que eso está creciendo.  El problema no es la costumbre, el problema es como se ejecutan las acciones que van a desencadenar el horror que estamos viviendo.