lunes, 5 de mayo de 2014

A llevar los sueños a donde pertenecen



Así que he estado tres semanas fuera de conexión. Pensé varias veces conectarme a la aplicación de blogger que gracias a la inteligencia de mi teléfono me permitiría bloggear de forma inmediata y compartir ciertas vivencias. Después lo pensé mejor y me dije que si la idea de unas vacaciones era desconectarse, aunque no lo hiciera del todo pues las redes sociales estaban siempre presentes, al menos sí quería hacerlo en lo que a textos largos se refiere. Sí. Toda relación se beneficia del espacio. Incluso la que uno tiene con uno mismo, sobre todo cuando tu trabajo se encuentra al fondo de ti mismo, y te dedicas a plasmar y a desarrollar sueños, pensamientos, ideas, obsesiones, preocupaciones, inquietudes, emociones. A veces cuesta mucho ser racional con este tipo de trabajo, y es muy fácil plagarlo de matices poéticos que lo hacen ver como algo sublime, sin mecánica, ni disciplina. Gran error.

Incluso hice una pausa en la lectura. Durante los primeros días de mi viaje hice un viaje a un kiosco de revistas y compré aquellas que sentí que tenían mayor potencial para matar mis neuronas. Chismes de artistas, consejos de moda y una que otra sobre algún tema curioso, como que los granjeros americanos se están suicidando a un nivel superior al de los últimos años. Aparentemente ser granjero no es tan fácil como uno piensa.  Y yo que soñaba con una casa de campo, un huerto y tal vez unas vacas. La ironía siempre nos persigue, siempre hay un pequeño infierno real detrás de cada paraíso soñado.

También fueron semanas para pensar en el país. Desconectarme para buscar mi lugar en él. No son bonitas las conclusiones. Par de veces lamenté haber seguido el consejo de dejar mi computadora en casa para no tener la tentación de escribir. Los posts se me quedaban atrapados en algún lugar entre el cerebro, el pecho y  las manos. Tantas ganas de plasmar y compartir lo pensando. El triste aullido de una desesperanza que cada vez se hace más fuerte, y de tantas preguntas que sólo intentan responder quienes cuando no tienen nada que decir sueltan cosas como: “piensa positivo”.  A veces no es cuestión de pensar positivo, es cuestión de pensar y punto.

Fueron tres semanas de darle la vuelta a la realidad. De pensar en mi vida. La de mis hijos. Mi carrera. Quién debo llegar a ser. El sentido de la vida. Pensé en el orden de mis emociones, de mi espacio. Hasta de la lista de libros que tengo por leer. Pensé en mis respuestas a ciertas situaciones y lo que el mundo espera de mí. Pensé en lo que he callado. Pensé en aquellas emociones, situaciones, personas, modos de mirar, de escuchar, de hablar que tengo que dejar ir. Pensé en esa persona que a veces me mira del otro lado del espejo. Pensé en lo que voy a hacer con mi miopía que empeora y mi estómago que no está funcionando como debería. Pensé en cómo me manejo como madre y en qué cosas me hacen reír realmente. También pensé en las cosas que aunque quiera, no voy a poder cambiar. Me di cuenta que jamás voy a ser religiosa, aunque quiera trabajar mi espiritualidad. Me di cuenta que no me importa ser radical en algunos temas y que la maternidad y lo que quiero para mis hijos de una forma u otra me obliga a vivir, al menos por ahora, entre contradicciones. Pensé, entendí, que jamás voy a conquistar mi corazón, y que entre tantas cosas que me mueven quizás la principal es la poesía. Aunque no soy poeta, ni nunca llegaré a hacerlo y a veces siento que mis atisbos en ella son una falta de respeto. Aunque no sé con quién.

Pensé en mi libertad. En mi música. En mis libros. Pensé en mi futuro, pero sobre todo en mi presente. 


Tres semanas de dar vueltas, reconciliarme y soñar. Y ahora de vuelta al ruedo. A llevar los sueños a donde pertenecen.