miércoles, 28 de mayo de 2014

Johnny Rica: el hombre libre

Anoche un joven de 23 años se quitó la vida. Johnny Rica. Había recibido un balazo de parte de colectivos en una protesta, y le dijeron que quería inválido el resto de su vida. Sólo quien ha pasado por eso podría imaginar la desesperación que genera un golpe como ese. Johnny salió a luchar porque era un hombre libre. Lo digo en el contexto de la película Los Hombres Libres la cual vi a hace poco. Me recuerda al protagonista, porque estos eran los hombres que en la segunda guerra mundial eran libres. Es decir, no eran los principales perseguidos del Nazismo, aún así arriesgaron sus vidas por los demás cuando entendieron que bajo un régimen que oprime y discrimina a uno, tarde o temprano vienen por todos. Hombres que se vieron en el espejo de la humanidad.

Yo no sé cuáles eran las circunstancias de Johnny. No sé qué estudiaba, no sé si tenía novia, si tenía familiares fuera del país, si a lo mejor alguien le ofreció una beca, o si como a tantos de nosotros alguien le dijo, “mira Johnny ¿por qué no te vas del país?” o “Johnny, no te arriesgues que a esta gente no le importa tu vida”. No lo sé. Sólo sé que Johnny era un hombre libre, que impulsado por el motor de su consciencia y sus sueños salió a luchar. Tal vez quería ser un líder político, tal vez algunas de sus ideas eran controversiales entre sus compañeros, tal vez era tenaz y soñaba con tener una empresa, o en ser escritor, como yo. No lo sé. Era y eso para mí es suficiente. Alzó su voz, luchó, se puso allí en un frente en donde muchos de nosotros no hemos estado por distintas razones, o sí hemos estado y hemos salido huyendo, ilesos en lo físico, pero despavoridos, confundidos y profundamente marcados ante lo que nuestros ojos han visto. Una saña y un odio materializados en detonaciones, detenciones, golpes, torturas, gas, insultos, gritos. Lo peor del ser humano bajo un equipo anti motín que irónicamente fue pagado con nuestro propio dinero, ese que ha podido salvarle la vida al propio Johnny.

No dejo de pensar  que tal vez su decisión fue un ataque de lucidez, de esa pavorosa y cruda. ¿Qué futuro tiene una persona con una lesión como esa en este país? ¿Cómo se mueve alguien en silla de ruedas por nuestras ciudades si cuando sobre dos piernas fuertes siempre estamos en riesgo y sorteando obstáculos que a veces parecen imposibles? ¿De dónde saca los insumos para su condición? ¿Cómo harían sus padres para costear todos los cuidados que necesita? Si es que sus dos padres están vivos, sanos, tienen empleos, y no han sido también víctimas de esta hambrienta maquinaria que traga prosperidad y defeca dolor y pobreza.

¿Qué le esperaba a Johnny en este país? ¿En qué iba a trabajar? ¿Cómo iba a llegar a ese trabajo? ¿Con qué objetivos? Tal vez terminaría en la economía informal, o siempre dependiendo de algún pariente lejano y del gobierno, sabiendo además que jamás llegaría una ayuda del estado por dos razones: 1. Porque la ayuda del estado si llega, sólo le llega al que piensa de una forma. 2. Porque la ayuda del estado es una ilusión.

La desesperanza y la oscuridad se han apoderado de nosotros. Se nos agota la resiliencia, y si nos pasa a quienes estamos bien, no quiero, no puedo imaginar qué sucede con alguien a quien la cae una tragedia como esa.

Yo creo que Johnny no se quitó la vida. A Johnny se la quitaron. Tal vez desde el punto de vista criminológico y penal esa afirmación sea debatible, pero no desde el punto de vista moral e histórico. Es más, me pregunto cuántas otras personas en circunstancias menos graves han hecho lo mismo, acorraladas por el sentido de angustia, de ansiedad y desesperanza de un país que ya no ofrece presente, ni futuro, en el que incluso el pasado ya han comenzado a borrarlo, a difuminarlo, a plagarlo de culpa y de atrocidades en las que estamos envueltos pero que no cometimos. Cómo hace para lidiar con la impotencia el que trabaja, suda y sueña cuando ve que el primer ladronzuelo se hace rico, y que además llena de bufones su corte. A mí me llena de dolor y de rabia, para quienes han perdido todo deben ser emociones en un grado devastador.

A Johnny no sólo le invalidaron sus piernas. También su corazón y su mente. Y eso pasó hace mucho. Pasó el día que comenzaron a llamarlo escuálido, majunche, apátrida, muchos lo han tomado a risa, y hasta se han hecho franelas. Como si haciendo caso omiso de una humillación uno pudiera borrarla, pero de tanto repetir que somos menos que humanos y que no tenemos ningún tipo de poder en nuestra vida terminamos por creerlo. Y de un día para otro nos aplasta la mente un estado que no perdona al que sueña, al que piensa, ni al que aspira.

Johnny. El hombre libre. El que con toda su fuerza y su persona, sus sueños, lo arriesgó todo por un país en el que se le permita a la gente al menos creer, no sólo en un dios, en un político y en un destino, sino en sí mismos, como ciudadanos, como profesionales, como personas. Lo arriesgó y perdió todo.


Creo que hoy no hay que pensar sólo en lo que se llevó a Johnny, sino en lo que ha dejado. El heroísmo no está en la muerte, sino más bien en la vida. En la decisión pequeña, en ese momento en el que de pie frente al mundo te das cuenta de lo que significa ser un hombre libre y hasta dónde llega tu libertad, sobre todo cuando quien está a tu lado es oprimido. Yo sé que no es consuelo, que cuando un golpe como este llega todos nos sentimos quebrados, sobre todo quienes tenemos edad para conducir el país y hacer cosas de impacto real y profundo. No quiero imaginar sus padres, amigos y familiares, el deslave moral y de oscuridad que se viene sobre ellos. No es a modo de consuelo, sino a modo de buscar la forma de salir adelante e intentar que esto no siga pasando, que insisto en la luz, en que al final no es la muerte lo que cambia el mundo, es la vida. Es lo que Johnny fue en vida. Es lo que nos ha dejado lo que debe marcarnos, la responsabilidad de usar nuestra libertad para reconquistar el futuro que se nos va de la manos.