sábado, 7 de junio de 2014

Día 6: Una canción que te recuerde un mejor amigo



Esto si es un problema. Uno grande. Porque la amistad está plagada de canciones. Tal vez no seamos intensos musicales, pero en la amistad nos llena incluso sin querer, de canciones por todo lados. Las que uno escuchó en el carro, las que uno bailó, las que uno se dedicó, las que uno le dedicó a alguien, las que sonaron en el fondo porque estaban de moda, porque alguien tenía unos padres que eran hippies, porque el amigo tocaba un instrumento o tenía una obsesión, o era de esos intensos musicales que si escucha algo que no le gusta, que le parece malo, se retuerce, dice alguna grosería, apaga el radio y hasta insulta con ese cariño con que solo los amigos más cercanos lo pueden hacer sin herir los sentimientos.

Esta canción me pone un problema porque una de mis mejores amigas escucha bachata. Género que no soporto. Otra baila regueattón, aunque lo niegue, aunque la verdad es que yo también lo hago, pero  no quisiera poner canciones que tengan letras como “yo te lo meto despacito mientras sientes el machete y hacemos un trencito”.

Así que voy a recurrir a una canción del año 1996, que tal vez me cause problemas. Esa canción me recuerda a mi grupo de amigas latinas del internado. Acababa de salir el primer disco de Shakira. El Educador Musical siempre dice que Shakira era buena. Ese primer disco fue bueno, después la fueron volviendo mierda empaquetándola en letras malas y ritmos predecibles, sí, por más que algunas veces uno los baile, dependiendo de la ingesta de alcohol. El caso es que en ese entonces el disco Pies Descalzos acompañó en discotecas, en cuartos del internado, en conversaciones, incluso me acompañó en una playa y mientras lo escuchaba yo pensaba que me gustaría dedicárselo a un tipo que me gustaba mucho en esa época, cuya identidad creo que no revelaré nunca.

El caso es que esos días fueron los primeros en que comencé a sentirme independiente. Tenía diecisiete años, ahora sé que no era sino una niña con tacones y permiso para usar pintura de labios y viajar sola entre mi casa y el internado. Como todo adolescente me sentía en el tope del mundo. Perdí peso y gané varias experiencias amorosas que en su momento me parecieron vertiginosas y que hoy recuerdo hasta con ternura. Gocé esos momentos y mucho me lo he traído para dedicarme a este oficio de contar historias.

No puedo escoger el disco completo, así que uso la primera canción. Esa que cantábamos a todo pulmón en la pista de una discoteca llamada Paper Moon, con la que soñábamos desde nuestros pupitres durante toda la semana. Bailábamos, cantábamos y nos sentíamos invencibles.

No he vuelto a ver a migas amigas desde ese año, aunque a una de ellas la vi en 1997. Me gustaría hacer un reencuentro. Contarnos las vueltas de la vida. Lo predecible, lo que resultó inesperado. Tal vez muchas de las cosas que he hecho se veían venir, otras no. En ese entonces jamás me imaginé que me dedicaría a escribir. Incluso, ahora que lo pienso, no sabía bien que quería ser en ese entonces, aunque dijera con convicción que tal o cual profesión era lo que yo quería de la vida. Lo recuerdo como un periódo en que quería ser y más nada.


Yo era. Junto a mis amigas. Éramos más que amigas, éramos familia. Y la verdad cuando escucho esa canción las extraño. Ojalá no esté lejano el día en que nos volvamos a ver.