miércoles, 2 de julio de 2014

Día 23 una canción que no soportas escuchar

¿Qué quieren que les diga? 

Esta es la canción más machista del mundo. La odio. Me desespera escucharla. Y la odio tanto, porque en una época la bailé. Lo reconozco. Hoy en día cuando la escucho algo tiembla dentro de mí. Los caballos del Apocalipsis me galopan por dentro. Lo mismo que me pasa cada vez que leo o escucho la frase "es que yo quiero un Crhistian Gray". Es que: 

Mujeres,
Lo que nos pidan podemos, 
Si no podemos NO EXISTE ( No me jodas.)
Y si no existe lo inventamos por ustedes (Vete a la mierda) 

Se podía llamar oda a las inútiles desvalidas. No puedo con esto. No puedo. Es todo lo que está mal con el mundo. Y así como esta canción me levanta toda clase de sentimientos negativos. Y detesto a Arjona, la vida no deja de tener todas sus ironías. A veces pienso que nuestros caminos se van a cruzar. 

Es por eso que estoy por escribir una historia en que una tal Manuela Zárate un día está en un café, se pone a hablar con un tipo. Él se sienta en la mesa, pide un café sin preguntarle. Al rato ella lo quiere patear, pero Manuela no es el tipo de persona de sacudirse a otras abiertamente. Así que aguanta. 

Toma su café. Mira el reloj. Le dice que le gustaría ir pidiendo la cuenta y él insiste en que se queden un rato más. Luego él le cuenta un cuento muy triste. Es toda una historia de drama familiar, haber emigrado y haberse sentido sin patria de ningún tipo. Después  le dice que lee autoayuda y ella arruga la cara. A Manuela le da pena irse porque después de todo él le contó algo conmovedor de su vida. Conociendo a Manuela ella no se aguanta y entonces también dice algo que a los segundos se pregunta, ¿para qué se lo dije? Luego aclara que no es raro en ella hacer confidencias íntimas a extraños. Es escritora, y esa facilidad para abrirse con gente que sabe que no va a ver nunca más en la vida es algo que la ayuda a contar historias. De no ser así, creo que no podría escribir, dice. 

De pronto están hablando de cine y de música. A ella le parece conocida la cara. El tipo pide ya no café sino vino.  El tipo tiene un gusto de la maldita puta madre. Es un impresentable. ¿Cómo puedes escuchar esa mierda? Se ríen. Ella se compromete a hacerle una lista de libros y de canciones que tiene que leer y escuchar. Él dice que a él simplemente no le gusta. Toca guitarra y compone, eso sí. A ella le gustaría escuchar algo de su música. Tocas Perales seguro, le dice ella. Él dice que claro que sí.  ¿No te estoy espantando? Un poco. ¿De verdad no me reconoces? Tú cara me es conocida, dice ella. Manuela se pone de pie para ir al baño porque desde hace tiempo tiene ganas y se ha estado aguantando.  ¡ Al salir del baño se consigue con un amigo en otra mesa, y este después de saludarlo y felicitarse por la casualidad de haberla encontrado en una ciudad extranjera le dice, oye, ¿de dónde conoces tú a Ricardo Arjona?

Es Ricardo Arjona. Pero ¡Claro!

Menos mal que no había llegado a contarle que por mala leche, casualidades, trucos, malas pasadas del subconsciente, su blog se llama: Ayúdame Freud, como una canción de Ricardo Arjona. 

Manuela se queda viéndolo. No sabe si tirarle un trago en la cara, patearle las bolas, sentarse a hablar con él, darle un chance, decirle que ya descubrió su identidad, o qué coño. Al final se decanta por una cosa. Va se sienta y le dice, sólo quiero que me digas una cosa: ¿Por qué? ¿Por qué coño tanta mierda? 

No sabemos cuál es la repuesta. Mejor no. Porque la respuesta no puede ser: porque eso da plata. Es que Manuela prefiere creer que el mundo no es así. Prefiere creer que en algún lugar extraño de esa mente humana cubierta por pelo grasoso. De ese cliché del romántico/rebelde/irreverente que desafía la sociedad porque canta baladas en las que juega con las palabras Puta y Reputa, y de vez en cuando lanza un jodido para que alguna abuela se sienta transgresora y que le deja a sus nietos un mundo en real decadencia, hay un bolsa que cree en esas estupideces con el idealismo de los ignorantes. 

Su problema es que no ha leído suficiente. No ha conocido a Bukowski o peor, se indigestó con él. Y es eso. Un indigestado de la pose del bohemio, del poeta rebelde, incomprendido, oscuro. Por eso acto seguido, de la forma más burda le va a decir a Manuela que lo único que les queda a los dos es "tener sexo". Ella le dirá algo como que el sexo no se tiene, más bien se hace. Es que los hombres que buscan "tener sexo" me han parecido mala cama, pero no te lo tomes personal, no se puede generalizar. Se va a hacer el no-ofendido, el tipo de mundo, el abierto, pero acto seguido, como buen macho le va a hacer un comentario hiriente sobre su ropa, sobre su tamaño, sobre cómo se comparan las imperfecciones de su figura con la corista que tuvo en su cama dos días antes. Es decir, puntos para el, autogol para ella. Ella pide la cuenta y el alega que se le quedó la cartera en el hotel. Manuela termina invitándole dos cafés, un sandwich y una botella de vino a Arjona, entonces se preguntará, ¿quién coño te manda a ti a estarle hablando a un tipo que se parece a Ricardo Arjona? 

Un año más tarde, Arjona lanza un nuevo disco y hay una canción sobre una tipa en un café. Una tipa que se llama Manuela. Manuela sale mal parada, es algo como: 

Manuela, con esa mirada no vuelas.
Con ese dolor que esconde tu fulgor, 
Te apagas sabiendo, que con tanto viento de las pesadillas, 
No pondrás jamás al amor de rodillas. 

Manuela, tu metro sesenta y tres de locura, 
Es tan solo una extorsión a la premura de juzgar, 
Manuela, si tan solo leyeras el libro que nunca has escrito, 
Verías que yo ya te he descrito en una canción de un día que fuimos sin ser. 

Algo así. Estrofas más tarde no quedaría claro si "tuvieron sexo o no". Un tema de orgullo del autor.  

Y esa sería la historia de Manuela Zárate y Ricardo Arjona. No me jodas. Si queremos "Arjonizarla" por completo al final se enamoran. Pero yo de verdad no puedo escribir ese final. No puedo.