lunes, 21 de julio de 2014

Fragmentos de pensamiento en una caminata


Estoy agotada. Este post no está editado. Ni vuelto a leer. Ha sido esto así. Nadie edita mi cabeza. Mejor así. Más puro. Más honesto. Los errores de tipeo se deben a las horas sin dormir. A la velocidad con que tecleo. Los asumo y de entrada pido disculpas. 

Suena The National como siempre. Conversation 16. La puse de primero porque ya es como una especie de ritual. Voy caminando por la ciudad y me encuentro un grupo de música en la calle, rodeado de gente que filma y sonríe. Me parece tan rato escucharlos mientras en mi cabeza lo que suena es totalmente distinto y lo que sueño forma parte de sucesos de un universo paralelo.

Soy esclava de lo que imagino. No paro de hacerlo. De vivir cosas que no se pudieron de vivir. En mi mente la atmósfera. Las palabras. La ropa. Cada detalle servido hasta lo más exacto. Y lo vuelvo a repetir mientras me pregunto, ¿de dónde la tendencia a soñar despierta?

Sigo caminando. Perdiéndome. Una mujer se abraza frente a una heladería, mira los sabores mientras yo me acerco a toda velocidad. Se limpia los labios con la lengua. Pienso que es una maravilla que todavía exista gente que no ha perdido ciertos instintos de la infancia, como saborear una golosina. Así saboreo yo estos días. Como un regalo. Una bendición. Una oportunidad. Una ventana.

Sigo caminando. Hoy no llegué al río. Me fui a otro lado. A vagar.  A atravesar extraños como si yo fuera una sombra. Suena Anyone´s Ghost y pienso en mi obsesión con los fantasmas. Los que viven conmigo. Los que susurran mi nombre de vez en cuando y algunas palabras. No son malos. Son fastidiosos. Eso es todo. Hay que aprenderlos a tratar. No se trata de esoterismo o algo así, es más bien erotismo y algo de no saber lidiar con el pasado.


Voy caminando y pienso en Rayuela. “¿Encontraría a la Maga?” Y qué si la encontraba. Al final eso no iba a hacer la menor diferencia. El amor amado está o no está amado. Perdido. Desperdiciado. Pienso en las cosas que quiero escribir. En los libros que me están buscando. Camino. Doy la vuelta. Cruzo una calle. Pasa un autobús tan cerca de la acera que por un instante cambia violentamente lo que imagino. Es una tragedia. Los extraños. El cuerpo descuartizado. El conductor desesperado. Alguna vieja con un ataque de nervios. Los turistas incómodos.


Llego al lugar que quería visitar y mientras hago unas fotos unos viejos empiezan a pelear. No bajan de los 70 años. Eventualmente agarran unas sillas de metal y las usan como espadas. Finalmente se sientan uno al lado del otro, como si pegarse no hubiese sido jamás algo que contemplaron. Pienso que esto si es civilización.

Pienso en qué somos y mi vida. No sé qué clase de vida tengo. Una marea constante. Pienso de nuevo en Rayuela. En las caídas del sol. En las palabras no dichas. En los silencios. En las numerosas interpretaciones que le he dado a una mirada, en lo improbable del amor, en lo falso que es todo. En lo que queremos comprar como auténtico. Veo los turistas entregados a su paseo y me imagino cómo será ser uno de ellos. Al final lo somos todos. Si queremos. Hacemos turismo por la vida. Paseamos a toda velocidad por las experiencias. Agarrándolas. Consumiéndolas. Registrándolas en algún lugar, hoy en día demasiado público, para que quede constancia que vivimos. Hoy en día cada quien es responsable de inmortalizarse. Si nadie se acuerda de ti es porque no actualizaste lo suficiente las cuentas que tenías a la mano.

No siento miedo. Siento una gran determinación. La misma que me llevó a cortarme radicalmente el pelo hace una semana. Simplemente me levanté y me senté en la silla de una peluquera que incluso estuvo renuente a hacerlo. Finalmente usó sus tijeras y cuando me levanté había una montaña de pelo en el piso. Te quitaste un peso de encima. Ni te imaginas.

Nadie se imagina el peso que me he quitado de encima. Unas cuantas letras mientras he subido unos cuantos kilos. Este camino no es fácil. Aunque hice trampa porque desde hace seis meses estoy en terapia. Desde hace varios meses he tenido que reconocer que no todo es como yo quiero que sea. Desde hace unas cuantas semanas me di cuenta que es cierto, que algunos quieren usarte, algunos abusarte, como dice la canción. Y duele. No me gusta que me usen. Soy demasiado comeflor para este mundo.

Las noticias me asquean y cuando miro lo que pasa siento que no debo ser humana. A veces me parece que el mundo es asqueroso y me avergüenza pertenecer. Me dan ganas de rendirme. Sigo caminando. La noche cayó. La ciudad esta casi desierta y somos como fantasmas. Me gusta la humedad del verano. Me gusta el calor. Me gusta que me sorprenda de pronto una ráfaga de un vieno que me recuerda el frío.


Prendo la computadora. Pienso en cómo diablos voy a hacer para abrir mi cena que consta de una cerveza, y en bañarme porque ahora el calor es demasiado. Y pienso en escribir ese libro que tiene tanto de mí camuflado en ficciones. Pienso en soltar de una puta vez lo que quiero soltar y que las obsesiones se muden. Ese universo nuevo, imaginado, en el que habitan un millón de seres que existen justamente porque no existen y que se han convertido en mis compañeros permanentes. Mañana abriré los ojos. Leeré un rato. Tomaré café. Seré madre. Iré al cine y trataré de no pensar demasiado.