lunes, 7 de julio de 2014

Pueblo Fantasma

En día como hoy me pregunto ¿cuánto tiempo más podrá sostenerme El Ávila como motivo para quedarme? Tal vez haya muchos más, pero a medida que pasa el tiempo uno siente que cada vez son menos las razones para estar aquí. Las casas se venden, los muebles se guardan, los libros se donan y mucho de lo que sobra, no se usa o no cabe se bota. Y mientras tanto uno en la acera de enfrente viendo como tanta gente cierra las maletas y se va. Las puertas se cierran, los aviones despegan y nos vamos quedando solos.

Esto ya es un pueblo fantasma. A veces me siento así, como un fantasma que ronda unas calles desoladas, llorando la muerte del país en que creí que iba a vivir. Fantasmas, zombies, como si fuera una película multigénero, drama, terror y algo de comedia porque insistimos en no parar de reírnos de lo que sea, mientras lo humano nos termina de abandonar.

No sé qué estamos viviendo, ni cómo calificarlo. No sé si es un sistema político, si es la guerra, no sé si es el fin del mundo, si es un proceso cíclico, un fenómeno sociológico, sólo sé que me busco y me busco y no me encuentro.

En este país cualquier sueño pasó a ser imposible. Cualquier meta es demasiado difícil, se ve en los ojos de la gente a quien le cuentas tus sueños. Ya no es cosa de luchadores hacer algo grande. Ya no se trata de tener algún tipo de visión. De negocios, de arte, de dejar una huella y cambiar el mundo. El mundo lo limitaron a unas fronteras, las del miedo y la baja autoestima, la de los obstáculos insalvables o casi imposibles de sortear y la del eterno agradecimiento porque es tanta la gente que está mal que quejarse es un lujo que no vale la pena darse.

La vida aquí se basa en tener la fuerza para sobrevivir, o tener la debilidad suficiente para ser uno más de los que saquean y se despojan de todo lo que creyeron para convertirse en parte de la corriente y que el caudal no los arrastre. Es decir, o te suicidas o te sientas a esperar que la muerte te alcance. 

Quienes esperamos lo hacemos con la mirada puesta en el cielo, con los brazos al aire, esperando el amparo de algo o de alguien. Abrazándonos a lo que fuimos, a nuestros afectos, a nuestros valores, mientras el ojo del huracán nos pasa por encima, pero sin que haya un parte meteorológico creíble que nos diga que esto va a pasar.

Hemos tenido que aprender a convivir con la muerte, con la injusticia, con la corrupción. Éramos un país rico, pero extremadamente pobre y lo seguimos siendo. Mientras el mundo ha avanzado, con todos su problemas, aquí nos reducimos a un grupo de seres que se lamentan o se vanaglorian de haber destruido un país para probar que en un pasado que ya podríamos calificar de remoto no se hizo suficiente.

Nos volvimos el país en que se hacen las cosas porque se puede y lo que se debe, es justamente eso, una deuda, no un compromiso. Los valores pasaron de moda, ahora son otros, son números en cuentas clandestinas o cuentas que sacan las mujeres cuando sacan sus accesorios del closet. El hombre más grande es el que tiene la casa más grande, el avión más grande y además se lo hace saber a su vecino, a los padres del colegio, a los demás hombres de negocio.

No se construye nada, ni hay espacio, ni esperanza de construir nada. Los puertos están vacíos, y las fábricas que no están abandonadas están tomadas por obreros que siguen convencidos que alguien los explota y que esa persona les debe, y les tiene pagar.

Me pregunto qué se sentirá respirar en un país en que la vida no impone una cuota de locura para salir a la calle. Me pregunto si afuera uno es dueño de su destino, o si esa es una cuestión filosófica y profunda que no se responde solamente con una estampa en el pasaporte.

A veces se hace pesada la vida en la que uno sólo barre el polvo que deja el abandono de quienes se fueron. Aquí con los fantasmas, tristes, esperando si aquellas almas que una vez creyeron en este país regresan a atormentarlos con los cuentos de tierras lejanas en la que el tiempo pasado tal vez no fue tan bueno, pero el presente es mucho mejor. A veces me niego a creer que esto fue todo. Que perdimos. Que nos destruyeron. Que no hay plan que valga, esto lo perdimos, que aquí lo que queda son árboles de mango, Ávila y playa y que los sueños ya son fantasías. Que la única forma de lograr ser alguien será a través de una alucinación.


A veces quisiera yo también cerrar la maleta e irme. Ser alguien distinto. Despedirme de todo y olvidar que esto también fue mío.

5 comentarios:

Ahh.K.Rhajjo dijo...

.....Brutal.....Bestial.....Con tun dente....!!....What Else...??...What a Guanderful Guorl....!!

Florángel Rodríguez dijo...

Mejor dicho imposible!! Así de simple o así de complejo!!

Maribel Palermo dijo...

Hola Manuela, muy acertados tus comentarios..sin embargo como te he dicho en otras ocasiones si hay una esperanza verdadera, no una utopía..la de rescatar valores y mantener los compromisos, que comienza con buscar al Dios verdadero, y aprender a tener fé absoluta y total en que El es el que nos ayudará ..ahora bien tenemos que poner nuestra cuota hacer nuestro sacrificio, incluye luchar contra esa corriente que tu defines con lo de los números que salen del closet y que son contrapuestos a el hacer ver que somos alguien porque tenemos dinero..desde hace tiempo lo digo y lo mantengo cada día mas ,esta lucha es espiritual , escribeme y hablamos mejor maribeljael@gmail.com www.jw.org/es

seba dijo...

fuerza manuela!!! los de jehova son los que se visten de naranja?

Manuela Zarate dijo...

Cariños a todos y gracias por el apoyo. Maribel, lucho todos los días, con mis libritos, pero te confieso que a veces me canso. Y estoy pasando una de esas etapas. Tengo Fe, pero también he aprendido que no todo se puede dejar en manos de Dios. Te escribo en estos días. Un gran abrazo y gracias por tomarte el tiempo de compartir tu búsqueda conmigo.

Nos seguimos leyendo por la blogosfera.