lunes, 11 de agosto de 2014

El mundo. El país. Nosotros.


Una crónica. Un réquiem. Un lamento. Un género no inventado. Una serie de palabras repetidas mil veces. El despliegue de lo que se ha dicho tantas veces. La humanidad y sus sistemas. Lo poco que hemos avanzado. La fantasía de la libertad. La ilusión de que hemos evolucionado. Las trampas. La intolerancia. La avaricia. La falta de compresión. La comodidad. La terquedad. El miedo. Finalmente el miedo.

En estos días me siento con el espíritu por el suelo. Antes pensaba que era sólo mi país. A pesar de que la situación es casi extrema, lo cierto es que el mundo está mal. El antisemitismo crece. El islamismo radical amenaza. Las religiones en general tienen poco que ver con Dios, o con amor, sino con juzgar a los demás y convertirlos, empujarlos, chantajearlos y hasta matarlos por no adoptar una misma creencia.

No hay amor en ningún lado. Sólo miedo. Miedo del infierno, miedo del que piensa distinto. Miedo a la libertad y sobre todo miedo a que somos dueños de nuestro destino. Miedo. Miedo. Miedo.

Pienso en lo que quiero decir. Las palabras se me quedan trabadas justo donde comienza mi garganta. Temo por el mundo. Un mundo que no quiero. No quedan héroes, ni grandes hombres, y no es sólo un problema de los líderes mundiales. No es nada más que pareciera que quienes llevan la ONU, la OTAN y las grandes corporaciones son gente podrida por el dinero, el poder y no tienen visión, ni interés por una humanidad mejor. Han venido a saquear el mundo. Nadie educa a las futuras generaciones. Quienes nos preocupamos por eso somos los ingenuos, los equivocados, los idealistas, los locos, y sí, los tontos. Me han dado más de una mirada de condescendencia y a veces, desde esta esquina siento una soledad que me cubre de oscuridad.

A veces me gustaría gritar. No se trata de esperar un líder, sino de darnos cuenta que el futuro está en uno. Que cada cosa que uno hace afecta radicalmente el destino del mundo. Es muy fácil creer que no se pude luchar contra la guerra si uno no es ministro o presidente. Es muy cómodo sentarse a contar lamentos en un muro de Facebook, a compartir un aríticulo de periódico que no analiza  nada, sólo adjudica alguna culpas y llora un tiempo pasado que no pudo haber sido mejor porque nos trajo esto. Más bien hay que pensar qué pudimos haber sido y cómo lo logramos en el futuro. ¿Y de quién depende?

Los grandes hombres no son sólo los que aparecen frente al  micrófono y dicen lo correcto en el momento justo. La unidad no es nada más que los partidos se sienten y negocien, lleguen a un acuerdo y nos salven. Como si esto fuese una película de Bruce Willis, aquí esperamos que el equipo liderado por un salvador nos libere. No es nuestra culpa, después de todo ¿cómo llamamos al padre de nuestra patria? El Libertador. Nunca nos sentamos a pensar que los pueblos se liberan a sí mismo, que ningún hombre puede solo.

Adormecidos. Atontados. Cansados. Entumecidos de tanto habernos creído que nuestras vidas importan poco y que no tenemos poder, nos hemos convencido de que lo poco que importamos. Los héroes sólo existen cuando sobreviven en nosotros. El acto heroico de la vida no tiene que ver con desafiar un gran peligro, o aventurarse en una empresa que muchos consideren perdida o arriesgada. El riesgo que se corre con la muerte lo corremos todos, para morir sólo falta estar vivo. Para luchar también.

Irse del país o quedarse. Sonreír o maldecir. Entender o querer seguir por la vida con los ojos cerrados. Echarle la culpa a alguien o preguntarse ¿qué he hecho yo en todo esto? Realmente. Sin excusas. Sin argumentos sin base.

El cambio en el mundo empieza por uno. Empieza cuando abre los ojos y dice hoy voy a vivir acorde a mis valores, pero no sólo eso, sino que haré lo posible por difundirlo. Por aprender.

Esto es problema de todos. El héroe que estamos buscando nunca va a llegar. Somos todos. Y las dictaduras convencen a la gente de que eso no es así.


Cuando cesemos de creer en nuestra insignificancia y creamos que merecemos un país mejor, ese será el día.