miércoles, 24 de septiembre de 2014

¿A qué le tienes miedo?

¿A qué le tienes miedo? Es una pregunta tan profunda y que requiere en realidad un gran esfuerzo de reflexión para contestarla. Tener miedo es algo tan cotidiano que a veces cuesta ubicar el sentimiento en una escala mayor, y su efecto en nuestras vidas, decisiones y relaciones. El miedo lo empezamos a experimentar de pequeños. Generalmente el miedo de los niños suele minimizarse, casi despreciarse, porque después de todo, quienes ya sobrevivimos la infancia sabemos que de muchas cosas que nos mataban de miedo de niños, realmente no nos íbamos a morir. No hay monstruos debajo de la cama, no nos iban a dejar en el colegio para toda la vida, no hay un coco que viene si no te duermes a tiempo, ni la vecina come niños, aunque todavía, después de tantos años casi pudieras asegurar que su mirada dice lo contrario.

Claro que, de grandes los miedos son otros. Sobre todo el miedo a la pequeñez a la que nos someten los sistemas de la sociedad. Desde cosas grandes como el éxito y el fracaso en cualquier empresa. Desde el trabajo hasta el amor.  Hasta todo lo relacionado con la vida cotidiana, las deudas, las relaciones familiares, las decisiones que impliquen un cambio de vida, una renuncia. Nos vamos dando cuenta, a veces un poco tarde, que muchos sueños se van quedando por el camino. Porque tal vez soñábamos por cambiar el mundo, pero por el camino el mundo más  bien nos cambió a nosotros y nos convenció de que éramos más pequeños de lo que pensábamos. En conclusión, que la respuesta para muchas cosas es: no se puede y no conviene intentar.

En un país como este uno tiene que hacer de pronto un gran inventario de sus miedos. El miedo a la muerte, por ejemplo, ya no tiene tanto que ver con la trascendencia, ni el dolor, ni el sufrimiento, ni la parte práctica, o hasta moral. Tiene un sabor a inmediatez que hace un tanto amarga la existencia. Para quienes sufren como yo, de Sindrome de Imaginación Exacerbada, el problema es grave. La cantidad de imágenes que desbordan mi mente no ayuda, y de vez en cuando me llevan a estados de ánimo que hacen que otros me animen a "relajarme". Como si mis pesadillas fuesen imposibles. Ya no es monstruo debajo de la cama, es más bien un monstruo con el que juego ajedrez y tomo café. 

El miedo a la represión es otro que está siempre latente. No se trata nada más del miedo a ser reprimido con perdigones y bombas lacrimógenas. Eso sería muy sencillo, no vayas a más protestas. Pero la represión en estos sistemas tiene varias caras y va tejiendo sus telas para irnos amarrando a todos, casi sin que nos demos cuenta. Cada vez somos más discretos, más privados, más desconfiados. Cada sonrisa, cada apretón de mano, cada rostro desconocido tiene detrás de sí una maraña de posibilidades que puede asombrar incluso al más ingenuo de nosotros. Nos hacemos mil preguntas y nos dudamos demasiadas veces. Preferimos ir callados, cambiar de tema, sonreír por compromiso y sin ganas, no decir lo que pensamos, guardarlo para otro momento y tratar del calmar las pasiones. Y es un cansancio que se lleva por dentro. Un marasmo. Un desgano. Todo producto del miedo. Nos reprimimos. O nosotros mismos o unos a otros. Ponga por ejemplo algo polémico en Facebook, como que no está de acuerdo con tal o cual líder político. Verá lo que es la represión y la cantidad de gente que de maneras más o menos educadas y bonitas le piden que por favor, se calle. Eso es el miedo. 

Miedo al dolor. A la partida. A lo que sucederá mañana. Al aguacero. A las reacciones de la gente. A las decisiones que tomen otro por nosotros. Miedo del avión que va sobrevolando la ciudad, o a la moto que la recorre. Miedo de la falta de tantas cosas. De ir a un lugar y no conseguir lo que se necesita. Miedo a no tener elección. Miedo a perder lo poco que la vida nos deja en las manos. Miedo a ver desplomarse los sueños y los talentos consumirse en un pantano. Miedo a no poder decir lo que se piensa, ni la verdad, ni si quiera a mentir porque tampoco hay mucho espacio para la mentira a menos que sea cómplice. Miedo a no poder engañarse uno mismo. Miedo al resentimiento, porque de vez en cuando uno ve alguien que tal vez no se deja consumir por la oscuridad, o que sigue, por voluntad o por suerte, y ya uno se siente dolido. Porque de vez en cuando pareciera que el miedo es y debe ser generalizado, pero la verdad es que no a todos les ha tocado y nos preguntamos por qué. Miedo a perder tanto, cuando ya no queda mucho. Lo poco queda. Miedo a comenzar de nuevo y miedo a que todo termine. ¿Cómo será todo esto cuando termine? ¿Cómo es un país que se acaba? 

Uno siente que los miedos se enrollan entre las piernas.  No podemos movernos. Quizás parte del cambio tenga que ver más con nosotros mismos que con eventos externos. Incluso el cambio de país, de realidad, de modo de vida. Hay que hacerse la pregunta y reflexionar. Porque después de todo, vivir aterrorizados no previene las desgracias, en cambio actuar si enfrenta el miedo podría cambiarlo todo. Y no es sólo cuestión de un país en crisis es así en cualquier mundo.