martes, 16 de septiembre de 2014

Estar triste en uno de los países más felices del mundo

Mis queridos lectores. Prometo que después de este vendrán otro tipo de posts. Más libros. Y otras cosas de la vida. Instrucciones para hacer arroz blanco, por ejemplo. 

La gente habla, dice comenta, todo el mundo tiene una frase de preocupación en los labios. Claro que viene seguida de una sonrisa, un comentario lleno de humor y otro lleno de esperanza o plagado de premoniciones que son mitad lo que uno más teme y la otra mitad lo que uno más desea. Somos profetas a nuestra propia conveniencia. Es sólo algo que se hace para poder sobrevivir. Después de todo, nadie se queda en un país que se derrumba por suicida, sino porque lo ama o porque su realidad es que no tiene otra opción.

Sin embargo la tristeza está devaluada. Entre comentarios de desahogo cae una lluvia de gritos de “¡Animo!” “¡Esa no es la actitud!”. Yo lo entiendo. Y pido disculpas. Sé que a veces canso y molesto, pero esta es mi realidad. Yo estoy triste.

Lo entiendo, mucha gente lo toma como un desprecio, una pérdida de tiempo y una demostración de debilidad. Es que los hombres no lloran. Los venezolanos menos todavía, si nosotros enfrentamos todo con alegría, con una forma muy “nuestra” de ver las cosas, en todo vemos un chiste, tenemos ese “humor”.  Y lo entiendo, en eso también hay una forma de supervivencia, de defensa. La negación, el estar absorto, aislarte, también lo he dicho, yo sé que para no hundirme en esta arena movediza hay que construir una cueva.

Es imposible, por más que uno quiera, armarse toda una realidad paralela. A menos que cambiemos la tristeza por la forma más abierta de demencia. Eventualmente el avestruz tiene que sacar la cebeza. Abres los ojos, el periódico, la computadora, el teléfono, los oídos la boca, es muy difícil mantenerse intacto.  Cada titular es una gota de ácido que desfigura el alma. Hay vidas rotas en todos lados. Para algunos una maleta, un pasaporte, una visa de larga estadía es una bendición, y sí que lo es, no es el fin del mundo y es un camino de lleno de oportunidades. Pero es también una ruptura. A veces definitiva. Y eso lo sabe quién se ha ido, quien ha visto la mirada del que se queda atrás. Emigrar es reventarse, por más que uno quiera llenar de sonrisas vía Skype el camino.

Ni hablar del resto. Qué decir ante la gente que llora en las farmacias. Qué decir ante los tiros que cayeron en estos días en los cuerpos de gente que no vivía buscando la muerte.  O tal vez todos vivimos haciéndolo, pero eso ya es un tema filosófico, el problema aquí se ha vuelto cotidiano. Casi fastidioso, no un cuento más por favor. Cierra eso. Nos vamos a enfermar todos y no vamos a revivir a nadie.

Es la moral que se nos quiebra. Es cómo nos derrumbamos. Los países no se acaban, las vidas sí. Las que ya no laten y las que quedan atrás, con el luto y el dolor a cuestas. Y las nuestras, las que intentan no ver, no pensar, se felices, sonreír a toda costas, adivinar el futuro, no aferrarse al pasado, aceptar, y punto. Sin preguntar demasiado y exigiendo cada vez menos. Aquí hay gente que se retuerce de lágrimas y dolor, que no sabe qué hacer con la injusticias, con la impotencia, con la vida rota y cada vez menos gente dispuesta a llorar con ellos. No digo a inmolarse, pero al menos acompañarlos, al menos a levantar la mano y decir, yo te ofrezco mi hombro, mi empatía. Al menos eso. Si acaso, aquí lo que nos estamos acostumbrando a ofrecer es un dedo para señalar culpables y una mano para callar la boca del que dice lo que nos molesta.

Algo dentro de mí quiere y necesita hacer un duelo. No significa que vamos a claudicar, pero en este país demasiada gente sufre, y aunque uno puede agarrar el sufrimiento ajeno y montarse todo el peso del mundo en los hombros, el oído no puede ser tan sordo. Cada quien hace lo que puede para sobrevivir. Cada quien hace su cueva, arma su espacio, se abraza a sus seres queridos. Pero en estos días miro a los míos y tiemblo. Porque a veces no sé que esperar de la vida, ni qué darle.

Ciertamente en la vida hace falta ánimo, optimismo, buenas energías, sonrisas. Pero también hay un momento para enfrentar la tristeza. Creo que muchos estamos desconsolados y perdidos. Creo que muchos sentimos que somos una generación estafada, que se quedó a la deriva entre la lucha por la libertad y la libertad para luchar. Creo que muchos sentimos que no encajamos ni adentro, ni afuera, que tenemos que buscar un espacio de realidad con su dosis de alucinación para encerrarnos ahí. Creo que además tenemos que aceptar que ni el país, ni el mundo va a ser lo que esperábamos y lo que es más, que el país y el mundo esperan mucho más de nosotros.

Habrá que levantarse y mirar las cosas con fuerza, dar la cara y demostrar de qué estamos hechos. Habrá tiempo para construir el país más feliz del mundo, no el de la casilla veinte, el de la casilla uno. El que supere toda las expectativas. El que soñamos y el que sí merecemos ¡Carajo!, pero mientras tanto yo estoy triste.


Y lo acepto no sólo porque no tengo otra opción para liberar mi alma, sino porque incluso desde la tristeza se construyen cosas grandes.

2 comentarios:

Fernando Insua E. dijo...

No puedo evitar pensar que tal vez, para ciertos problemas, a veces hace falta un poco de teoría.

Si gustas tengo un texto en pdf, se llama la ética de la autencidad (que no te engañe su nombre de libro de autoayuda, es un libro que va entre el diagnóstico, la filosofía y la preocupación de a pie), su autor se llama Charles Taylor, filósofo y medio teórico político con toques de exploración literaria, canadiense. Es sencillo, es relativamente corto y a veces algo abigarrado. Sin embargo, tal vez te pueda interesar.

Trata algo del tema de la identidad moderna y estudia y propone una forma embrionaria de comprender cómo hemos llegado a donde hemos llegado. Romanticismo, Ilustración, Modernidad y Premodernidad hacen su aparición.

No es una respuesta política. Está muy lejos de Latinoamérica. Pero a veces creo que de él nos llegan ecos de los dilemas que afrontamos y caminos y nuevas preguntas que ensayar. Tan fácil como que cuando el cuerpo grita hay y no entendemos a veces hay otros lenguajes que escuchar.

Me cuentas si te interesa y te paso el pdf por correo,

Saludos.

Manuela Zarate dijo...

Hola Fernando! Sí me interesa mucho! Suena muy interesante, me lo puedes mandar a circulolectura.amagi@gmail.com

Mil gracias por tu comentario!