viernes, 5 de septiembre de 2014

Los últimos días

Mi papá decía en el 2005 "aprovechen que estos son los últimos días buenos". Lo peor es que ya sentíamos que el país era algo que se ponía cada vez más extraño. Sin embargo, en ese entonces ser alarmista y pesimista no era bien visto. Teníamos mucho petróleo y Chávez todavía era cómico para una gran parte del mundo. La oposición podía jugar a esperar "las próximas elecciones", que no eran cada seis años, sino cada seis meses. O así se sentía. Cada vez que al caudillo le provocaba. Y empezaba esa rutina macabra de ver la ciudad cubierta de papeles, los medios de propaganda, las cadenas eternas, las amenazas y luego un domingo en el que uno caía agotado de madrugada esperando un milagro de Dios, porque ya habíamos aprendido que -salvo en una ocasión- de los venezolanos era poco lo que podíamos esperar. El mundo se acababa el lunes siguiente, y luego el martes seguíamos adelante, porque "no hay depresión en política". 

Hoy en día no sabemos si son los últimos días buenos, malos o si simplemente son los últimos días. Durante estos quince años cada derrota ha estado llena de frases estilo autoayuda como la que acabo de mencionar. La verdad, no sé qué quiere decir que no hay depresión en política, así como no entiendo la filosofía de "lo países no se acaban". Sí, es verdad, tal vez hay que esperar millones de años para ver como un continente se separa y cómo cambia la topografía de una zona del planeta, pero no hay que esperar mucho para ver como se desintegra una sociedad. 

Quienes nos quedamos lo hacemos por distintas razones. Necesidad, convicción, porque el resto del mundo tampoco esta fácil, porque tampoco podemos idealizar el extranjero pensando que afuera todo es bueno, ordenado, consciente, y esto lo digo porque es la nueva moda: en Venezuela todo es una mierda y en el extranjero todo funciona la gente es ordenada y no roba. Esto tampoco es así. La diferencia es la calidad de vida y la forma cómo están engranadas las instituciones en las democracias del primer mundo. Seres humanos de mierda hay en todos lados. Y gente valiosa también, aquí  pareciera que somos muy pocos, pero la verdad quedamos muchos. Así que no quiero que mi visión se interprete como un desdén hacia un país que amo, es más bien el doloroso esfuerzo de aceptar la realidad. 

Nos toca sentarnos y tratar de hacer un orden de lo que nos pasa. Nos toca mirar a nuestro al rededor y sacar conclusiones y aceptar. No es sólo cómo va a salir Venezuela de todo esto, es cómo vamos a salir cada uno de nosotros. El país se está acabando y la verdad no sabemos si lo que viene es el limbo o la resurrección. Me gustaría pensar que lo segundo, pero no descarto desde hace unos meses que no pase lo primero.

Dejemos por un momento de lado las grandes tragedias que nos califican para decir que estamos en guerra. Pensemos en un país donde la mayoría de la gente tiene que levantarse a las tres y cuatro de la mañana para llegar a su trabajo a las nueve. Que tiene que pasar la mayoría del día pensando de dónde y cómo va a sacar las cosas básicas que necesita para el desarrollo de su vida. Que no sueña, no planifica, no se plantea metas de superación. No aspira. Y además esto es ya casi mal visto. Si yo afirmo que quiero ser una escritora conocida en el exterior, que pueda vivir bien de mi trabajo, que sueño con tener una casa de playa y poder viajar a Asia y construirme la biblioteca de mis sueños, les aseguro que alguien saldrá a acusarme de frívola. Porque ahora somos así. Da pena y miedo compartir las cosas que uno logra y a las que uno aspira. Porque el resto del tiempo estamos resentidos. A veces con razón, porque tampoco puede uno evitar la rabia que da ver a tanta gente que saqueó el país darse la gran vida mientras aquí una persona que le dio treinta años de servicio a su país y a su empresa ahora pasa las tardes buscando pastillas para la tensión. Y ese dinero lo tienen gente a quien uno no quiere dejar de tratar porque "es que es mi amigo de toda la vida". Chévere, pero nosotros estamos haciendo cola y él tiene ese dinero que era para traer los insumos que no conseguimos y para pagarle a los maestros que iban a construir este país. 

Aquí la mayoría de la gente no conoce realmente los avances tecnológicos del mundo, salvo los teléfonos inteligentes y una que otra herramienta de internet. El gobierno no planifica en un ningún área, salvo en la estrategia política y militar para mantenerse en el poder y buscar aliados internacionales que apoyen esa idea. Donde no se planifica en educación, ni en salud, ni en seguridad ciudadana. No hay planes de desarrollo de nada. Ni de un estadio, ni de un museo, ni un teatro, ni un parque, ni un movimiento ecológico, ni un desarrollo turístico. No se crean empleos, ni se estimula a las  empresas a crearlos. Los medianos empresarios no pueden planificar su desarrollo. No porque no tengan la capacidad, sino porque sus mentes y esfuerzos están ocupados en la idea de sobrevivir. Son muy pocos los emprendimientos que se llevan a cabo, requieren de una capacidad de riesgo muy grande por parte del emprendedor o tienen la filosofía de que cuando vives en Roma tienes que hacer como los romanos. Y saben a qué me refiero, para muchas personas el doblegarse ante una sociedad carente de valores ya no es algo de una elección de vida, sino de llegar a la conclusión de que aquí se sobrevive así. 

A qué puede aspirar un muchacho que estudia. ¿Cómo se compra alguien su primer carro? ¿Para qué? Si es que lo consigue y logra pagarlo, está el riesgo de perderlo. Incluso de perder la vida por él. Entonces lo que debería ser un sueño cotidiano, común, se vuelve una especie de lujo  macabro y medio suicida. Y da pena, da pena decir, yo sueño con comprarme un carro cuando hay quien sueña con el milagro de una medicina para una enfermedad crónica, para la que existe una cura, pero que aquí ya no hay. 

Entonces llegamos a una sociedad en la que o estás quebrado moralmente o estás triste y frustrado. Porque cada vez se hace más difícil vivir y ser fiel a tus principios. Y eso se ve en todas las áreas de la vida. En las asociaciones de padres de los colegios, en los condominios y asociaciones de vecinos, en las universidades, en los gremios. 

La tristeza se acumula. Aislamiento, soledad, frustración, angustia. Son muchas los sentimientos que se nos acumulan. Son muchos sentimientos malos, que componen el miedo. El venezolano se ha vuelto desconfiado y es cada vez más pesimista. O se aferra a un extraño sentido del humor, para tratar de afrontar el horror con risa, como si con la negación tropical pudiésemos borrar la realidad. Pero estamos llegando a un nivel tal que ya ni eso va a servir. Ya no sabemos qué vale la pena y qué no. Nos han quitado el poder de las manos. Son los últimos días de algo. Yo ruego porque sean los últimos días malos, pero ya ni sé. A veces amanece y yo me sorprendo, porque el día anterior creí ver el fin del país en los ojos de alguien que me contó una historia tan desgarradora que no sue como narrarla. 

1 comentario:

Ahh.K.Rhajjo dijo...

Muy bueno Clara.....y concisa...!!!