martes, 30 de septiembre de 2014

Medicinas que vuelan


Esto no es una solución. Las medicinas que llegan de Brasil son prueba de nuestra tragedia. 

Hemos debido ir a recibir las medicinas al aeropuerto. Como cuando llegaba una miss y se hacía una caravana de papelillo. Hemos debido ir con mariachis, cartelones, globos, y una gran sonrisa. Profeta casi infalible. El hombre que va a salvar este país: Atamel Fernandez. Dicho sea de paso, me imagino que con todo esto dentro de unos diez años sacan una cédula con ese nombre. ¿Quién va a culpar a los padres? Si te da un virus cuyos dolores te encorvan y consigues algo que te alivie yo también haría lo mismo. 

Ayer en Caracas:

Señora de unos cincuenta años me mira. Me sonríe. Entre otras cosas porque la farmacia estaba cerrada con una reja y por alguna razón la abrieron para que pasáramos. Se ríe. Es una de estas señoras que fácilmente podría ser mi tía. Pide una Centella Asiática. Yo pienso que eso me suena a algo que tomaría Buzz Lightyear. Me vuelve a mirar y finalmente le digo: 

- Yo tampoco en entendí lo de la reja. 
- Mira mi reina- Dice la señora. Definitivamente puede ser una de mis tías. - ¿Por qué la reja? ¿Va a pasar algo? - 
Pienso: Señora aquí nunca pasa nada. 
- No, es que ya vamos a cerrar.  
- Ah. Ok. - Me mira, como tranquila que el equipo gana. - Mira una preguntica, ¿tendrás Atamel? 

La señora no cambia la expresión. No responde. No dice nada. Le busca los medicamentos y le saca la cuenta en una computadora que está un poco más allá. 

- ¿Y algo que sea igual? 

Sigue el silencio. 

Me mira y pregunta: -¿Tú tienes Atamel? - Alce los hombros e hice un gesto de qué vamos a hacer, porque no me gusta hablar de esas cosas. Me ponen a decir más de la cuenta. 

- ¿Y de verdad no tienes nada que se le parezca?
- No señora. 
- ¿Y no te va a llegar? 
- No. - Esto se lo dijo otro muchacho que atendía en la farmacia. 

A cada rato alguien se asomaba por la reja cerrada y preguntaba por algo. A nadie le vendieron nada. Uno de los medicamentos que recuerdo: Eutirox.


Me faltó una ampolla así que fui a un Farmahorro. Nada del otro mundo, me tocó el 78 e iban por el 70. La gente agolpada sobre el mostrador de la farmacia como si fuese una barra de cerveza en el poliedro. A cada rato alguien venía y gritaba sobre nuestras cabezas si había Acetaminophen. Los vendedores no respondían. La palabra acetaminophen llueve. A cántaros. Es un diluvio. El santo grial. El elixir de la juventud, de la vida eterna. La fruta prohibida. O el antipirético prohibido. Casi tabú. Un sueño. Pronto nos convenceremos de que el Atamel en todas sus presentaciones fue un mito. Quizás las próximas generaciones se burlarán de nosotros "eso nunca existió". O tal vez terminen de avisarnos que los pollos que viene de Brasil han sido alimentados con dosis de 500 mg cada cuatro a seis horas y que si los comemos es una rara especie de dos pollos de un solo tiro. Porque las soluciones aquí ahora son así. 

En realidad, no puedo decir que vi nada extraordinario. No hubo escenas dramáticas, ni exageradas. Entré salí. Hasta me sonrió el señor cuando me dio mi pequeña bolsa, cosa que ya es decir bastante. Una tarde cualquiera en una farmacia. La cotidianidad y lo que se ha vuelto. Lo que es sentir que no hemos visto nada, cuando estamos presenciando algo tan grande. Un abismo. Una caída libre. No    pasó nada mientras está pasando de todo. Gente como desesperada. Angustiada. Apurada. Preguntando. Buscando. Pasando. Tensión en el ambiente. Miedo. Agotamiento generalizado. Somos una sociedad sin vitaminas. Pero tampoco resignada. La gente sigue yendo de un lugar a otro, porque en algún lugar hay. Tiene que haber. Esto es Venezuela. O era. O tendrá que volver a ser. O ya no sabemos. Ni cómo. Ni cuándo. Pero pareciera que el por qué se está viendo cada vez más claro. 

La gente que atiende casi no responde, porque no sabe qué va a responder. Hablan bajito. Como un novio regañado. Como si estuvieran haciendo algo malo. Me imagino que han tenido que servir de psiquiatra para muchas personas que llegan a descargar sus frustraciones. ¿Con quién más lo vas a hacer? Al final uno con su dolencia menor y qué importa. O sí importa. Pero a uno lo van convenciendo de que todo lo que no es grave importa menos. Porque la vida y sus condiciones se van calificando. Lo que quieres pasó a segundo plano frente a lo que necesitas, y ahora lo que necesitas no importa, cuando están frente a lo urgente. Y Dios te salve de lo urgente. 

Nos hemos ido olvidando de lo que merecemos,  hasta que la realidad se esparza como una de esas bombas lacrimógenas que lanzan afuera de los lugares repletos de gente, cuando hay leche o pañales y las madres, desesperadas se agolpan a las puertas.  


Ni Buzz Lightyear cura todo a punta de Centella Asiática. 

Tal vez sea Buzz Lightyear el que venga volando con las toneladas de medicamentos, gritando algo como "hasta su récipe médico y más allá". O en su mejor versión planeta tierra, Lufthansa. Al final da lo mismo. Les deseo a mis queridos lectores que lo que está en su récipe haya venido en ese avión.  Que no tenga que recurrir a las romanos, o solamente al grupo de oración, ni tenga que hacer un Vía Crucis de farmacias. Y mire cómo terminan siendo las cosas en este loco país, ahora también las medicinas aunque no son brujería, de que vuelan, vuelan. 

1 comentario:

Ahh.K.Rhajjo dijo...

.....un poco de rón frotaíto es bien gueno.