jueves, 25 de septiembre de 2014

Sobre la talla y la vida interior

En la adolescencia no  fui talla dos. Para mí nunca fue un problema. Yo fui una gorda feliz durante muchísimo tiempo. Tuve mis novios, y no me faltó atención por tener kilos de más. Eso de que la belleza es algo que se proyecta será un cliché pero es verdad. En mi casa intentaron ayudarme a adelgazar de distintas formas. Claro que nunca escuché una palabra despectiva, pero la presión si estaba allí. De vez en cuando uno escuchaba perlas como “las mujeres flacas no comen pan”. Hasta el sol de hoy yo no vivo sin pan, y no me interesa qué come o deja de comer Giselle Bundechen, o qué dice el último libro de la dieta Empire State, o Californication, o si no lo nuevo es regirse por la alimentación de las rémoras del tiburón ballena. A mí me gusta comer, y es parte de disfrutar la vida, en qué pantalones entro o no, es secundario. Claro que a veces me gana lo otro, y me ha ganado bastante. Yo llegué a pesar 45 kilos y a alimentarme con un carpaccio al día. Sí, el platico sencillo que te ponen de entrada en el restaurante. En el camino a entrar y salir de eso, por si quedan dudas, destruí mi estómago, aunque considerando todo lo que ha podido pasar y las consecuencias, no estoy tan mal. Hoy en día pienso que más vale que sea pecado, que San Pedro nos esté esperando y nos diga, “mira tú, sí, veinte cocosetes, ocho torontos, no-le-digo-no-a-un-tequeño, me encanta la Pepsi. Sí.Tú. Cuarenta años más de purgatorio”. Es que tiene que ser así, porque si no, de verdad ¿de qué valió tanto? ¿Es realmente una talla lo que vamos a dejar de recuerdo?

Siempre que llegaba el arroz a la mesa me servía un monte como el Everest. Sólo una vez mi mamá intentó llevarme con un nutricionista. Yo tenía unos veinte kilos de más. El consultorio estaba atiborrado de gente. Mucha cara de angustia, mucho tiempo, mucho pecado, culpabilidad, malestar, desencuentro emocional. El médico me recibió, me midió, me pesó, me vio. Me hizo una lista de las cosas que podía comer. Un puñito de arroz, unos gramitos de pollo. Me sentí peor que un animal de subasta mientras me pellizcaba para medirme la grasa corporal y me decía eso se puede corregir. Y sé que no es culpa de él, sé que la grasa corporal se mide así, no es el tipo de examen, es la falta de respeto. Es la manipulación. La lástima. La condescendencia. La estafa.  El juramento hipocrático tendría que ver con el cuerpo, pero con el alma nada. Tuve que escuchar que los hombres no me iban a querer, que la competencia era dura, y no fue la única vez. Ha vuelto ha pasar en repetidas ocasiones. Siempre me ha provocado preguntar ¿competencia de qué? Ni siquiera hoy en día soy de las que pone fotos en bikini en Facebook.  A ese doctor no lo volví a ver, pero sé que muchas amigas sí. Hoy en día sólo confío en una nutricionista, la mujer más brillante y profesional que conozco, y que jamás le diría eso ni a una mujer ni mucho menos a un paciente.

Claro que el peso no ha sido el único tema. La celulitis, sobre la que realmente no puedo hacer nada. Realmente nada. También me ha traído comentarios. Me han recomendado desde electroshock, hasta inyecciones de alcachofa. De la cama de electroshock me bajé en menos de diez segundos, le di las gracias a la amiga que me la estaba ofreciendo y me fui. La vida es demasiado corta, demasiado complicada, hay demasiado sufrimiento, angustia y cosas por hacer para tirarme en una cama y apretar los dientes pensando que Satanás usa un procedimiento igual, si al final ni siquiera me quiero complacer a mí misma sino a otro. Tarde o temprano todo eso se va a perder. Entiendo que para algunas personas no hay otra opción y esa es la única vía. Entiendo también que la autoestima se lacera y que uno busca cualquier paliativo para aliviar dolores y vacíos tan grandes como ese sentimiento de no ser suficiente, de no estar a la altura de algo, de no ser la mujer ideal, la perfecta y le peor: ser menos mujer.

Sin embargo, a veces me da rabia con el mundo. Me pregunto ¿cómo pasó esto? Tuve dos hijos y recolecté una cantidad de comentarios absurdos sobre mi peso. Agradecí mil veces a mi obstetra por decirme “lo único que está prohibido durante el embarazo es hacerle caso a las tonterías de la gente”. Desde el culo hasta las tetas. Algunos fueron piropos, otros cargados de veneno, desde no has engorado suficiente, hasta todos los consejos para comenzar a hacer dieta el minuto que el niño gritara. Y ni hablar de la carrera por volver a la ropa de antes. En un caso tardé tres meses, en otro diez. ¿Y qué? ¿Cómo cambió eso mi vida? ¿Cómo me ayudó a ser mejor o peor mamá? No sé. A veces cuando trato de ver cómo mis hijos me ven, yo que todavía soy su amor más puro y más profundo, entiendo que el peso les importa un carajo. Que ven otras cosas. Ven mis manos y lo que hago por ellos, ven cuando sonrío y cuando les tengo paciencia y hasta dónde pueden llegar conmigo. Quieren estar conmigo por mí, por la protección y la paz que les doy, no por mi circunferencia abdominal y el ángulo de mis nalgas. 

A veces me pregunto si después de tanto sufrir pondrán mi peso y mi talla en mi lápida. 56 Kg, talla 4 y en paréntesis (depende de la marca de la ropa). Hoy en día esa información es casi sagrada y privada. Puede ser objeto del mayor orgullo –en algunos casos se amerita, aquí no se generaliza- y puede ser una vergüenza, -es un peligro que el peso nos avergüence. Pero a eso nos están acostumbrando. A veces siento que nos hemos acostumbrado a que el flaco gana. Y eso es una gran mentira, la delgadez por delgadez no trae nada. Piel y huesos. Recuerdo que cuando estuve flaca, tan flaca, lo más flaca que he estado en mi vida no era feliz. No tenía tantos levantes, ni sonreía tanto, ni disfrutaba tanto. Muchas cosas eran un infierno, sentarme a la mesa, medirme ropa, verme al espejo, montarme en el peso.

El mundo nos grita constantemente que no somos suficiente. Las pestañas no son suficientemente largas, aquí tienes para alargarlas. Las arrugas son devastadoras, aquí tienes para prevenirlas. Tus labios no son suficientemente gruesos, aquí tienes para que parezcas alérgica a las abejas. Tus piernas no están bronceadas pero el sol mancha, aquí tienes para que parezca que vives en una playa en Costa Rica. Tu pelo no brilla lo sufiente, y está seco, y el color no le da vida a tus ojos, y además te convendría tenerlo más largo, ¡ya! ¡Mañana! Aquí tienes aceites, brillo de seda, coloración, extensiones. Postizo o no, muchas cosas uno las disfruta y ciertamente hay algo delicioso en el proceso de embellecerse. Y sí, de vez en cuando uno sale de la peluquería y se siente nuevo y renovado. Pero la línea es delgada, porque también uno puede llegar a sentirse extenuado, agotado e insuficiente. Y ni hablar del costo económico. 


Yo creo que las mujeres tenemos que hacer un esfuerzo por recuperar mucho de lo que hemos perdido. Por retomar el control y encontrarnos con ese punto interno en el que está nuestra verdadera belleza. Es más que tetas, que culo, que una bocas así o un vientre plano lo que podemos aportarle al mundo. Es mucho más lo que necesita la humanidad. Al final no hay dieta que cambie lo que somos, ni lo que podemos dar, no hay dieta que valga el talento que tenemos, ni la forma como nos relacionamos con la gente que amamos. Eso es lo que realmente importa. Es allí donde hay que concentrarse. Esa es la vida que hay que trabajar: la interior. 

2 comentarios:

Adriana Cuevas Z dijo...

me encanta tu billete, es divertido y tan cierto ! quizás lo use en una de mis clases de español ;o) . Besitos !

Lilena perisse dijo...

Wao.... Cuan cierto todo esto... Cuidar el interior..... Nuestros hijos nos quieren sin importarles por un segundo nuestra circunfernencia abdominal..... Gracias por este post... Recuerdas lo esencial... Aveces el dia a dia y la frivolidad abrumadora opaca las verdades mas basicas! Thxs!!!!