miércoles, 3 de septiembre de 2014

Soy esa mamá


Anoche no pude dormir. En parte por la tormenta y el miedo heredado de mi hijo a los truenos. Me quedé en la cama pensando en la alergia que tengo y en el montón de cosas que tengo que hacer y las ganas que tengo que quedarme arropada con un libro, apagar el celular, comer chocolate y dejar que pase el día sin tener que pararme de la cama para gran cosa. La realidad es muy distinta. No sólo está el trabajo y esa sensación que tengo cuando dejo pasar un día, de que he perdido el tiempo necesario para alcanzar mis metas.

Cuando son ya las cinco de la mañana y lucho contra mi propia recomendación de intentar no levantarme tan temprano, me levanto y me digo que tal vez valga la pena hacer el esfuerzo de dejar pasar unos días y repensar las estrategias de todo.

Este verano fue quizás el mejor de nuestras vidas como familia. A diferencia de otros veranos no me impuse una rutina de trabajo tan estricta. Quizás para muchas personas yo no trabajo, - me lo han dicho- porque no tengo una oficina, un jefe, una rutina y porque todavía no publico mis libros, de modo que mucha gente lo asume como que “no estás haciendo nada”. En realidad, yo me tomo muy en serio lo que hago. Soy muy exigente conmigo misma, y aunque  todavía tengo algo de desorganización y no tengo claro cómo impulsar mi proyecto, el pensar en ello también me quita muchísima energía. Estoy muy enfocada, pero cuando publique algo va a ser algo de calidad. Algo que me haga sentir orgullosa y que comparta con alegría y no me duelan las críticas.

Este verano, cuando intentaba retomar el horario rígido de todos los años: trabajar duro hasta las doce, luego niños, luego trabajo en la noche, encontré dos cosas. Una que al esperar un rato antes de sentarme a trabajar de pronto vi luces sobre dos proyectos literarios. Uno fue un camino para arreglar la novela que tengo en curso y otro fue una idea para un proyecto. Escribí todo el argumento en un cuaderno y me sentí la mujer más prolífica del mundo. Me di varios días para jugar con mis hijos, pasear con ellos, leerles cuentos y tomarme las cosas con más calma. Me dio tiempo para pensar sobre nuestra calidad de vida y lo que les estoy ofreciendo como país. Suena lindo, pero no fue fácil. Nunca lo es. Y menos cuando te enfrentas a tantas decisiones complejas.


Me di cuenta que empecé a ser mejor mamá. Y este es un tema en el que me tengo que detener, porque no sé si le pasa a todo el mundo, pero la verdad es que me encuentro muchos días diciéndome “hoy tengo que ser mejor mamá”.

Vi a un psicólogo infantil que me dio unos tips para manejar a mi Pitoquita y sus temas y me decía “cuando digas tal cosa no pongas cara de rabia”. Y yo lo anoté, como quien anota, tómese dos ibuprofenos si hay dolor y aplique hielo tres veces al día. Luego me quedé pensando, eso se dice muy fácil, pero la verdad, cuando se te desborda el agua de la pasta sobre la hornilla, suena el teléfono porque te están esperando en casa de tu mamá, hay un cumpleaños al que no vas a llegar, no tienes nada en la nevera para la lonchera del día siguiente, los niños pelean y el papá mientras los baña no encuentra las pijamas porque estabas organizando los uniformes y no las sacaste, encima te acuerdas que son las siete de la noche y no has leído y el círculo de lectura es en quince días, te preguntas qué habrá pasado con esa propuesta que mandaste y que si te vieran te dirían, amiga usted es muy talentosa pero es que se le va a pegar esa pasta, le vamos a da la oportunidad a una escritora que o no tenga hijos o haga mejor las cosas: ustedes me dirán, ¿es posible no poner cara de rabia?

Esta es la parte donde alguien dice organízate. Sí. Es verdad. Yo no podría ser la asistente de Bill Gates y si les mando el CV para que me contraten de secretaria, díganme que no. Claro que me pueden mandar para su departamento creativo, allí les haría los millones. Sin embargo, trato de ser lo más organizada que puedo. Dentro de lo que mi naturaleza me permite. Soy una tipa dispersa y soñadora y trato de usar eso como esfuerzo poético, para crear obras que les lleguen pronto, pero no por el atore de publicar algo para probarle nada al mundo. Cosa que me pasa con la maternidad. Aquí va: A VECES SIENTO QUE TENGO QUE PROBAR QUÉ TAN BUENA MAMÁ SOY.

Lo siente uno ante la familia cuando un niño grita, o no saluda, o no dice lo que los demás esperan, o se hace pipí encima y alguien te dice, “ay pero tiene tres años, el primo Pedrito, ¿sabes? A los ocho meses se limpiaba sólo y nunca dejó la poceta sin bajar”. Y tú ahí. Haciendo de interiores sucios corazón, pensando en el titular de periódico “Hombre de 30 años aún usa pañales por culpa de madre incapaz”. Vas a salir en Oprah finalmente, pero no cómo tú pensabas.

Empieza el colegio. Están los bultos perfectos, los peinados simétricos, la mamá que siempre tiene todo al pelo. Llega a la hora exacta y la tipa tiene delineador en los ojos, perfume y tacones y tú dices, “¡Coño! No me peiné!”. Esa mamá te pregunta en qué actividades vas a poner a tus hijos este año y cuando le vas a decir que te estás tomando un tiempo para buscarlas porque quieres ver cómo arranca y cuáles son sus intereses, ella ya te ha dicho ballet, gimnasia, violín, francés, arte, cocina, creatividad y soporte escolar para la escritura. Y tú allí. Con el bulto en la mano, pensando que tu hija no quiere hacer ballet, y que allí habrá otro titular: “Pudo ser CEO de Apple pero no lo logró porque madre no la llevó a ballet”. No me pregunten cómo una cosa tiene que ver con la otra, el tema es que cuando eres mamá así lo sientes, y así te lo hacen sentir.

No soy la mamá que peina perfecto. Soy la mamá que de milagro peina. No soy la mamá que pinta, o sí soy, pero soy la mamá que pinta por fuera de la raya, haciendo un desastre y riéndose porque la mesa de la terraza tiene una mano azul marcada. No soy la mamá que cocina saludable y exótico. Ok, no es que les doy papas fritas todos los días, es algo más como una vez a la semana o cada diez días. Doy dulces. Sí. No doy deditos de manzana horneada con sonrisitas de canela, ni tengo la receta del pollo salvaje a la quinua crujiente. Mis hijos comen pasta, comen mucho brócoli, zanahoria, pero comen chocolate – de hecho pan con chocolate es mi arma secreta para sacarlos de la cama los lunes-. Soy la mamá que necesita un papá que le recuerde el antibiótico. No. No soy la mamá a la que le sirve el recordatorio del teléfono. No soy la mamá toda sonrisas todo el tiempo. Sí tengo una sonrisota, pero también tengo dientes y muerden. Y mis hijos lo saben. Tal vez soy una mamá que es una onda expansiva y hago lo posible por no llevarme a mis hijos por delante. Es más quiero que ellos también sean expansivos y que se expandan mucho más que yo. Pero sé que todo tiene sus implicaciones.

Soy una mamá que dice que no. Me ha pasado varias veces que le digo a mis hijos que ¡No! y alguien me dice, pero no le digas que no. Lo siento. Yo creo que uno tiene que aprender a escuchar la palabra NO. Hay cosas en la vida que son NO. Y punto. Sin demasiadas explicaciones. Es verdad a un niño de dos y medio o tres años le cuesta todavía, o no es tanto lo que le cuesta, es el tema de la oposición. Allí viene el tema más duro de la maternidad, es una lucha de resistencia. ¿Cuánto tiempo vas a decir que no y cuánto tiempo va a tratar él de llevarte la contraria?

Yo sólo quiero que aprenda a que cuando su mamá le dice NO, es algo que se acata y se acostumbre. A veces es NO. Porque el día que lo deje la novia, o no le den un trabajo, o no saque la nota que esperaba, o no le den el papel en el acto del colegio, estará más preparado para enfrentar la frustración. No. No soy de esas mamás que esperan que todo sea lindo, que siempre ganen, que en el colegio la maestra sólo tenga ojos para él, que el mundo se le abra, que si saca mala nota es porque el colegio es una basura, la maestra es bruta y es que es un genio no apreciado en su tiempo.

El mundo está muy duro, y sí soy la mamá que se preocupa por cómo van a competir, cómo van a surgir, de dónde voy a sacar las herramientas para darles los valores necesarios para que no se derrumben. De dónde voy a sacar la espiritualidad equilibrada que quiero para ellos. Nada de culpas, ni perdones excesivos. Más bien compasión, caridad, honestidad, tolerancia, respeto, fe, pero sin sentarse a esperar que Dios resuelva. No. A Dios rogando y con el mazo dando y eso va también en plan pensar en los demás, dar a los más necesitados, no sólo cosas materiales, sino tiempo. Sí. Soy esa mamá.

A veces grito. Trato de controlar los gritos, porque sé que no son buenos. Y pido disculpas a mis vecinos, soy una persona que habla duro, para lo bueno y lo malo.

Soy una mamá que le gusta tener sus actividades. Salir con mis amigas. Tomarme un vino. Ver una película. Soy la mamá que dice, a partir de esta hora es el tiempo de los adultos. Punto. Ustedes a dormir o a su cuarto. No creo que puedan ni deban estar encima de uno todo el día. Y al contrario, creo que la independencia es importante. Soy una mamá que le gusta prestar sus zapatos, pero no todos, soy una mamá que no le gusta que le agarren cierto maquillaje. Soy una mamá que no hace ejercicio. Soy una mamá que no tiene tanta paciencia para sentarse a hacer tareas, y me he dado cuenta, y bueno, llamen a todo un cuerpo de psicólogos, que no soy la más indicada para hacer las tareas con mi hija, porque la vuelvo loca, ella a mí y le va mejor con un tercero. 

Soy una mamá que conoce sus debilidades. Pero a veces siento que no voy a lograr mi meta de crianza porque el mundo te da tanto palo y te hace sentir que el amor no es suficiente, que el rol de mamá es uno solo, que tienes que ser de una manera, decir sólo ciertas cosas y actuar “como una mamá” y no como tú eres.

A veces me pregunto, si nuestros padres se alimentaron con toda esta paja, o simplemente fueron ellos mismos. Y allí está la respuesta. Mis padres no fueron perfectos y como todo el mundo tengo mi dosis de pesadilla Freudiana. Pero a mí jamás me faltó amor, ni me falta. Ni me falta apoyo. Ni comprensión. Es más, amo estar con mi familia. Y si algo hicieron bien mis papás, fue crear un ambiente en que nos divertimos juntos.

Así que yo misma me respondo mis inquietudes. Ya amanece, me tomo otra taza de café y  me dispongo a vestirme para comenzar a hacer el desayuno y preparar lo que vamos a llevar el colegio. Tal vez la mejor lección para los hijos es ser uno mismo. Con sus virtudes y defectos. Sin tratar de jugar al psicólogo improvisado. El amor por encima de todo.  Yo creo que quererse a uno mismo, sin caer en el egoísmo, es la mejor lección que les podemos dar.


Y para que vean que hay cosas que uno no cambia, voy a averiguar dónde y cuándo hay clases de ballet. Quien sabe, a lo mejor un día escribo un post desde el New York City Ballet. Sí. Soy esa mamá. La que tal vez no lo logra, pero intenta.

5 comentarios:

Ora dijo...

¡Bravo, mamá!

Lic. Nólides Bello dijo...

Me encantó tu sinceridad, lo más importante es que eres una mamá presente y coherente. La verdad que ser es mamá es agotador, sobre todo si te tocan difíciles, yo tengo dos y la chiquita me sacó canas desde que nació, apenas tiene 6, así que mi historia con ella apenas comienza pero promete, eso es lo que me da energía para no claudicar.
Saludos....

Manuela Zarate dijo...

Gracias niños! Se les quiere mucho!

Jennifer Avila dijo...

Elocuente tú, as usual... Leyéndote recordé a una afamada psicóloga chilena, Pilar Sordo, en una participación estupenda con la animadora argentina Susana Giménez en el foro "Mujeres con Pasión", ustedes convergen en varios puntos. Es genial escucharla, te comparto un fragmento, luego me cuentas. Feliz día!
https://www.youtube.com/watch?v=ZW1DLhkIlKg

@LeonaCaraquista dijo...

Excelente post!!!! ahorita es que lo leo y me lo habian mandado por email hace dias.
Algop que NADIE te dice sobre la maternidad es el sentimiento de culpa tan horrible que genera. Hay sentimiento de culpa por todo, por ser mala madrte, por no ocuparte mas, por querer trabajar y desarrollarte y quitarle tiempo a ellos, porque te saliste con tus amigas y al dia sigueinte te levantaste tarde (enratonada) y llegaron al colegio muy tarde, o no los llevaste...
En fin...
Lo bueno por lo menos en mi caso es que ya estan mas grandes y ya no le paro a la culpa... Hago lo mejor que puedo hacer con las herramientas que tengo, soy la unica mama que tienen y es la que les toco!
y que alguien venga a decirme o criticarme por ser mala madre para que veas como sale la leona a rugir!!!
Jeje.
Besos.