miércoles, 5 de noviembre de 2014

Esto llegó para que aprendiéramos

La imagen que habla sobre alguien que entendió que no sólo era jugar política. Era jugarse la democracia. Jugarse el país. Jugarse el futuro de la gente. La calidad de hombres que necesitamos. 

En estos días comentando la tragedia cotidiana que se ha vuelto este país y la necesidad imperiosa que tenemos de desahogarnos cada vez que nos encontramos con alguien, me di cuenta que entre los muchos consuelos que buscamos está el de “esto tenía que llegar para que aprendiéramos”. Tiendo, o al menos lo hacía, a estar de acuerdo con esa frase, y la verdad sería un poco arrogante no estarlo, pues siempre hay algo que aprender, por más versados e inteligentes que seamos. A veces pienso que el diablo no es más sabio por viejo que por diablo, sino porque deja un espacio de humildad para dudar de sí mismo y aprender de errores y buscar nuevas fuentes de aprendizaje y sabiduría. Escucha. Observa. Incluso medita y calcula antes de actuar. Esta actitud me lleva al venezolano, porque cargamos esta desgracia como nuestra cruz, como nuestro castigo divino, con un sentido de culpabilidad propio del extremismo religioso. Ni siquiera la voluntad de Dios o la generación desafortunada, no, nos denominamos merecedores de la desagracia como resultado del pobre pueblo que fuimos, que nos dejó hechos un pobre pueblo.

Luego repaso lo poco que sé de nuestra historia y lo poco que he recorrido este país. Las clases que he dado en lugares remotos, la gente que he conocido, las historias que me han contado, tanto las que han llegado de boca en boca, como las que fueron contadas en primera persona y las que han llegado por distintas vías. La verdad, tenemos la autoestima demasiado baja para lo que somos. Cuesta creerlo, porque nos han convencido que somos lo más bajo del escalafón humano, porque nos convencieron de que no tenemos talento, ni inteligencia y lo que es peor, que no teníamos recursos. Nos convertimos en una nación que víctima de un populismo que acabó con la voluntad ciudadana desde mucho antes de Chávez, a través de un populismo atroz que sólo sirvió para jugar a la política y dilapidar recursos. Y todo desembocó en la entrada de una dictadura en la que cedimos el poder político porque pensamos que el ciudadano no contaba para nada.

Cuando nos planteamos haber aprendido creo que en general hablamos de una madurez política que tiene que ver con la forma de manejar nuestras instituciones, los valores democráticos y humanos necesarios para llevar a un país hacia un futuro mejor. Si bien es cierto que los valores ciudadanos son fundamentales, yo creo que  la mayoría de los venezolanos no sólo ha aprendido mucho más de lo que parece a simple vista y en las planas de los periódicos, sino que además lo ha demostrado en varias oportunidades, cuando las ha tenido. Es más bien la clase política la que nos ha defraudado, y he ahí el problema. No hemos aprendido. O mejor dicho, no han aprendido nada.

Sin duda  el valor fundamental de una democracia es la libertad de derechos. En cuanto al de opinión puede que sea el más importante. El que puede y quiere que haga uso de su derecho, lo cual, como ciudadana celebro, aunque muchas veces no esté de acuerdo y de hecho, en franco desacuerdo. A veces duele y molesta, pero la realidad es que para que una sociedad sea libre todos tienen que expresarse y la madurez está en saber tolerar, a veces callado, la opinión del otro. Sin embargo, también uno tiene derecho de expresar la frustración, sobre todo al ver que son hombres de la vieja guardia que se expresan de un modo que denotan que aquello que los ciudadanos tanto esperamos y necesitamos, que es el país entero haya aprendido, no ha sucedido de ningún modo.

No creo que haya que pedirle a ningún político que no aspire, sea a ser alcalde o a ser presidente, a ver surgir su partido, a conseguir sus metas personales. Creo que es lo más ridículo del mundo pensar que en política habrá misioneros y mártires. Incluso puede llegar a ser hasta contraproducente. La política tiene que tener un retorno para quien la ejerce, como cualquier oficio. Eso sí, un retorno justo, medido, regulado por la democracia que cuando funciona bien es un sistema que se retroalimenta. Luego ve uno que el problema no es la democracia, sino quienes la fracturan al invocarla pero estan lejos de practicarla. En cuanto a Venezuela, podemos comportarnos como los mejores ciudadanos, sobrepasar con creces a los de las naciones más potentes y desarrolladas pero sin liderazgo inteligente y honesto no vamos a salir de este atolladero.

Puede que un ciudadano o un político de alto no rango no esté de acuerdo con las ideas y planteamientos de otro, incluso que sienta y hasta exprese que la persona no es de su agrado, pero a estas alturas debería entender que la solidaridad no impide el debate. Al contrario le otorga validez a quien ejerce el derecho de palabra y dota sus ideas de lucidez. Eso es justamente lo que necesita un país como éste, que no sólo necesita hombres y mujeres de valores, sino que necesita que apelen a ellos para la reconciliación. Porque sin reconciliación no habrá transición que funcione, por más que la rabia nos quiera convencer de lo contrario. Estos últimos días y ciertas acciones me han hecho pensar en la España de la transición a la democracia, y en la forma como Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo entre otros, dejaron pasar a quienes por derecho democrático les tocaba una voz y un derecho a existir en política, incluso sacrificando sus cargos y sus carreras, sin salirse del juego pero entendiendo que a veces, el juego político, si va a ser democrático, y plantea una real reconciliación es así de riesgoso, vengativo e ingrato.


El cambio que queremos es justamente ése. Un país nuevo, de líderes nuevos en todos los sectores, incluido el periodismo,  pero esa novedad no tiene nada que ver con el  nombre y apellido, tiene que ver con la actitud, los valores, la forma de actuar y de comportarse. No queremos mártires, ni caudillos, ni la salvación instantánea, o tal vez no se puede generalizar, porque algunos si la quieren, pero la mayoría lo que añora es el derecho a aspirar a una vida mejor y que no todo dependa de cómo juegan los que todavía creen que esto es Parque Jurásico y que la gente es tonta y nadie aprendió nada. Necesitamos en todos los sectores gente con principios e ideas claras, con voluntad de reconciliación y reconocimiento de la verdadera tolerancia, que no significa ignorar –en el mejor de los casos- a los que piensan distinto, o patearlos sutilmente, y admirar cual Narciso la idea propia en un grupo cerrado, pensando que si de diez personas para arriba te dan la razón, será que uno la tiene. Lo que buscan los ciudadanos es liderazgo que haya aprendido. Si bien es cierto que necesitamos a los jóvenes que vienen surgiendo, también es clave que la vieja guardia entienda eso de que el diablo, observa, escucha y toma nota, que lo que la gente quiere no le pasa desapercibido. Es decir que si hasta el diablo ha aprendido algo aquí esperemos que el resto de quienes tienen  tanta responsabilidad también lo hagan.