lunes, 17 de noviembre de 2014

Feria de la lectura



Me gusta ir a la feria de la lectura y he ido a casi todas las ediciones. Siempre compro un libro aunque ese no sea el objetivo. Simplemente me gusta respirar ese ambiente, leer una contraportada y escuchar a alguien pedirle un consejo a un vendedor que no tiene idea y meterme donde nadie me ha llamado, ganándome a veces una mirada de complicidad y otras una mirada de desprecio y una invitación silente a salir del stand.  A veces me siento en un banco en la plaza a ver pasar gente, a comer helado, a ojear lo que acabo de comprar o pensar qué vale más la pena comprar porque todo realmente no se puede. A medida que ha ido pasando el tiempo el esfuerzo que hacen libreros y editores para estar allí es cada vez más grande y la oferta es cada vez más pequeña. No puedo sino admirar la entereza de quienes siguen allí, esperando a la gente, recomendando libros, intentando vender no necesariamente lo que quieren, sino lo que pueden. Es la cultura lo que fomenta nuestra vida interior, y es la vida interior lo que mantiene a los hombres en pie en momentos turbulentos, y la lectura es su principal alimento. Sin cultura estamos perdidos, así que el esfuerzo de acercar a la gente a los libros es loable y necesario. Yo lo agradezco y lo admiro. 

En todo el medio de la plaza hay varias manifestaciones en contra del gobierno. En una están las fotos de los heridos en las protestas. Hay citas de hombres como Martin Luther King. Algunas fotos son tan fuertes que no las puedo mirar. Una señora mayor con la cabeza llena de sangre, un muchacho con la mejilla desfigurada. Luego están los fallecidos, sus nombres, sus fotos, en una especie de cementerio improvisado. No dejo pensar que hay algo cruelmente poético en todo esto. En la relación que tiene la literatura con todas esas manifestaciones. En que el arte lo grita de una forma y el imaginario colectivo de otra. Pienso en las necesidades que tiene la gente. El calor me aprieta, pienso en febrero, pienso en cómo corrimos la última vez que estuvimos allí, lo que dijimos, lo que pensamos, lo que sabíamos que iba a pasar y lo lejos que estaba lo que esperábamos. 

Mis hijos me piden un helado y yo miro la foto de Génesis Carmona y pienso que ella no va a ir a ningún festival como ese nunca más, que no puede comer helado, que jamás imaginó que iba a dar la vida. Me invade una impotencia, una tristeza, un dolor inmenso. Me siento sola y mínima. Me pregunto ¿por qué no se ha parado el mundo después de esto? ¿Quiénes somos? Y la verdad, no sé de las herramientas políticas, pero cómo seres humanos, ¿cómo vamos a manejar esto? ¿Quiénes vamos a ser? 

Me imagino algún día contándole a mis hijos lo extraño de estar en una feria de lectura a punto de comprar un helado en el país más violento de Latinoamérica. Y cómo pensé que era el momento de escribir un poema, una virgen al pie del obelisco, un rosario amarillo, azul y rojo de enormes proporciones. Los símbolos conviviendo con la muerte, la desesperanza, la imperante necesidad de memoria, la dosis de olvido, la búsqueda de Fe. País que se declara sediento de héroes y no termina de darse cuenta que hay por montones. A pocos metros hay copias de La Odisea, de la Iliada, viajes y héroes, nuestro dilema explicado en historias recogidas de un cuento y el no comprenderlo, lo confundidos que estamos la verdadera razón de lo que falló. Lo que no cultivamos: nosotros mismos. 
Sin embargo es demasiado complejo intentar buscarle una razón y sentido a todo lo que nos pasa. Tal vez por eso tantos queremos escapar. No es tanto un tema de irse del país, es escapar a una zona del alma en la que aparezca algo de belleza, algo que admirar, algo que nos inspire y nos motive. 

Pienso en ese dicho de Séneca, ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya. Antes de irme consigo un libro que he estado buscando desde hace tiempo, se llama Cómo ser un explorador del mundo, museo de vida portátil de Keri Smith. A veces siento que estoy en un campo hostil e inaccesible. La libertad parece una moneda devaluada, algo que se fue al suelo, un espejismo. Somos libres, pero no vamos a ir a ningún lado. No podemos. O sí podemos, pero el precio es demasiado alto, y no me refiero al costo de los pasajes aéreos, es el costo de los principios. Y la triste realidad de que nuestras almas están tan abatidas que el diablo no está interesado en comprarlas. Vuelvo a ver el título, navego el cuento que acabo de terminar de leer, la redención de Shawshank, esa parte del alma que nadie puede tocar. La esperanza. La libertad. Es mentira que se nace libre. Se nace en blanco y todo se hace después.  

Tal vez esta no sea la feria que más libros tiene. Tal vez si la comparas con Buenos Aires, Madrid, Bogotá, Guadalajara…tal vez, quieras sentarte en la fuente a llorar. Y eso puede servir un rato, pero el llanto como la tormenta se pasa. Tal vez al ver las fotos del horror, nos invada la rabia y nos quedemos paralizados o más bien contribuyamos un poco a la destrucción, o al silencio, o a evadir la realidad, aunque tengamos las mejores intenciones. Tal vez consigamos un tesoro en algún stand. Tal vez no pensemos demasiado y mirando la gente pasar encontremos a un amigo que teníamos tiempo sin ver. Tal vez no quede otro remedio sino probar un poco de todo y asumir que en la vida hay que saber manejarlo todo, que hay que saber mirar al frente, a los lados, pero sobre todo hay que mirar atrás para mantener vivo algo que no se puede definir muy bien. Tal vez las verdad está en algún lugar que no se hace accesible hasta que no has vivido lo suficiente, y quizás, sencillamente, en medio de todo esto sobrevive no quien termina de pie y con el corazón latiendo, sino quien aprende a ser libre.   

Y todo en esa plaza es tan simbólico, las banderas que conviven con el horror, con la esperanza, con la fe, con el esfuerzo por seguir luchando y salir adelante.