martes, 4 de noviembre de 2014

No es el tamaño de la piñata lo que importa



A veces pienso que la forma de criar a los niños ha tomado un rumbo hacia un materialismo exacerbado, ridículo, casi ofensivo, no sólo en el país que vivimos, sino el mundo en general.

Desde que mis hijos iban a nacer comenzó esta locura del gasto, del show, desde el regalo en la clínica hasta las piñatas. He hecho dos piñatas a mis hijos. En un momento me sentí entre pichirre y fuera de moda. Me tomé un momento, revisé mi presupuesto y mi entusiasmo con las cosas y me puse a pensar que lo realmente importante son mis hijos y no lo que piensen los demás. Las decoraciones las pinté yo, la torta la decoré yo, los dulces los hizo mi mamá, las decoraciones de las mesas las puse con mi hermana y mi prima, la piñata la subía y la bajaba el papá de los niños, los que trataron de organizar la muchedumbre de niñitos erizados de chucherías fueron mis sobrinos, al final de la fiesta el regalo fue un individual de mapamundi que hice en un centro de impresión con la ayuda de un gran amigo ilustrador. Fue una merienda grande, fue un rato divertido, una tarde entre amigos. La idea fundamental de la piñata: celebrar el cumpleaños de mis hijos.

No me ha tocado ir todavía a una de esas piñatas apoteósicas, en las que te regalan batas y pantuflas, hay toboganes, garotas, caviar, sushi, puesto de masaje y un salón donde los papás ven fútbol en tres D tomando whisky 50 años. Y entonces, y lo siento si esto ofende porque sé que hay padres que les encanta, las niñas modelan en pasarlas porque…Bueno no se sabe mucho por qué. Yo como madre y educadora sé más bien por qué no. Y no es chiste, es un gran mal de la sociedad y creo que a futuro hace un gran daño, y no es algo tan inofensivo como parece. Cuando hay piñatas así llevo a mi hija más tarde, en realidad a ella no le gusta (todavía) y yo se lo respeto y además con alivio. No quiero que sienta la presión, la absurda presión que he visto que ponen a los niños los adultos que los empujan a mostrarse cuando están más en edad de observar, explorar y soñar, que en resguardarse en un vestido para que el mundo lo vea. En realidad, para lo que podíamos llamar los estándares de algunas historias que he escuchado, como la famosa piñata en que el regalo de salida fue un iPod,  me ha tocado suave (yo les aviso si a un hijo mío le dan un iPod de regalo de salida, yo con mucha gratitud lo devuelvo. Me imagino que para ganarme el desprecio eterno de mucha gente. Pero así es la vida). Eso que ahora llamamos suave era el apoteósico de hace veinte o treinta años.

Lo mismo sucede con los regalos que hay que dar. Se podrán imaginar que yo regalo cuentos más que juguetes, entre otras cosas por su costo, busco cosas que me parezcan útiles. Se puede ser generoso e inteligente. Pero a veces pareciera que la generosidad no es suficiente. Hoy en día un cuento para niños puede ser bastante costoso. Yo lo veo como una joya, pero reconozco que a veces veo las otras cajas de regalos y me pregunto cómo nos verán los otros padres. Si bien uno no quiere quedar mal y tener un gesto, a veces pareciera que el gesto se nos va de las manos o debe irse o compararse. A mí me educaron a apreciar cualquier regalo porque uno nunca sabe cuánto le costó a otra persona. Hoy en día pareciera que más que un gesto hay que probar algo con el regalo. Entonces viene además esta especie de creencia, que no sé de dónde salió, que los niños tienen que saborear la imagen de sopotocientos regalos enormes, para que luego muchas mamás digan que no saben qué hacer con ellos, que los donan, los esconden, los reciclan. Me pregunto, pero, si somos nosotras las que regalamos, entonces ¿qué estamos haciendo?
Ya a finales de 2014, con un país más que en crisis, un país que se desmorona, no sólo en lo económico sino en lo moral, mientras me agarro la cabeza y me pregunto cómo voy a educar a un hombre y una mujer honestos, de principios, trabajadores, luchadores, emprendedores, arraigados en sus valores antes que nada, me doy cuenta que para muchos padres este tema de la piñata es un problema. La realidad es que todos tenemos que ajustarnos, que los presupuestos cambian, que la inflación nos come, que hay que cuidar la economía, pero también la educación. Si queremos proteger a nuestros hijos y no teñir estos años de estrés y miedo, lo cierto es que esto forma parte de su entorno. Es su realidad: un país quebrado. No hay que leerles artículos de opinión y obligarlos a escuchar a César Miguel Rondón, pero si hacerles ver qué es lo importante, de acuerdo a la edad. Además, hay algo que es una verdad como una catedral, nadie necesita piñatas apoteósicas para una infancia feliz, y en un país como este deberíamos empezar a criar niños conscientes de cierta austeridad. No hay que irse al extremo y no poner torta o no encargarla o persignarse si uno ve unos entretenedores o un carrito de perros calientes y un colchón inflable, pero si una medida, un equilibrio, tanto en cómo hacemos la piñata, como en lo que regalamos. Que entiendan el esfuerzo, el trabajo, que aprecien lo que los padres hacen y no que lluevan maravillas y castillos como si esa fuese nuestra única responsabilidad y tarea.  

Creo que como padres tenemos que unirnos en este esfuerzo. Volver a las bases. Rescatar lo que realmente importa. Un niño no necesita decenas de juguetes enormes para estar contento, ni tantas atracciones, necesita sus padres, sus amigos, el aire libre, cariño, estabilidad, apoyo, nuestro esfuerzo para sonreír, y darles confianza en sí mismos, más que el estrés de si la torta es la más bella o la más brillante, o la más grande. Al final en esta crisis, sin entrar en la histeria hay grandes lecciones para estas generaciones, me pregunto si vamos a enseñar lo correcto o si vamos a seguir creyendo que somos el país rico que no somos. Me pregunto si vamos a seguir más preocupados por derrochar con la idea de que mientras más lujo las cosas son mejores, o si finalmente vamos a entender que es en otro nivel dónde está el verdadero valor de las cosas.


El reto es grande. La preocupación de muchos padres es enorme, porque la crisis se nos monta encima y hacemos agua por todos lados. A veces uno piensa que todo depende de los políticos, pero como sociedad tenemos mucho en nuestras manos, sobre todo cuando nuestra responsabilidad es levantar los ciudadanos del futuro. En este caso me digo que el tema es pensar qué tipo de gente quiero que sean mis hijos, qué tengo que darles y hacer para llegar allí y en cuanto a la diversión y el placer, qué es lo que realmente importa y qué puedo darles. La pregunta al final es si la piñata, el regalo, ¿es para el niño o es para uno? ¿Es para demostrarle al  mundo cuánto gastas? Para mí la respuesta a la segunda pregunta es: esa justamente la Venezuela que quedó en quiebra moral y económica. Justamente lo opuesto a lo que busco como madre. Creo que los padres tenemos que unirnos en esta. La unidad política es crucial, pero la de la sociedad es hasta más importante.

En la piñata, como en tantas otra cosas en la vida, el tamaño no es lo que importa, es su contenido, su motivo, su valor intrínseco. El esfuerzo y la dedicación. Al final, como en todo lo referente a la familia y la educación lo que importa son los valores, el resto es desechable. 

4 comentarios:

Ira Vergani dijo...

Es que hemos perdido la perspectiva y se nos ha olvidado la verdadera razón de la celebración. Este fue nuestro primer cumpleaños de JG en Canadá y fue increíble y muy relajante ver las diferencias. Aquí el enfoque es el disfrute de los niños, se trata de algo corto pero de calidad con los mejores amigos de tu chamo. Sí, puedes hacer las cosas bonitas (bonitas y no tirar la casa por la ventana y hasta endeudarte como pasa en Caracas) si quieres, si tu presupuesto y tus habilidades te lo permiten, pero nadie lo espera ni te juzga si no lo haces. Como hacer estas cosas y meterme en la cocina es una de mis pasatiempos favoritos le hice algo con mucho amor y bastaron solo algunos detalles para que el party room quedara lindo, un cotillón sencillito con unas pocas chuches y jugueticos comprandos en Dollar Tree y esos chamos se fueron encantados, felices y algunos hasta dijeron que era la mejor fiesta de su vida. Para mi, lo más importante fue ver a mi hijo feliz, gozando con sus amigos, sintiendo que su cumple es un día especial. En Caracas se nos olvida lo verdaderamente importante, estamos tan montados en esa ola que a veces ni cuenta nos damos de que se nos va la mano. Un abrazo amiga querida.

Doña Mar dijo...

Muy acertado tu escrito. Muchos sentimos lo mismo. Las fiestas son competencia de adultos. Los niños son tan felices con tan poco! Ojalá que la crisis y la inflación hagan que reflexionemos al respecto. Saludos

Ana María Velázquez dijo...

Es clave eso de acostumbrar a los niños a que estamos pasando momentos de crisis, que no se puede exigir tanto, ni esperar tanto tampoco. Tienen que crecer con cierto criterio del tiempo que les tocó vivir.
Yo me quedé asombrada de los desfiles de niñas. Eso no es correcto, no me gusta que esté pasando, ni tampoco los padres viendo televisión y tomando whiskey, qué es eso? Se enseña con el ejemplo, aunque reconozco que eso del whiskey como que es un clásico

Rosario dijo...

Soy una mujer de 38 que recuerda una niñez feliz con cumpleaños de apartamento, con primos y vecinos, torta, colita y los regalos que recibía de mis tias. Fui una adolescente que celebró cada cumpleaños en el mismo apartamento repleto hasta las metras. Creo que había austeridad, muchas li mitaciones materiales... pero goce un puyero!!! Si no soy capaz de transmitir eso a mi hija, justo ahora, cuando hace falta, no sólo no podrá saborear la bonanza cuando le toque sino que no podra encontrar la felicidad en lo esencial. Asi que me dispongo a una navidad hermosa, ajustada económicamente con más cariño y menos vanidad. Hermoso post, y muy necesario