jueves, 13 de noviembre de 2014

Sobre Anatomía de un instante de Javier Cercas: "La concordia fue posible"


A veces sentimos que la comprensión histórica es algo intrínseco a nuestra ciudadanía. Pertenecemos a un país turbulento, a un tiempo de cambios a través de la violencia, de discordia e incertidumbre y tal vez pensamos que sólo por el hecho de estar, ser testigos y hasta partícipes la comprensión histórica es automática. Pero la comprensión histórica se ejerce. Debe nutrirse a través de la formación y de la reflexión. Esa capacidad de comprensión es la que separa los grandes hombres del resto, y es pertinente tanto a una ciudadanía entera como a sus líderes políticos. Eso es algo que saqué de mi lectura de Anatomía de un Instante de Javier Cercas.

En este libro, el cual el autor cataloga de novela, hace una disección del momento en que el Teniente Coronel Tejero irrumpe el 23 de febrero de 1981 en el congreso español, a fin de dar un golpe de estado al gobierno de Adolfo Suarez, que estaba por dimitir a favor de Calvo Sotelo. Luego va retratando a los personajes, comenzando por Adolfo Suárez, el general Gutierrez Mellado, su vice presidente al momento del golpe, otro artífice de la democracia que renunció a un prestigio cultivado durante el franquismo a favor de la transición y Santiago Carrillo, el que terminó de perderlo todo por salvar algo como líder del Partido Comunista Español. Narra cercas los golpes de la política en comparación con los golpes de la historia y los golpes humanos, aunque esos últimos nos queda escribirlos a nosotros como lectores. 

Los votos por el presidente de gobierno se cambian por las balas de los agentes de la Guardia Civil, que junto a dos altos miembros de un ejército aún franquista, que se negaban a ver el deterioro del poder de una monarquía ejercida por Juan Carlos I que se suponía debía ser la continuación de Franco con una corona. Se negaban ante la inminencia de una apertura del estado y el gobierno del país a un sistema democrático en el que el peso del poder sería repartido entre diversos poderes en algunos casos a través de las elecciones directas, y el debilitamiento de un ejército que había pasado 40 años fortaleciéndose, y sobre todo la legalización de un partido que tanta gente había muerto por hacer desaparecer: El Partido Comunista Español. Entonces deciden poner en marcha un golpe (uno de tantos que no llegaron a ejecutarse, o al menos no llegaron tan lejos, o no llegaron a las balas) para frenar la transición democrática y restaurar el franquismo.

Buscaban los golpistas probarle al mundo que Adolfo Suárez se había equivocado al legalizar el partido comunista. Que la amenaza seguía viva. Que izquierda y derecha no podían convivir, que era o una o la otra, pero que España no estaba hecha para diálogos, ni compromisos, ni puntos medios y que nadie podía olvidar el pasado sangriento en el que se había impuesto una visón sobre la otra, porque con su carga de muerte a cuestas, ambos lados habían acordado luchar hasta la muerte para que al final tanto la victoria como la derrota fueran eternas. ¿Olvidó la gente la guerra? ¿Por qué no se impartió justicia a secas al llegar la democracia? ¿Qué es justicia? ¿Qué significa? ¿Cómo se ejerce más allá de las magistraturas y la interpretación estricta de las leyes? ¿Qué es justicia social? Pero sobre todo, ¿De qué le sirve la justicia a la historia sino le puede servir a los pueblos? Como verán es un montón de preguntas las que deja esta libro, lo que le da su importancia como texto. Preguntas que no caben sólo dentro de España.

No sé por qué Cercas lo cataloga como novela. Tal vez, como comentábamos en el círculo de lectura, es para deslastrarse de las quejas de los historiadores por la inexactitud que en sus más de cuatrocientas páginas pueda tener sobre un hecho que seguramente demandaría muchas más. También sea quizás para darse más libertad a la hora de rellenar las lagunas históricas e intentar responder las preguntas que tal vez no tengan respuesta. O quizás, sea para verse a sí mismo como un personaje más, un narrador que quisiera por algunos momentos ser omnisciente y meterse en la piel de algunas de las personas que querían reventar ese proceso tan doloroso y necesario de libertad, y con los que a pesar de las diferencias ideológicas que pudieran separarlo de él, Javier Cercas, como español y periodista, fueron los grandes hombres que entramaron la democracia. En todo caso, si algún día logro conocer a Javier Cercas mi primera pregunta será: Dime ¿por qué llamarlo una novela? Eso sí, no me des la respuesta que le darías al corresponsal de cultura de El País.


A través de sus páginas Javier Cercas, quien no esconde su antipatía inicial con Adolfo Suarez termina por reconocer su valor como hombre que no sólo fue un político brillante, sino que supo comprender la historia, lo que esta demandaba de ella y cuál era su rol en el momento tan delicado que vivía España, lo que no estaba divorciado de sus ambiciones personales. Quizás aquí Cercas rescata algo que a veces nos fastidia creer, que el político que tiene aspiraciones y ambiciones es malo y que sólo el mártir es bueno. Tal vez por estar creyendo en esas figuras de redentores desinteresados es que se termina eligiendo al menos preparado, porque es un actor, pero un actor sin estrategia. En cambio Adolfo Suárez, si bien tenía un carisma que pocos hombres han compartido en la historia, lo usó para alcanzar un objetivo que tenía tanto de personal como de histórico. Una democracia no la teje alguien que se quiere inmolar, sino alguien que busca también un poco de gloria junto al resto de la gente que trata de ayudar.

El libro a través de sus partes va analizando la transmisión que hiciera la cámara de TVE que registró la toma del hemiciclo. Las reacciones de los diputados, desde el incólume Adolfo Suarez y los hombres que permanecieron firmes junto a él durante la amenaza a su vida,  y los que se tiraron al suelo. Usa las imágenes para ir retratando a los personajes que influyeron en la placenta del golpe, hasta su fracaso. En sí, como narrador, es una estrategia de brillante utilizada para construir personajes históricos a través de un solo hecho, o mejor dicho de su gesto frente a un momento cumbre de la historia. Lo que lo deja a uno pensando en la importancia del carácter a la hora de enfrentarse a las exigencias de la historia, y algo que al igual que en su obra Soldados de Salamina Cercas logra que nos preguntemos ¿Quiénes son realmente los héroes de la historia? ¿Cómo se hacen? ¿Qué hace falta para ser un héroe?

El tema del heroísmo se siente presente al principio de la novela, ya al final, estamos viendo más bien los hombres y los recovecos de las motivaciones más humanas. Nos vamos dando cuenta de una verdad que quizás resulte muy chocante en esta era de democracia participativa y fuerza ciudadana, es que al final, el destino de las millones de personas que conforman un país depende de la lucidez, la ambición, la visión, de unas cuantas personas. Lo que es más, depende de casualidades, mal entendidos, una palabra mal dicha, una cita no concertada o el desencuentro de dos personas que por motivos ajenos a la historia se alejaron o más bien se dispusieron a mirar más allá de su resentimiento y se dispusieron a la concordia.

Este libro me dejó un sabor extraño. Por un lado volver a confirmar que a través de la historia de otros países uno entiende mejor la suya. Y no es un tema de tomar hechos históricos de otro tiempo y lugar como un espejo, sino de tratar de entender el alma de los hombres, de los políticos, de los militares, de los ciudadanos y la forma en que se manejan las dictaduras, las democracias, el patriotismo, el miedo. Quizás por otro la conclusión, mi triste conclusión, es lo inútil que es todo. Las vidas que se pierden, que se marcan, las oportunidades que no vuelven, lo que uno espera que la humanidad hubiese podido aprender de cada una de las situaciones violentas, convulsas, en las que una forma de pensamiento o una sola persona pasa por encima de millones, las aplasta, las doblega, las destruye y las marca por generaciones por razones que a veces son tan personales y nimias que la razón no da para comprender. Entiende uno junto a Cercas que las revoluciones y las guerras y los golpes de estado en los que se fuerza a quitar a unas personas para poner otras al final no resuelven nada y sólo marcan, dividen y terminan inevitablemente por convertirse en lo mismo que juraron combatir por el bien común y otra cantidad de conceptos vagos que no son más que espejismos, cuando la realidad es que el bien tiene que comenzar por ser individual y ese bien empieza porque una persona viva sin depender del grado de miedo con que se puede enfrentar a su destino.

Dependemos de unos pocos. En este mundo de democracias en crisis, donde el autoritarismo parece asomarse en occidente como una especie de zombie, donde el bipartidismo se desprecia y se culpa a las instituciones democráticas de todos los males,  este libro nos deja ver que el problema no son las instituciones, ni las leyes, son los hombres que las componen. Al final la respuesta es tan sencilla que da asco: todo es cuestión de los valores y los principios. Y no tiene tanto que ver con la ambición o no, eso es necesario, los valores como comprensión histórica, con la humildad de entender que en política nada es eterno y que precisamente para perdurar, al menos en el recuerdo del poder, hay que planificar la retirada pensando no tanto en cuánto tiempo usar la silla de mando, sino qué se va a dejar cómo legado, la permanencia que no puede ser eterna. Nada que dependa de un sucesor lo es. 


Una sola crítica a Javier Cercas, en algún momento abusa de la repetición en su estilo literario. En Soldados de Salamina esto me pareció más cuidado, y creo que pude apreciar más su calidad literaria. Hubiera preferido más apego a otros elementos de la crónica histórica. Pero es una crítica mínima, en realidad es un gran contador de cuentos, un hombre brillante, maduro, que fue capaz de reconocer como izquierdista que juzgó mal a un hombre de la derecha, y que en esos errores los países se pueden llevar por delante procesos de cambio positivo y hundirse. Me hizo entender eso que Adolfo Suárez puso en su tumba: La concordia fue posible.