domingo, 23 de noviembre de 2014

Caraqueando Manet



Tengo años con un par de proyectos fotográficos en la mente relacionados con pintura y literatura. Pero debo decir, que entre otras cosas, alguien a quien no puedo nombrar pues he prometido anonimato, me ha insistido en que no aleje mi enfoque del trabajo de escribir que exige tanta dedicación y es mi meta principal. Sin embargo, a mediados de semana recibí un mensaje de Toto Aguerrevere, “vamos a recrear Le dejuner sur l´herbre” para Caraqueando. Debo reconocer que no conocía y todavía no conozco bien el proyecto Caraqueando. Es parte del problema, de vivir en una ciudad que cada vez se hace más inhóspita, en que conviven realidad y mito como si fueran lo mismo, en la que uno siente que tiene que hacerse de una cueva para sobrevivir, una especie de prehistoria urbanizada. Uno vive con su garrote, en su árbol, y sobre todo como madre todo el esfuerzo de va en hacer una burbuja y tratar de que no se reviente. Aguantas la respiración cuando la realidad te obliga a salir de ella, porque te sientes extra terrestre. Y sin darte cuenta te pierdes la vida a veces. Pierdes el enfoque y lo bueno te pasa por al lado. En la crisis también se construye, se nace, se renace, se sueña, se vuela. Es verdad que hemos visto el desfile de lo peor del ser humano en estos años, que hemos visto el error, la crueldad y la indolencia. Sí. Yo todavía me levanto y me digo que lo más inteligente es escapar. Pero también miro por la ventana y el cielo de Caracas me convence que aquí es donde tengo que estar. Es verdad que hay solidaridad, ganas, deseos, trabajo, empuje, que todavía hay gente que ama y cree en este país, hasta la locura. La locura de quedarse o al contrario, la gran cantidad de razones. 

De Toto, de Charles, de Nina, de Emiliana recibí esa sensación de camaradería. De vuelta a la Tierra. Una especie de llamado. Sal de la burbuja que todavía hay aire, un poco contaminado, cierto, pero hay aire. Debo decir que la experiencia de ayer fue una de las más maravillosas que he tenido en mucho tiempo. Mientras subíamos a la Quebrada Quintero, yo en un vestido de noche, con  medias tobilleras y zapatos de goma, los demás también vestidos con sus disfraces lo más parecidos a parisinos despreocupados del siglo XIX, pensaba que así se hace la vida. Que por años por venir recordaremos como en algún momento cantamos la canción de la Novicia Rebelde al subir la parte más empinada, nos burlamos de nosotros mismos, simulamos la emisión del noticiero en que se avisaría nuestra pérdida en la montaña. Sudábamos, pero seguíamos subiendo, con una convicción que no hacía falta pronunciar. Para muchos se verá como una locura o como un juego. Para nosotros no. Nosotros cuando hacemos estas cosas sentimos que cambiamos el mundo. 

Fue mucho más que tirarnos al borde de una quebrada a rellenar el espacio de una figuras que aparecen en un cuadro. Fue una afirmación relacionada con lo que representa para nosotros esta ciudad, el contraste entre el pasado y el futuro, pero sobre esta especie de presente atemporal, que no sabe a dónde lo lleva a uno, si vamos navegando para estar mañana o pasado siglos atrás, o si el tiempo corre, y nosotros también, sólo que algún día estaremos muertos y no nos habremos dado cuenta de que vivíamos.

Ayer Emiliana y Carlos Julio subían además con el dolor del mes de aniversario de la muerte de su papá. Mi primo. No puedo negar que pensé en él. No lo dijimos. Creo que todos pensamos en él en cierta forma. En su mamá seguro, que estaba esperando para matarnos por habernos tardado tanto. Fue en cierta forma un homenaje también a él. Desde el silencio, desde la continuidad de la vida. Desde rescatar la belleza de una ciudad que tanto amó, que tanto amamos, que tanto nos ha maltratado, pero que difamamos sin ponernos a ver a veces lo bueno que tiene.


Hay quien dice que no hay nada que hacer en Caracas. Yo he sido ese alguien muchas veces. La verdad hay mucho que hacer. Tal vez demasiado. Hay mucho que querer y que rescatar. Hay espacios que no sólo están  llenos de belleza, sino que hay espacios en los que la belleza puede aparecer. Así como si hubieras sacado una maleta vieja del closet, un sombrero y hubieras alquilado una cámara, para subir con cuatro amigos a decirle algo a Caracas: que todavía hay belleza. Que todavía hay esperanza. Que nadie te puede quitar algo que has amado, que amas, que amarás siempre, pues por la sangre y la mente de uno corre. La ciudad es tan tuya como tú dejas que lo sea.  

Todavía hay mucho por hacer, y aunque esto se acaba hoy, yo quisiera hacer otras cosas y buscar otros espacios. Otras obras de arte. Hay mucho por decir, pero sobre todo mucho por mostrar. 

El link de El Estímulo para concer más de Caraqueando: http://elestimulo.com/climax/caraqueando/

2 comentarios:

seba dijo...

gran foto!

Toto dijo...

Yo gocé tanto que necesito hacer más! Great story!