miércoles, 10 de diciembre de 2014

El Terminal

Tom Hanks protagoniza una película llamada Terminal en la que da vida a un ciudadano de un país que mientras está de tránsito en Nueva York pierde su nacionalidad a cusa de un golpe de estado que deja en el limbo su ciudadanía. Dado que su país “ya no existe” y que internacionalmente no saben qué hacer con él las autoridades migratorias no pueden ni dejarlo entrar a Estados Unidos ni deportarlo a un país que ya no es. Mientras se resuelve el conflicto pasan meses y Tom Hanks pasa las semanas haciendosu hogar de un gran terminal de aeropuerto. Hace lo que le toca a cualquier ser humano que apela a su resiliencia, seguir adelante con la vida. Hace una rutina, conoce gente, toma un espacio y así crea una identidad.  Incluso protagoniza una historia de amor, cuando se convierte en esa especie de caballero sensible que ve desde lejos a la inalcanzable aeromoza que encarna Catherine Zeta Jones y la va cautivando con su sensibilidad. Con ese gusto por la vida y lo sencillo que pone perspectiva en la mirada de quien no se ha perdido en su tragedia.

No sé si fue porque ya lo leí y en ese caso pido disculpas al autor original, o si fue porque lo conversé con alguien, así que si esa persona recuerda la conversación le agradezco me ponga en evidencia, pero en estos días he comenzado a pensar y recordar esa película con otra perspectiva. Eso de sentir que no se tiene país porque el que teníamos se acabó. Como si el pasaporte no significara ya nada. Así me siento. Sin país. 



En estos días si subes una foto del Avila a Instagram vas a tener más likes y comentarios que si llegas a subir un video en el que te desnudas. Y sí, probablemente tenga que ver con el hecho de que ya las curvas no están como de quince, ni tienes las prótesis de Diosa Canales, pero también con la realidad de que los venezolanos vivimos buscando algo a que aferrarnos. Vivimos buscando reafirmar nuestra identidad, o más que reafirmarla: redefinirla. Hemos visto tantas cosas terribles, muchas de las cuales sobrepasan la imaginación, como si se desbordaran de una serie de televisión de esas en que cada guión es más escabroso que el otro y uno se imagina a los creadores inventando horrores desde lo peor del ser humano.

A diario hablamos, repetimos y vemos que resuenan en el mundo historias de  presidentes que dan risa, que inspiran movimientos populistas y vacíos de ideas que buscan remover las peores expresiones de la gente, cifras de corrupción y violencia, presos políticos, delincuentes internacionales, expropiaciones, estafas y deportistas que hacen del deporte un show a lo Kardashian, aunque se caigan de nariz o revienten el carro que se llevó los dólares de miles de personas que buscan medicamentos desesperadas, incluida por cierto una ex primera dama de este régimen.

¿Y cómo entramos en esto? Si no robamos. No matamos. Si nos causa horror todo ello, y además, nos toca sufrirlo, porque vivimos con miedo, porque las cosas que queremos y nacimos para hacer se van tornando imposibles. Porque entre la incertidumbre y la desconfianza nos va entrando una desilusión tan grande, y es como si de pronto no perteneciéramos a un país, sino un pedazo de tierra que va volando solo. Una especie de isla flotante, un país propio creado en nuestro espacio de supervivencia. Lo poco que consigo, lo que guardo, la forma como me voy preparando para un Tsunami que nos va a llevar qué sabe a dónde. A emigrar o a morir de mengua. Y uno se va poniendo triste y melancólico. 

Nos cuesta ver a Venezuela. Y es como si quisiéramos que nos la recuerden. En realidad en Venezuela hay mucho talento y muchas ganas de un mejor país, pero se pone en duda o mejor dicho se afirma lo contrario. Entonces te das cuenta que somos un país con baja autoestima colectiva, y peor somos un país que no se conoce a sí mismo. Recordando momentos clave de mi vida, sobre todo de mi educación me doy cuenta que durante mucho tiempo parte de lo falló fue el anclaje al país, a la identidad nacional. Pienso en los Mexicanos y esa forma que a veces a uno le cae pesado, pero que en realidad es envidiable, como ellos por cualquier cosa y en cualquier lugar gritan ¡Viva México cabrón! Me imagino a alguno de nosotros gritando ¡Viva Venezuela! en un matrimonio con una borrachera, lo más probable es que te miren como si te hubieras tomado algo adulterado.

Enumerar las viscicitudes de la vida del venezolano y concluír que el dolor tiene que ver con la pésima calidad de vida que tenemos casi todos tal vez tenga algo que ver. Hasta el que pensó que la crisis económica no le iba a tocar esta ahora tragrándose sus palabras, sin poder adobarlas con todo lo que le gusta porque muchas cosas no las consigue, pero no todo es por lo material aunque sea el foco y el detonante, hay un dolor más profundo. 

Muchos venezolanos nos sentimos dolidos con el país. Yo a veces quisiera hablar con ese ente etéreo y pedirle al menos unas cuantas cuentas. Uno siente como una estafa. Nos vendieron una bandera, un escudo, una identidad y de pronto no es. Porque cuando nombran a Venezuela afuera uno siente que el nombre del país no es suficiente, que uno tiene que aclarar, sí pero ya va, Es que yo soy una Venezuela, la que llevo dentro, la de esta ribera del Arauca vibrador, porque si te digo la verdad hay otra que no sé, no soy yo, ese país, esa imagen, ese discurso, deja te muestro esta foto, este cielo, el Salto Angel y un logo de una campaña del pasado, pero sin idealizar el pasado, sólo rogando volver a ese punto no para quedarnos con él sino para otra oportunidad al futuro. ¿Me explico?  No sabemos a cuál Venezuela pertenecemos ¿la de ahora? ¿la del pasado? ¿la que soñamos? ¿la que yo creo que estoy construyendo? ¿la de la realidad? Y si te paras en la última pregunta, ¿cuál es la realidad? ¿quién tiene la razón?

¿Cómo ponemos eso en una cédula, en un pasaporte? Cómo le dices un país, te amo, eres mi país, pero...¿Cómo ejerces tu ciudadanía con peros? 

Es muy complejo todo esto. Como ciudadana a veces siento que busco un espejo para verme y no lo encuentro. De vez en cuando escucho el himno cantado en cierto contexto y me desbordo en lágrimas, sé lo que significa, no con el intelecto, con la piel. ¡Abajo cadenas! Los significados que ha tomado esa frase, ¿por dónde empezamos a explicarlo? Otras lo escucho en boca de alguien que siento que lo profana, hasta en la entonación, hasta en la falsa ceremonia y quiero huir a otro planeta, porque el mundo entero se me hace cómplice de una traición.

Sé que este es momento más de cifras económicas de que sentimentalismos, pero a veces pienso que pensar en reconstrucción sin reflexionar sobre quiénes somos y qué país queremos, qué nos ata aquí, qué nos alimenta como sociedad, qué le ofrecemos al mundo, qué nos hace venezolanos más allá de la cédula y la hallaca de tu mamá es perder el tiempo o sencillamente tender un puente para que tarde o temprano esto vuelva a pasar.

Me siento como Tom Hanks, salir del terminal es la meta. Ver un mundo posible y luego regresar. A eso, eso que está allí adentro, medio perdido. No veo la hora de ser libre de nuevo, de entender mi país, que VENEZOLANA signifique algo indescriptible, inexplicable, algo que le pase a mis hijos sin tantas palabras, ni explicaciones, ni juegos para esconder la realidad. 

Aquí la residencia no se trata sólo de aguantar la tormenta y no perder la calma y la sonrisa, y sobrevivir dicho sea de paso, sino de recuperar la identidad y no desde la descalificación y la negación, sino desde el orgullo. Creo que en gran parte recuperar la identidad nos va a ayudar a reconciliarnos y a reconocernos, porque aunque duela y moleste, si vamos a contruir un país desde la retribución y la retaliación simplemente vamos a termianr de hundirnos pensando que estamos trabajando en algo nuevo. Lo que no quiere decir que la justicia no sea parte de la ecuación, de hecho, para recuperar la identidad y el respeto por nuestro país como ciudadanos tenemos que ser firmes en demostrarle a quienes humillaron esta patria que hay cosas que deben respetarse, que ser patriota es mucho más que un saludo militar y que tener patria no tiene que ver con conseguir o no shampoo, es con entender que tu país forma parte de quién eres, de las cosas que te definen, que si no sabes de dónde vienes y no tienes raíces, así estés lejos de ellas, es difícil orientarse en la vida y forjarse un camino en ella.