miércoles, 29 de enero de 2014

Third World Chronicles


Esta es la dirección del nuevo blog: www.thirdworldchronicles.blogspot.com

Crónicas del Tercer Mundo


En estos días commence un blog en ingles, se llama Third World Chronicles, (Crónicas del Tercer Mundo). Mi idea es escribir crónicas sobre la vida diaria en un país que ya parece que baja del Tercer Mundo al Infra-Mundo. Lo cuento en inglés porque la idea es compartir con gente que vive en el Primer Mundo. Un mundo que ya se nos hace tan lejano, que aunque estamos en el mismo planeta pareciera otro totalmente distinto. Tengo algunos amigos que he hecho a lo largo de la vida que no hablan español, me hacen muchas preguntas sobre mi vida aquí y esta es mi forma de contarlas. También la meta es llegarle a desconocidos, a gente que entre por casualidad, o porque le llama la atención el título. Me lo imagino. Al americano que vive pendiente de las Kardashian, de su café Starbucks, que no piensa en elecciones, que no se imagina la escasez, que le parece que el secuestro es algo tan lejano, lo ve como algo del cine o de tabloides amarillistas, de enfermos mentales que están muy lejos de la vida de una persona normal.

En cambio aquí. Aquí hay tantas cosas que están en la vida de las personas normales. Desde los insultos de un presidente, hasta las cosas más extrañas. En un mismo día puedes ver un motorizado en una acera, que esquiva a un peatón y encima lo insulta, y también puedes ver una cola que sale de un supermercado y le da la vuelta a la manzana, puedes ver un avión de guerra sobrevolar la ciudad, y una guacamaya que se acerca a tu ventana al caer la tarde. No entiendes la gloria de la naturaleza por un lado, y la decadencia del ser humano por el otro. Escuchas cosas, y a veces, sólo a veces te preguntas si lo que escuchas es verdad, o es exageración de la gente.  Secuestros. Colas. Trámites costosos. Robos. Abusos. Medidas insólitas. Gente que está presa. Gente que se va. Todo el tiempo hay gente que se va.

Los blog son también un desahogo para mí. Mientras cuento mi realidad voy pensando en lo que hay aquí. Por qué estoy aquí. Sé que tengo un post que dice por qué no me voy. La verdad es que no es fácil responder esa pregunta. Hay miles razones para irse. Siempre las ha habido. De hecho me fui en el 2000 y todo el mundo me decía, te estás yendo en el mejor momento. Todos pensábamos que al año siguiente se iba a definir todo. Lo seguimos pensando, que el año que viene sabremos realmente qué será de nuestras vidas, si al país se lo tragó algo, o si finalmente dimos una vuelta en U y cambiamos de rumbo. Predecir el futuro es demasiado complicado, tal vez esa una lección que todavía no aprendemos. Que nos toca asumir el presente y parar de oscilar entre la nostalgia por el pasado, y la predicción esperanzada de algo mejor. La pregunta es ¿qué hacemos ahora?

En mi caso la respuesta es lo único que sé. Escribir. Escribo. Escribo otra vez que no me quiero ir. Entiendo que eso es la solución para muchos. Lo entiendo y lo respeto. Entiendo que tal vez esa podría ser una decisión que yo tome tarde o temprano. No lo sé. Todavía no es mi momento. Yo no idealizo la vida en otro país. Todo tiene pesos y contrapesos, y uno cambia unos problemas por otros. Yo ya viví ese proceso, y la verdad, no lo quiero repetir todavía.

Ciertamente. Hay algo aquí que me expulsa, como bien dijo un amigo hoy en Facebook. Hay algo que me hace sentir incómoda y en desagrado con este lugar. Sí. Experimento muchos sentimientos negativos. Sin embargo, todavía tengo razones de mucho peso para quedarme. Mi trabajo. Mi familia. Lo que quiero de mis hijos. No estoy preparada para criar hijos con otro componente cultural. Yo todavía veo lo bueno del venezolano. Yo creo que las cosas no se pierden, sino que la gente las deja perder. Yo todavía estoy dispuesta a asumir el compromiso de luchar por mi país, sin que eso se entienda desde la radicalidad y la violencia. Yo lucho en otro espectro. Yo participo. Trabajo. Construyo. Y aquí doy  la pelea. No me veo como ciudadana de otro lugar, por más que tal vez a veces, tampoco me sienta ciudadana aquí.

Tal vez por ahora mis posts sean casi tristes. Angustiantes. Cuenten sobre lo que menos queremos ver. El peor lado. El del miedo. El de la sordidez en la que vivimos. Sin embargo aquí también hay historias maravillosas. Yo también he conocido mucha gente que me inspira a quedarme, que me recuerda que la realidad tiene mucho matices, que los países no se acaban, y que las cosas cuando uno tiene voluntad cambian para mejor.

No sé cuándo cambie esto. En realidad nadie lo sabe. Ni el que tiene esperanza, ni el que las perdió hace tiempo. Yo sólo sé que sea lo que sea y dónde esté haré lo que sé hacer, escribir, leer y compartir esas grandes pasiones. 

domingo, 26 de enero de 2014

El Prototipo del Chavista y yo


En estos catorce años hemos venido desarrollando el prototipo del chavista.  El que ha servido de base e instrumento para la instauración del gobierno cuyas políticas tiene a Venezuela en ruinas.  Tal vez no lo conocemos personalmente, pero si sabemos muy bien quién es. Camisa roja casi siempre. Expresión dura. Resentido. Amargado. Envidioso. Tiene poco talento y busca conseguir lo que quiere al mejor modo del parásito, quitándole a los demás lo que tienen, desde su puesto de trabajo hasta los pequeños placeres. Está tan consumido por el resentimiento y la baja autoestima, que es capaz de quedarse  sin lo básico con tal de que los demás no los tengan. No escucha argumentos. No cree en diferencias de opinión. No tiene principios. Se basa en antivalores. No reflexiona. No le importa nada. No piensa en el futuro, ni le importa. Le da igual lo que sea de sus hijos, con tal de que sean fieles a esta realidad, en la que mejor no existe, ni peor tampoco, sólo existe que nadie esté mejor que él, y que lo mucho o poco que tenga no le cueste nada.

En lo cotidiano es chabacano, grosero, falta de respeto. Si maneja es de los que lo hace agresivamente. Tira el carro a los peatones, a los demás carros. No le importa trancar una calle si por comodidad tiene que hacer algo, desde bajarse a hacer una diligencia, hasta pedir una dirección. No le importan las leyes de tránsito. No piensa en ellas. Sólo piensa que su corneta es un instrumento para expresar su descontento con todo lo que le molesta del sistema automotor. No lo piensa dos veces antes de insultar a cualquiera, sin importar la edad, ni la circunstancia. Si su vehículo esuna moto fácilmente se puede confundir con un malandro.  No piensa mucho en la inseguridad, aunque le haya tocado. Lo ve como mala suerte, como algo que sufren todos y con eso se siente tranquilo. Ya no es algo exclusivo. Lo lee también a través del resentimiento. 

Si va a la playa escucha música a todo volumen. No le importa a quién tenga a la lado. Alguien a quien pueda molestar su música. Él no piensa en nadie. No le importa nada. Sólo piensa en su bienestar, su conveniencia. Tira papeles a la calle. Escupe. Si toma el metro empuja. Si tiene que empujar a una señora con un bebé en los brazos, lo hace. Jamás se pondría de pie para darle el puesto a una persona mayor.  No aguanta las puertas. No da los buenos días.  Tiene un trabajo que consiguió por un amigo, de un amigo. No está calificado para hacerlo, ni le importa. Cualquier cosa que salga mal en su vida jamás será su culpa. Siempre será de otro. Sobre todo, dirá él, será de quienes quieren regresar a otra realidad, una que tal vez él mismo ni recuerda, pero en la que la vida era mucho más complicada para él. Menos cómoda. Con más reglas. Aburrida casi. En la que tenía que competir con otros para obtener lo que quería. Una competencia que había asumido que tenía perdida, porque según él siempre la ganaban quienes tenían más que él. Más de todo. Más talento, más dinero, más ganas, más amor por la vida, más. Sencillamente más.

Con esta persona es inútil razonar. No escucha. No sale, ni saldrá jamás de su realidad mediocre.  No quiere alcanzar nada. Es cómodo. No tiene vergüenza.  Ni familia. Ni Patria. Ni futuro. Ni construcción de nada. Le da igual la bandera, el himno nacional. Le daría igual irse. Incluso hasta la gustaría, pero sabe que no puede hacerlo. Es como una especie de zombie de resentimiento y de odio. Sólo quiere una cosa, que alguien haga las cosas por él, que las haga rápido, y tener a ese alguien ahí para culparle de cualquier cosa que vaya mal en su vida. Jamás asumirá la responsabilidad de nada. Siempre habrá alguien de la vida política con quien descargar lo poco o mucho que no le guste, desde resultados electorales hasta una ley que no les favorable en su vida diaria. Lo que más le gusta en la vida, en lo que emplea la gran mayoría de su tiempo, es quejándose.

Catorce años de discurso lo han moldeado. Es el prototipo que sostiene este gobierno. Yo  me pregunto, desde quienes nos sentimos agredidos y extranjeros en nuestra propia Patria. Los que sentimos que nos han robado de un sueño de país, los que estamos aquí y tenemos otro sentido de la vida y de la nacionalidad, los que jamás nos vimos reflejados en ese discurso, que incluso no lo escuchamos, porque no podemos, sino que recogemos los retazos para entender cómo cada medida y cada paso le da forma a nuestra extraña vida de país en régimen de oscura dictadura disfrazada de algo que llaman socialismo pero no sabemos bien qué es. Me pregunto a veces, ¿qué hemos aprendido de este ser si es que existe? Porque a veces, lo digo con dolor, pareciera, que la miopía, la comodidad y la flojera no están tan lejos como pensamos. Me pregunto, ¿cuántas de estas características no las hemos visto más cerca de lo que pensamos? En gente que viste de muchos colores, a veces incluso de la oposición más recalcitrante. 

Porque yo creo que cuando uno ve los extremos tocarse da como una sensación de miedo. ¿Qué es lo que no estamos viendo? ¿Qué somos? Algunos están más cerca de esto de lo que piensan. Sobre todo en la parte de culpar siempre a otro y esperar soluciones mágicas. Incluso en un resentimiento que crece. 

Lo peor de estos regímenes es como los discursos van calando y se van a apoderando de la gente sin que se de cuenta. Y tenemos que hacernos la pregunta, porque sin darnos cuenta esas actitudes alimentan al régimen. Hay que darse una larga y buena mirada, porque la actitud de cambio y la acción para la salida  no nos es tan lejana como a veces pensamos, no es responsabilidad de otro, y tenemos derecho, y es más deber, de alzar la voz que creemos podemos mantener para nuestros adentros sólo porque hay una cosa llamada MUD, hicimos unas primarias, y queremos un líder.

Da miedo lo bien que ha calado esa lección de que nada depende de uno y todo es responsabilidad de otro, y que cuando las cosas no salen bien, hay que salir a señalar culpables y a desestimar cualquier crítica. No pensar.

Cuando la gente deja de pensar por sí misma, el autoestima se va para el suelo, y la impotencia va dejando su huella de apaciguamiento. Es ahí cuando el régimen hizo su trabajo y la dictadura se instala. Sí. Hay que pensar que tiene el férreo opositor del prototipo del chavista. Y sí, con algo tan sencillo como trancar el tráfico con el carro, comienza  a ser suficiente.  

Hay que empezar por preguntarse ¿qué tenemos en común el prototipo del chavista y yo? Y de ahí constituirnos en los ciudadanos del país que queremos. Un país es sus ciudadanos. Es hora de darse cuenta que la base de la pirámide es la que sostiene el peso. Tenemos más poder y por ende responsabilidad de la que creemos. 

sábado, 25 de enero de 2014

Canciones para mi muerte: Slipped, The National





Algunos de nosotros andamos por ahí con secretos. Cosas inconfesables. Pasados tan remotos que ya han perdido la estructura de la realidad. Como si la vida que dejamos atrás fuese un cuento, un producto de la ficción, una especie de libro mágico, sólo nuestro, y está escrito en ese espacio que llamamos memoria. A veces, esos secretos, esos recuerdos, esas historias tienen un contenido que no sabemos cómo reproducir, vuelven. No importa el talento frente a las letras. Reproducirlo. Contarlo. Asumirlo. Es demasiado. Entonces dan vueltas dentro de nosotros. Esas escenas, esos momentos en los que tocamos la oscuridad. En los que palpamos el fondo de un abismo que sólo está abierto para quienes toca la compuerta de la tragedia.

Nos hacemos solitarios. Nos encerramos en ese pasado que va impregnando el presente. Como si la vida fuese multicolor y esos recuerdos, esas heridas, dejaran de sangrar pero continuara manando de ellas un líquido, una tinta, que ennegrece todo, que lo cubre de un velo pesado. Nos sentimos ajenos a esta vida. A este universo que nos toca. Nos cuesta asumir el aire que respiramos. Le damos la vuelta a lo que pensamos, y nos damos cuenta que todo está distorsionado, pero no sabemos bien por qué. No sabemos dónde empieza la realidad y donde nuestra terrible ficción. Le damos vueltas a los recuerdos. Revisamos los hechos y nos preguntamos, ¿esto realmente me pasó a mí? Esos trenes que han chocado, los barcos que se han hundido, los aviones que han caído, las balas que se llevaron los órganos. Todos son palpables pero hay tragedias que dejan otras huellas. Hay atrocidades que no dejan sino los rastros del recuerdo.

Asesinos silenciosos.

Slipped de The National es una de las canciones para mi muerte. O tal vez esta sea una de las canciones para mi vida. Porque le doy vuelta a esos momentos constantemente. Porque algo se rompió en mí. Se quebró. Porque me gustaría decirle, que no necesito ayuda para ser rompible, “porque no conozco a más nadie que se pueda reír de cualquier tipo de chiste, cuando me dejes no voy a necesitar ayuda para estar sola, eso se arregla fácilmente.” (…) “No quiero que aflijas, pero quiero que te compadezcas, no te puedo culpar por perder la cabeza un rato, yo también lo hice, no quiero que cambies, quiero que reconozcas, que yo.” Y no lo voy a contar todo, es más no voy a contar nada, los esqueletos se quedan conmigo, dentro de mí, y sí, tengo muchos problemas viviendo dentro de mi piel. Nada que hacer.

Y sigo regresando a al lugar donde todo se escurre. (I keep comming back here where everything slips). 

viernes, 24 de enero de 2014

Vuela


Hago café. Regreso al baño. Me miro al espejo. Me quejo. Abuso de mí. Me digo las cosas que debería decirme alguien. Basta de mentiras. En serio. ¿A quién quieres engañar? De vuelta a la cama. A la seguridad de la sábanas. Sueños. Pronto. Millones de sueños. Mundos imaginarios. Universos paralelos. No las mismas imágenes por favor. No las mismas palabras. Otra persona. Otra realidad. Otro mundo. Lo voy a hacer esta vez. Una sola vez. Voy a preguntar ¿por qué? Al menos un día. De vez en cuando, entre la copa de más y el cigarro que no tocaba es justo hacer las preguntas llanas, las menos profundas, ¿por qué? No. Yo sé. Yo entiendo. No quiero profundizar, quiero preguntar, ¿Por qué? ¿Estás segura que has tomado todas tus medicinas? No. Tampoco dónde quedó el teléfono, y ahora que lo pienso tampoco encuentro aquel producto para quitarle las pulgas al perro. Eres nociva. Tóxica. Estar cerca de ti es vivir en la zona de desastre. No tienes arreglo. No sirves. Bota esta vida. Cambia. Regresa al espejo. Di lo que tengas que decir. Cambia las reglas de juego. Mejor dicho bota el tablero. Las fichas. Quédate con el dado. Si vas a elegir otra vida mejor que sea al azar. No pidas demasiado. No exijas. ¿No ves que los deseos se cumplen? Los sueños son poderosos. Demasiado poderosos. El pelo revuelto. Otra vuelta más. La sábana. ¿Qué hora es? El café. Otro café. Una lista de diligencias que no se van a hacer. Una lista de poemas que no se van a escribir. Y los problemas prácticos en el camino. No hay agua. La impresora no tiene tinta. Tú no tienes ganas. El mundo te llama. Alguien te reconoce ¿Quién? Nadie sabe quién eres. Ni la persona frente a la que te confiesas una vez por semana. Tal vez sí. Tal vez en algún momento se te escapó una verdad. ¿También me vas a dejar? No sé. Tal vez ya te dejé. Yo vivo siempre con la decisión tomada. Yo sé dónde y cómo es mi destino. Yo lo sé. Ya yo vi el fin. Profeta de ciertas cosas.  Me aferro a la banal. Siempre me pregunto, ¿qué dirían los canales de noticias de mis pequeñas tragedias? ¿Qué tiene que ver esta pequeña implosión con la ejecución de un preso en Texas? Si alguien viera tus demonios, tal vez te darían la pena de muerte. No. Usted tiene pena de vida. Usted escogió todo esto. Este engendro. Este monstruo. Esté dragón. ¿Sabes por qué no puedes respirar? No. No sé. Piensa bien. No puedo respirar. Busca ayuda. No la necesito. Sal al balcón. No quiero. Tienes que hacerlo. No puedo respirar. Escríbelo. ¿Para qué? Nadie sabe cómo es el pánico. Tal vez alguno lo sepa. Has dado vueltas todas la mañana. Viste cómo te veía ese señor. Vas a estar bien. No lo creo. Sí. Vas a estar bien. Eso no lo sabes. Claro que lo sé. ¿Qué quiere decir vas a estar bien? Eso no lo sabe nadie. Sólo una vez estuvimos bien, cuando estábamos peor que nunca. Es mucho más fácil vivir encadenado. Es mucho mejor. Abre la ventana. Respira. Vístete. Vuela.  

miércoles, 15 de enero de 2014

Las lecciones de nuestros Maestros




Nota: Si lees esto. Se lo debes a un maestro. Tarea para el día de hoy: Buscar un maestro y darle las gracias.

Richard Weinback se llamaba el maestro que me abrió el camino para entender que lo que yo quería en la vida era educar. Tenía catorce años y la clase era Historia Europea. Recuerdo que llegué a su salón con una profunda flojera sobre el tema, que entre globos terráqueos y libros veía que esa clase, la última los viernes por la tarde, sería una tortura semanal. La constante carrera con el reloj de la pared que se negaría a pasar rápidamente para liberarme cerca de las tres y media y dejarme disfrutar mis penas y alegrías de adolescente atormentada. Recuerdo que en las primeras clases él me dijo, un día verás cómo lo que aprendes aquí será precisamente lo que los hombres admiran en ti. Yo pensé, está loco, el último tema que tocaría con un hombre sería historia europea. Por supuesto estaba totalmente equivocada. Al final de año no sólo tocaba el tema con mi novio, o presuntos novios, sino que me apasionaba, quería leer más, aprender  más y compartir ese nuevo mundo que había descubierto. Yo soñaba con dar clases de historia junto a él. En ese internado en Estados Unidos. Ese año me di cuenta que quería ser maestra.

Otro de mis profesores había sembrado una semilla en mí, que tardaría todavía un tiempo en terminar. Paul Bergan se llama, me daba clases de literatura. La lectura más apasionante de La Odisea que se puedan imaginar la escuché en su clase. Ya yo estaba enamorada de los libros, pero no veía todavía que ese sería mi camino a la educación. Que uniría las dos cosas para hacer y reconocer mi misión en la vida. La educación a través de la lectura. Amaba los libros, pero aún no había entendido la fuerza que tenían, la pasión que despertaban en mí, y cómo serían de determinantes en mi camino. Hoy por hoy pienso en mis libros, en el que escribo, los que quiero escribir y sobre todo los que leo. Finalmente me doy cuenta que nada me va a detener en mi viaje hacia ese destino que es compartirlos, cambiar vidas, cambiar el mundo a través de la lectura y la educación.

Si uno busca en la biografía educativa se da cuenta que en algún momento, a través de lo bueno y lo malo, nos cambió la vida un maestro. Los que nos ayudaron a entender quiénes éramos, los que fueron una traba y nos enseñaron a luchar por nuestros principios, los que nos dieron ese regaño que  jamás olvidaremos, los que enseñaron su materia de una forma tan clara, tan apasionada, que todavía recordamos ese concepto que ya muchos olvidaron, está el maestro que nos enseñó el cariño, el maestro que nos enseñó también el desprecio, incluso, aquel que nos enseñó la humillación, está el que nos enseñó el valor del conocimiento, el que nos enseñó el valor de la humildad, el que nos ayudó a reconciliarnos con ese amigo, el que nos abrió los ojos ante la locura que íbamos a cometer, el que tuvo una palaba de consuelo cuando nos equivocamos, el que fue implacable, el que fue consciente, el que fue cómplice, siempre cómplice de todas nuestras rebeldías. Está el que nos hizo pensar, reflexionar, el que nos enseñó a cambiar de opinión. El que nos dio la lección de hacer lo correcto, el que nos enseñó integridad, el que nos enseñó frustración. Está el que amamos profundamente, está aquel que nos hizo suspirar, que nos enseñó el dolor de los amores imposibles, que todavía recordamos rodeado por un aura, por un misticismo extraño, de esos amores intocables, profundos, dolorosos y a la vez sublimes. También está el maestro que nos enseñó el miedo. Aquel a cuya clase no queríamos entrar, en la que aprendimos la duda, la inseguridad, aquel en cuya presencia nos sentíamos disminuidos en todo sentido.  

De todos aprendimos una lección. De cada clase, incluso de las peores, de las que salimos diciendo esto no nos dejó nada, aprendimos algo. Nos traemos algo a este presente. Los maestros han sido, sin que lo sepamos muchas veces, las personas más importantes en nuestra vida. En cada idea, en cada palmo de nuestra forma de pensar, de conducirnos, de actuar frente a nosotros mismos, los demás, y las situaciones que nos presenta la vida, está un maestro.

Es por eso que es la profesión  más importante para una sociedad. Si lo sabremos nosotros, que en el tercer mundo sufrimos las consecuencias de la educación fallida, de las carencias en el aula, de la falta de compromiso, del irrespeto en todo sentido hacia el educador.

La Podemos hacer lo que sea en la casa, pero al final, si les falla el sistema, es como una silla a la que la falta una pata. Hace falta el compromiso del maestro, y a los maestros les hace falta nuestro apoyo y reconocimiento. 

Yo por mi parte jamás dejaré de darles  las gracias a quienes influyeron en mi vida en este aspecto. No sería nada sin ellos. Y me atrevo a decir, que la vida de quien está leyendo esto tampoco.  

lunes, 13 de enero de 2014

¿Qué me llevo si me voy?



Cuando tenía diecisiete años y vivía en el internado en Estados Unidos mis papás me regalaron un documental sobre Isaías Medina Angarita. De tantas cosas que recuerdo la que más me impactó fue la parte sobre el final de su vida. Luego de haber sido exiliado, cuenta su esposa, que cuando ya estaba muriendo le permitieron regresar a Venezuela, y apenas se bajó del avión se lo llevaban en silla de ruedas y con el ímpetu de los viejos le ordenó al enfermero, “¡Páreme! Quiero pisar suelo venezolano!”.

Yo estaba en plena adolescencia cuando vi el documental y me emocionó profundamente, más de lo que la historia suele conmoverlo a uno tan temprano en la vida. Quizás por lo bien que estaba contada y porque yo estaba en pleno exilio, o algo por el estilo. O lo que eso puede ser para una adolescente que se fue huyendo de un colegio en el que no se encontraba. 

No me reconozco desde hace años entre muchos algunos de mis compatriotas. Y no hablo del chavismo. Es otra cosa. Algo mucho más profundo de nuestro gentilicio. No era sólo mi colegio, era algo generalizado, que se repetía y se sigue repitiendo hoy cada vez más. Hoy es casi imposible para un colegio expulsar un alumno. Porque la política de estado es enseñar que la indisciplina, el irrespeto, la vulgaridad, y otros antivalores. No hay castigo, ni vale la pena, lo que importa es la impunidad, el caos, y sobre todo jamás asumir que algo es nuestra culpa, nuestra responsabilidad, y hay castigos y consecuencias frente a ciertas acciones y omisiones. No se le permite a nadie aprender, ni asumir, ni mucho menos tomar control de lo que hace.

En estos días todo el mundo habla de irse. Irse “a la como sea”. Dividir familias. Abandonar trabajos. Buscar oportunidades. Como sea. Buenas. Malas. En países en los que nos identificamos por algo o por casi nada, o los que nos eran totalmente impensables hace dos meses, pero que de pronto se convierten en una especie de Meca o de tierra prometida porque son cualquier cosa menos este infierno, porque están llenos de todo lo que aquí no hay, desde azúcar, leche y carne, hasta valores. 

A veces me pregunto si todo eso vale la pena, y qué le llevaremos a otras tierras. Si en algún momento nos vamos a poner a pensar lo que no le dimos a Venezuela, una vez que entendamos qué era lo que Venezuela necesitaba, porque pareciera que estamos aquí sólo para exigirle al país que nos de, pero pocas personas se han parado a mirarse en el espejo y aceptar con tristeza qué fue lo que no le dieron al país. Sí. Es doloroso. Y no sé si haya esperanza. Tal vez ya sea demasiado tarde para darlo, pero la verdad es que aquí falló un sistema que nos enseñara que a los países también se les da, que por las cosas se lucha, no desde el extremo y la exageración, y esa especie de drama que nos caracteriza, en el que nos damos golpes de pecho, nos victimizamos y culpamos a otro, sino desde  la proactividad, la inteligencia, la creatividad.

Entiendo que a veces la única forma es irse. Para nada intento acusar o señalar a los que se van, porque yo misma he perdido las esperanzas y no creo imposible que ese sea el camino que tome, pero también creo que tenemos que ser muy honestos con lo que dejamos atrás, y creo que tenemos que pensar bien en lo que significa exiliarse, en lo que le vamos a dar al próximo país, al que tendremos que querer como nuestro. Creo además que tenemos que preguntarnos qué significa querer un país.

Siempre he admirado eso de los americanos. Es cierto que Estados Unidos no ha pasado por situaciones como la nuestra, pero a mí me costaría mucho ver a un gringo abandonando su patria. La última vez que estuve allá me tocó ver en el aeropuerto de Atlanta a un grupo de soldados en uniforme. La gente se les acercaba y les daba las gracias por su servicio. Ellos se llenaban de orgullo, de honor, los demás, de una humildad tan grande, que cuando a uno se le salieron las lágrimas yo no pude evitar hacer lo mismo. Casi estuve a punto de ir a agradecer yo también, además explicando mi situación, ser de otro país, no tener que sentir patriotismo americano, y además estando en desacuerdo con algunas de sus acciones. Lo cierto es que al final del día esos soldados le prestan un servicio a la gente, sin influir en las decisiones políticas. Es un tema humano. Muy humano. Me conmovió. Quería darles las gracias por la lección de patriotismo y disculpas por cierta envidia. Explicarles que en mi país a veces sentimos vergüenza, miedo, rencor hacia los militares, que eso aprendimos. Atropello. Injusticia. Abuso de poder. Resentidos con nuestra patria en vez de agradecidos y humildes. Le tenemos rabia, como si haber nacido aquí hubiese sido un castigo. Como si la nacionalidad no se ejerciera también, y fuese sólo un derecho. 

No dejo de pensar que lo que realmente escasea. Además de tantas cosas es el amor por este país. Lo olvidamos. O tal vez no lo olvidamos. No nos enseñaron a quererlo. Entre paupérrimos profesores de historia que no conocían nuestro pasado, que jamás dejaron en el aula la noción de que la Patria se quiere y duele, que no es sólo “me encantan los tequeños, la colita y que somos alegres, bueno también el clima y las playas”. Es algo mucho más profundo que eso. También en muchos hogares, lamentablemente, se enseñó otra cosa, la idea de que las cosas están ahí para tomarlas sean de quien sean. El compromiso con la tierra. La sensación de que esto no es un hotel, ni un lugar de paso, ni una mina, sino una tierra que es nuestra, que no se entrega, que no se negocia, que se venera, como a una madre, como una familia. Faltó la mística del venezolano. Ese que jamás dejaría que le hablen mal de su patria.

No sé si el destino de todos sea irnos. No sé si toca salir y no mirar atrás. Al final cada uno tiene sus razones, sus formas. Yo no soy quien para juzgar, ni lo hago, pues cada vez son más las ganas y muchas veces he sentido el desapego. Me he sentido extranjera, fuera de lugar. He sentido miedo, y hoy en día y aunque me duela siento vergüenza de muchos venezolanos, de toda condición social, que son directamente responsables de esta debacle, y que se robaron no sólo nuestro patrimonio, sino el futuro en este país. 

Sin embargo también me pregunto, ¿qué he hecho yo para cambiar eso? Y si me voy, ¿qué me llevo a ese otro lugar? ¿Qué voy a aportar? Más que trabajo, ganas, pasión. Tiene que haber algo más. Y sí, yo si me voy  lo haré con una mano el corazón para que no se me caiga, y la otra con los dedos cruzados para volver a pisar suelo venezolano, como aprendí a decirlo de ese presidente. Sea lo que sea mi país, yo siempre lo querré y estaré orgullosa de ser venezolana. Si no lo estoy. La culpa es mía.