viernes, 28 de febrero de 2014

El País que queremos

Queda claro en estos días de protesta cuál es el país que no queremos. Lo que nos lleva a la calle es justamente el habernos dado cuenta que nuestra calidad de vida es pésima, desabastecimiento, inseguridad, un conjunto de leyes que hacen casi imposible el desenvolvimiento de cualquier actividad profesional sin que te conviertas en un criminal, represión, censura, y sobre todo un desvío total de la moralidad y de los valores. Salimos a la calle no sólo por las cosas que nos afectan de forma concreta y visible, como el no encontrar los productos básicos en el supermercado, sino que además estamos hartos de vivir en un país donde al único que le va bien es al que se enchufa, el que guisa, así sea un chavista descarado o uno de esos que se viste de marcha con la oposición por la mañana, manda cadenas por su teléfono de “¡abajo el tirano!” y por la tarde está haciendo un negocio con el gobierno, como si vivir entre los dos bandos le lavara las culpas, le diera una excusa y fuese más inteligente que todos los que queremos salir delante de forma digna y honesta.

Ese es el país que no queremos. Ese país que está en el suelo. El país de los hospitales sin insumos, de infraestructura pobre y decaída en la que no se ha invertido casi nada en quince años, el país del discurso violento, divisor, en el que los ministros no tienen preparación alguna para el cargo que ocupan, sino que son nombrados en base a su fidelidad con el régimen. Así vemos como todo se derrumba, como todo es cada vez más precario y como ninguno de los problemas de la nación tiene solución posible. No hay plan, ni estrategia de crecimiento, sino que todos los esfuerzos del gobierno van a permanecer en el poder y todos los esfuerzos de la oposición  van a contrarrestar las medidas autoritarias. Y en el medio gente que no sabe bien qué quiere, ni qué hacer. Casi nadie, por no generalizar, invierte tiempo en cómo mejorar el país, cómo construirlo, cómo hacerlo competitivo y productivo, cómo mejorar realmente la calidad de vida de los habitantes y procurarles a quienes viven en la pobreza movilidad social. De no haber sido por el petróleo nos hubiéramos borrado del mapa.

Creo que llega el momento, sobre todo en estos tiempos, en que tenemos que hacer el ejercicio del país que queremos. Porque si no sabemos lo que queremos, entonces ¿por qué luchar? Este país ha sido golpeado por la peor indiferencia. Quienes tenemos entre treinta y cuarenta y cinco años tenemos una responsabilidad enorme con todo esto y no hemos ni comenzando a reflexionar sobre ello. Hay que sincerarse, este país no lo acabaron los chavistas solos, ni Chávez solo. Este país ha sufrido por la miopía, el egoísmo, la comodidad y la falta de identidad de muchos de sus ciudadanos. Este es el país en que muchos se van cuando más lo necesitan. No lo digo por el que ha emigrado, porque esa es una circunstancia muy difícil, y la verdad, lo lógico es que a veces apele el sentido común a buscar otro tipo de vida. Al contrario, desde el exterior muchos venezolanos han demostrado la solidaridad que no han tenido quienes todavía viven en Venezuela.

Es más bien, la desidia del que se queda y pretende vivir en una especie de cúpula, como si lo que sucede no fuese su problema. Es el que no aparece cuando las cosas se ponen difíciles, o critica todas las iniciativas políticas y el liderazgo sin aportar nada, es el que no participa, el que le cuesta entender que el país lo construimos todos. El que no entiende que su conducta y su visión egoísta, desde un mundito artificial en el que se ve Venezuela como si fuera una mina de la cual se saca riqueza para luego ir a gastarla a otro lado, también destruye. Un poco así como el que piensa que porque compra hectolitros de aceite, la escasez no es problema suyo.

Tenemos que reflexionar sobre el país que queremos. Sobre nuestra identidad como venezolanos y lo que eso significa. Tenemos que entender qué valores queremos para esta nueva nación que queremos fundar y por la que protestamos. La verdad es que si estamos sacando las banderas a la calle para un país en el que sólo cambie un gobierno y no cambien los ciudadanos, entonces no valen la pena los muertos. Llega la hora de preguntarnos, como lo dijo, Kennedy, qué podemos hacer por el país y no lo que el país puede hacer por nosotros. No es nada más honestidad. Es solidaridad, es coraje, es participación. Sí. Hay que estar ahí, no sólo en la marcha, es en la junta de condominio, en la sociedad de padres, en la asamblea vecinal, es aportando en fundaciones de lucha social, en la que se ayude a llevar una mejor calidad de vida y otros horizontes a las clases más necesidades. Es inclusión, no sólo a través del discurso, como tantos predican en estos días, sino a través de la acción. Y esa no es sólo una responsabilidad que tienen los políticos, ni quienes tienen cargos electos, por algo se llama responsabilidad social, y en ella tenemos parte todos.  Siempre tenemos alguna excusa para alejarnos de lo que nos toca hacer. La verdad, a mi me duele cada vez que alguien deja su responsabilidad con Venezuela por alguna excusa cómoda como, es que me da miedo, o es que yo no soy de estar yendo a ayudar a los barrios, o es que esto es muy complicado.

Tenemos que preguntarnos, ¿qué pasa aquí que tanta gente sufre y el resto se lava las manos con la política? El hecho de no ser políticos no nos hace menos ciudadanos, no nos quita la responsabilidad.

Reconstruir el país no va a ser votar solamente, ni elegir tal o cual liderazgo. Nadie va a hacer el trabajo por nosotros. Tampoco va a ser sólo marchar. Reconstruir el país es algo que va a requerir muchísimo trabajo y esfuerzo de parte de toda la sociedad. El que esté pensando que un cambio de gobierno implica que nos podemos olvidar del país y regresar a un mundo aislado, pues estamos arando el camino a otra gran decepción, y este ciclo lo vamos a repetir.



Tenemos que recuperar los valores, pero no basta con decirlo, hay que fomentarlo y sobre todo hay que incorporarlo a nuestras vidas y vivir acorde a ellos. No es sólo la honestidad, no es sólo no robar y acabar con el mito de que el vivo criollo es el más fuerte, sino que además hay que pensar en los demás que son tan importantes para una sociedad, solidaridad, coraje, unión, trabajo, resiliencia, compromiso. Todo eso forma parte del camino a la reconstrucción. Pensar que en Venezuela o en ninguna otra sociedad sirve ser indiferente o que el compromiso es algo que sólo sirve cuando nos conviene es contribuir a la destrucción. Tenemos que pensar en el país que queremos y asumir que va a requerir de nuestro esfuerzo, nuestro trabajo. Nada es gratis en esta vida, mucho menso un país próspero.

miércoles, 26 de febrero de 2014

La única certeza

No es raro despertarse estos días por el olor de caucho quemado que llega de la barricada que hicieron unos vecinos en la esquina.  Mientras tanto uno mira el twitter para ver qué a pasado en los últimos quince minutos. Si hubo otro acto de represión, alguna declaración inesperada, si el gobierno hizo algo más para dejar claro que está ignorando las protestas pero poniendo en evidencia que no las puede ignorar, o si tal vez hubo otro muerto. Buscamos también una guía. ¿Qué debemos hacer? ¿A dónde vamos? Pancartas. Volantes. Marchas. Artículos. Peticiones on line. Barricadas. Ya estamos dispuestos a cualquier cosa, incluso a veces arriesgando nuestra integridad, desafiando miedos que siempre supimos que teníamos pero que no sabíamos que algún día tendríamos que enfrentar. Desesperados buscamos consuelo en amigos, en conocidos, estamos pegados al teléfono, leemos la última cadena que llegó y tratamos de preguntarle a alguien a quien creemos sensato ¿qué opinas? ¿Qué dice la historia de esto? ¿Qué dicen los analistas? Devoramos artículos, sedientos, como quien devora las profecías de los videntes que ahora están de moda. Cada uno es vidente en su estilo. Cada uno además aboga por la forma de protesta que cree mejor. Están incluso, los que consideran que todo esto fue un error y que más bien nos llevan a deprimirnos. Cada quien tiene una lectura, una creencia y una fe. Y dentro de nosotros hay un remolino, se mezcla la inteligencia, con el instinto, con el país que soñamos, con el escenario que tememos y el miedo a la realidad.

La verdad es que si abres la puerta de tu casa te encontrarás con una escena que bien puede ser la de una guerra. Calles con fuego ardiendo, basura regada, guardias nacionales con escudos y armas apostados a lo largo de varias calles, esperando nada más y nada menos que a alguien como tú, para hacer cualquier cosa, porque ya hemos visto que están dispuestos a cualquier cosa. Pocos carros en la calle, y mucha incertidumbre. En cualquier momento pasa algo. Pasan motos y nos tiembla algo en al alma, porque ya sabemos lo que son los colectivos, porque estos días aprendimos a diferenciar entre una explosión, un disparo de arma de fuego, un perdigón, una bomba lacrimógena, porque a lo lejos escuchamos los gritos. Aprendimos el rugido de la depresión.

También nos dimos en la cara con la realidad de que vivimos en una dictadura. No quieres usar la palabra, porque las palabras son demasiado fuertes, y te da miedo. Te da miedo aceptarlo. Porque vamos a estar claros, tú tenías esta imagen de Venezuela, tú siempre te dijiste que ni en dictadura, ni en comunismo ibas a vivir, pero llega un momento en que se te hace inevitable. Porque torturan, desaparecen, reprimen, asesinan y además lo ignoran. Además se ríen. Y tú ves el llanto de aquella madre, y piensas en ese ser que ya no está. Esa criatura que perdió la vida. El presidente lo ignora, se ríe, como si no existiera, y no te queda más remedio que aceptarlo. Estamos en dictadura y además tú eres el enemigo. Eres el enemigo, por pensar distinto, por querer otra cosa o mejor dicho por no querer lo que tienes. Esa normalidad que temes que vuelva. Esa poca calidad de vida, de colas, de inseguridad, de mediocridad, esa sensación de vivir siempre en bajada hacia algo peor.  

La normalidad era un país violento, en que la muerte era ya parte de la cotidianidad. Desabastecido y venido a menos, en que medicamentos y alimentos se vuelven un lujo. En que quienes roban y corrompen el sistema y carecen de valores derrochan no sólo los lujos que adquirieron con sus negocios ilícitos, sino su falta de principios y de honestidad como si fuese una fortaleza, algo que los hace superiores. Esa normalidad de sentirnos extranjeros, no porque la patria no sea nuestra, sino porque el gobierno nos ignora. Porque estamos cansados. Realmente cansados de vejaciones, de insultos, de vivir siempre en un lado oscuro, incierto, en el que no tenemos ningún derecho garantizado. En Venezuela cualquier sueño se ha vuelto imposible, cualquier esperanza está destinada al desengaño. Al menos mientras siga esta condición de gobierno que lo que quiere es el poder y el dinero y cada uno de sus actos esté orientado a dominar y aplastar nuestros deseos y nuestras vidas. Con cada control se esfuma una posibilidad.

¿Quién le iba a decir a los estudiantes que no protestaran? Si con este gobierno el ingeniero no podrá construir, el chef no podrá cocinar, el médico no podrá curar, el abogado no podrá litigar, el emprendedor no podrá ni siquiera abrir una empresa, el comerciante no podrá vender. Porque este gobierno ha hecho de todos enemigos. Cualquier cosa que implique no estar mendigando un favor, un permiso, un bien al estado, desde un litro de leche, hasta un dólar, va a estar prohibida. No olvidemos que desde hace tiempo este gobierno regula incluso lo que vemos en la televisión, desde las novelas, hasta los programas de concurso, Cualquier forma de expresión no va a ser tolerada. Esa es la única certeza que tienen los estudiantes, que tenemos todos en realidad, no es lo que vamos a lograr, sino lo que no vamos a poder hacer con nuestras vidas de continuar con esto. Este gobierno no está abierto a diálogo, ni a propuesta, no le interesa dejar ninguna de estas opciones. Es un gobierno de destrucción. De demolición de cualquier forma de expresión y de pensamiento. No hay punto medio. Uno no es medio libre, y uno no puede negociar sus metas. No puedo llegar al término medio de un sueño concreto, de ser algo en la vida, no puedo ser medio periodista, ni un día montar una medio tienda, no puedo negociar con una Ley de Precio Justo que hará de mí un mendigo o un criminal, o sencillamente me va a arruinar porque alguien algún día querrá fiscalizarme para aplastarme. No puedo ser medio expropiado, porque algún miembro del gobierno le pareció que mi negocio era mejor administrado por el estado, ineficiente o no, ese no es el tema. El tema es que no hay garantías de propiedad. Y lo que ya sabemos es que el estado, este estado siempre va más allá. No se detiene ante nada, esa certeza, también la tenemos. 


Entonces, queremos saber qué depara el futuro. Con desesperación. En cierta forma sabemos lo que viene si no sucede lo que estamos esperando. Un cambio. Quienes son más racionales hablan de paciencia, pero es difícil pedirle razón a un animal enjaulado. Y así nos sentimos todos. Cada vez más cercados y presos. Cada vez más acorralados. Incrédulos y desesperados buscamos una vía de escape para nuestra voz, para alzarla de alguna forma. Porque si callamos ya sabemos lo que viene, aunque todavía en muchos casos no lo queramos aceptar. 

martes, 25 de febrero de 2014

¿Qué más hace falta para que sea guerra?

No estoy montando barricadas. No estoy buscando escombros, ni basura para prenderlos en mitad de mi calle. Más bien estoy tratando de tomarme un café y de mantener la disciplina de no revisar el twitter por al menos media hora. Me asomo a la ventana, la calle está más sola que de costumbre, y pareciera que los sonidos de la ciudad han cambiado. Lo único que avanza torpedeado por los eventos son las redes sociales. Nuestro medio de comunicación, de información, de relación con el mundo y con el resto de los ciudadanos de este país que se quiebra en mil pedazos.

Los perseguidos, los detenidos, los torturados, los muertos. Todos están en las redes sociales. Ellos y el pánico. El pánico colectivo del que somos presa al no saber qué estamos viviendo. Porque esa es la verdad, ¿qué es esto? no sabemos. No sabemos si esto fue un levantamiento popular, si es una rebelión desarmada, si es un grito de desesperación, si es una protesta por una mejor calidad de vida con todos sus tintes políticos, si es un alzamiento, que no será en armas, porque más claro que armas no tenemos imposible, más que teléfonos, computadoras y pancartas.

Todos los días nos levantamos y no sabemos qué nos van a traer las horas. No estamos seguros de la verdad, ni de si estará en algún lugar en el medio, o en algún extremo.

¿Es el estado? ¿Es Maduro? ¿Es la Guardia Nacional? ¿Es Cuba? ¿Es que de verdad nos invadieron? ¿Son los colectivos? ¿Es que de verdad esto es una situación de vivos o muertos? ¿Es que no importa, de la noche a la mañana, una vida desgraciada? ¿Un futuro? ¿Cómo lo construimos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Quién se salva?

Estrés. Dolor. Incertidumbre. Todo en medio de una necesidad de ser fuertes, de mantenerse firmes, de vislumbrar sin saber si es un espejismo o no, la salida a una crisis que intuíamos pero en la que ni sabemos cómo entramos, ni mucho menos cómo vamos a salir. Como sociedad queremos apelar a algo, o alguien, que el mundo escuche, que entienda, que los líderes no vayan a pensar que pueden jugar así con nuestro destino. ¿Cómo se puede jugar así con el destino de alguien? Estamos paralizados, y tratando de seguir, pero como si de pronto nuestra propia vida y nuestros propios deseos fuesen algo que uno tiene que mantener clandestino. 


Es entonces cuando empezamos a entender, a valorar, lo que significa la libertad. Cuando nos damos cuenta todo lo que hemos perdido. Las vidas que llevábamos. País que se estaba quedando y se está quedando sin posibilidades, sin esperanza, sin vías, que está saqueado por malandros que roban, que matan, que van a hacer lo imposible, lo innombrable por quedarse con un poder que ya no les pertenece y con todos nuestro futuro secuestrado.

Estamos secuestrados por lo peor del ser humano. Por la maldad, la ambición y la falta de escrúpulos de unos, y por el miedo y la desesperación de otros. Nadie tiene garantías, ni derechos. No sabes hacia dónde moverte, porque estás sujeto a distintos tipos de agresión.

Nos damos cuenta entonces lo que importan los valores. Lo que no defendimos a tiempo. Lo que nos dejamos robar. Vamos viendo el peso de todos esos silencios y ausencias del pasado. Esas peleas que no peleamos porque consideramos poco importantes, o poco trascendentes. Esas posturas demasiado prudentes y cómodas.

No, esto no es el producto de dos semanas de luchas, ni de la desesperación, ni la ambición de un político. Esto es producto de años de resquebrajamiento de la moral de un país. Esto es producto de todas las colas en las que nos coleamos, de todos los guisos que toleramos, de todas las humillaciones que aguantamos, de todas las veces que nos pareció que ciertas posturas eran radicales o exageradas. Esto es lo que cuesta ser silente, y confundir la tolerancia con el miedo a decir las cosas. El no haber contribuido, ni incluido, ni prestado atención, ni haber hecho lo que tocaba para contrarrestar el discurso que nos trajo a esto. Esto es lo que pasa cuando no nos hacemos respetar. Esto es lo que le hacen a un pueblo que tiene la autoestima por el suelo.


Esto s es una guerra. Duele aceptarlo, y uno piensa que es otra cosa. Hay muerte. Hay dolor. Hay  miedo. ¿Qué más hace falta para que sea guerra?

viernes, 21 de febrero de 2014

El miedo es grande pero ¡Claro que se puede!

Parece un día cualquiera. Parece. Porque uno se levanta y hace su rutina, sale de la casa y hace lo de siempre, y pareciera que todo está normal. Basta ver a alguien a la cara y preguntarle cómo está. En las voces, en los ojos, en los gestos, sabemos que ninguno de estos días son un día cualquiera. Todos sabemos que desde el miércoles pasado aquí cada hora es decisiva. Cada acto, cada palabra, cada tweet, cada llamada, cada información, cada opinión. El problema es que estamos a ciegas, que la información no siempre es certera y que estamos seguros de muy pocas cosas.

Estamos seguros que hay un estado que se quitó la careta y que está decidido a conservar el poder a costa de lo que sea. Estamos seguros que somos un enemigo. No lo hemos declarado, porque la mayoría no somos gente de enemigos. No crecimos así, nunca lo fuimos. Somos gente profundamente democrática, creemos en la pluralidad de ideas, entonces nos cuesta, nos duele, nos ofende, que alguien esté dispuesto  a llegar a dispararnos por las nuestras. Hemos visto que se persigue el expresarlas, el defenderlas, con una vileza que sólo sospechábamos, con una vileza que creímos imposible. El odio se venía cocinando. Es más, nosotros vivíamos en una cúpula, porque hay sectores de este país que han estado sometidos a esta pesadilla por años ya, y las cifras de muertos lo comprueban. Los hechos de sangre se han masificado, pero la verdad, lo que más duele, es que no son nada nuevo. Esto sencillamente se salió de control. Es como si fuera temporada de caza, y aquí cualquiera puede ser presa. Lo único que hace falta para que te maten en Venezuela es estar vivo.

No sabemos qué hay que hacer. Muchos marchamos, porque en realidad, ya no hay otro medio para expresar nuestra frustración, pero a muchos les da miedo. Da miedo por las malas experiencias del pasado y da miedo porque ya no sabemos de qué depende el futuro. Da miedo porque ya no sabemos bien qué país defendemos. Ya casi ni sabemos qué país queremos. Sólo queremos que esto termine, y no sabemos bien qué es esto. Porque la verdad este no es el mismo país que era hace una semana, pero el país que éramos hace dos semanas, ese que fuimos en diciembre, este tampoco queremos serlo. Ese país de la tensa calma, del gobierno abusador, del vivo que se sale con la suya, del atropello que queda impune, en el que ningún derecho está garantizado, ni la vida, ni la propiedad privada, nadie garantiza nada. Vivimos como ahorcados por una mano que nos va quitando lo que tenemos y lo que somos en silencio. Ese país tampoco lo queremos.

Queremos paz, pero no sabemos cómo construirla. Porque paz no es tensa calma, ni frustraciones calmadas. ¿Cuántas veces te puede insultar el presidente de tu país sin hacerte sentir rabia? ¿Cuánta humillación puedes aguantar? En realidad, somos un pueblo muy poco violento, porque aún con todas las incitaciones al odio, no odiamos, sino que más bien estamos tratando de construir un puente para que esos que odian entiendan que en este poco más de 900.000 mil kilómetros cuadrados caben ellos y cabemos nosotros.

Ya no sabemos qué es verdad y qué es mito. Nos llegan vía redes sociales fotos y vídeos que nos sacan el aire y muchos de nosotros hemos visto el horror muy de cera, pero no sabemos qué conclusiones sacar. Lo que es peor es cuando nos enteramos de que alguien perdió la vida, o está herido, y uno ve la tragedia en los ojos de sus familiares, y por un lado uno siente una angustia, porque la verdad es que si no era en una protesta podía ser en un día cualquiera, bajo la mano de cualquiera, porque en los días normales aquí también hay sabor a violencia, porque aquí nadie está seguro en ningún lado y cualquier cosa es posible. Aquí no hay derechos, y para el gobierno no hay humanos, sólo hay soldados que lo apoyan e infectos que lo oponen. Entonces como personas, no ubicamos cuál es nuestro rol, ni nuestro alcance en todo esto. Nos cuesta mucho estar seguros de nada. ¿En quién creer?

Algunos se aferran a líderes políticos con fervor casi religioso, como si no hubiéramos aprendido nada en quince años. Como si no pudieran ser humanos, o no aciertan o nunca se equivocan. Otros se aferran a una cadena de oración, o tal vez a algún profeta. Porque eso es lo que queremos que alguien, sea por visión por una capacidad de análisis extraordinaria nos diga qué va a pasar. La verdad es que en estas cosas nadie sabe qué va a pasar.

En estos momentos nos toca aferrarnos a nuestros valores, porque por más twitter, por más Facebook, estamos rodeados y lo único que nos queda es nuestra vida interior, nuestros principios. Si creemos en la democracia nos toca defenderla. Cada quien como pueda. Estará quien marcha, quien hace una barricada, quien se ocupa de las redes sociales, quien les lleva alimentos a los estudiantes, quien hace origami y lee poemas de paz, está el que ayuda en obras sociales, el que se ocupa de los más necesitados, el que llama a la calma, el que comparte información, el que va a documentar, el que hace de periodista free lance, el que escribe, el que canta, el que cuida los hijos de quienes van a protestar, el que hace pancartas, el que grita. Todos defendemos este país como podemos. Todos somos voces y cada una cuenta.

Estamos un poco perdidos y tenemos miedo. No es para menos. Esta hora es oscura y la angustia es muy grande. Hay dirigentes presos, y pesadillas que jamás imaginamos dentro de las peores que hemos tenido se han hecho realidad. Inocentes que mueren bajo una mirada impune. Todos nuestros principios morales y democráticos por el suelo. Una parte de la población no tiene derecho a nada, mientras el gobierno tiene derecho a todo.


Tenemos que resistir. Tenemos que apelar, a la honestidad, la integridad, al coraje, a la resiliencia, al trabajo, a la perseverancia, a la tolerancia, porque de otra forma nos vamos a derrumbar. Esto es difícil pero no imposible. Nadie dijo que hacer historia era fácil, lo que pasa es que uno nunca sabe cuándo está haciendo historia, y cuando abre los ojos y se ve en el proceso el miedo es grande. El reto está en vencerlo. Uno flaquea, pero si uno apela a esos valores, puede. ¡Claro que se puede!

jueves, 20 de febrero de 2014

20 de Febrero

¿Saben lo que significa ser la generación que vio este horror? Significa que tenemos que trabajar para que las próximas no caigan esto. Significa que tenemos que asegurarnos que aquí los niños crezcan con identidad venezolana, respeto y amor por los símbolos patrios, un entendimiento de qué es la democracia. No puede suceder que un bachiller nunca haya tenido la Constitución Nacional en sus manos. No sepa qué es la separación de poderes, ni qué es el sistema de pesos y contrapesos. No que repita de  memoria Ejecutivo, Legislativo y Judicial, es que entienda por qué, esos aspectos de la vida nacional están divididos, y no pueden bajo ningún concepto recaer sobre una sola persona. Hay cosas que no se les entrega a nadie. Tienen que entender por qué el presidente debe ser de estado seglar, por qué no puede ser un religioso y por qué religión y estado no se mezclan.  Qué es el federalismo y el centralismo. Ahora más allá, de todas estas cosa sy las que faltan, sobre todo, tenemos que asegurarnos de que las futuras generaciones tengan formación en VALORES. Y si les parece abstracto el concepto les digo: ¿Qué nos queda después de anoche? La resiliencia. Sin eso, estamos ya hundidos. Hoy más que nunca apelamos a los valores. Estamos pendiendo de ellos. No es Obama, ni el líder de turno el que nos va a salvar, no es un "hombre que va a arreglar a este país", eres tú, que estás leyendo esto, aunque le des a like, y compartas, y copies y pegues, aquí en donde sea. No basta con eso. No basta con indignarse, lamentarse, criticar y tratar de adivinar qué pasó, qué está pasando o puede pasar. Hay que reflexionar y pensar realmente qué podemos aportar en todo esto. Y a todas las respuestas se llega a través de los valores. He ahí el motor de todo ser humano. Eso que nos ensañaron nuestros padres y nuestros maestros más queridos, eso que se salía de las líneas de los textos que memorizábamos, eso es lo que están poniendo a prueba en estos días. No todos vamos a dar la talla. No sé si yo pueda, lo confieso. El miedo me ha quebrado más de una vez. Nos volvemos a levantar. Finalmente, si el honor ya no es su divisa, ahora es la nuestra.