viernes, 30 de mayo de 2014

Círculo de Lectura Ama-Gi en Librería Sopa de Letras




Amigos del blog. A partir del mes de junio vamos a tener un nuevo espacio para compartir libros.  El Círculo de Lectura Ama-Gi en la Librería La Sopa de Letras.
La invitación es para que todos aquellos que quieran compartir la lectura y sus reflexiones pasen a formar parte de este grupo. Para participar deben comunicarse con la librearía y formalizar su inscripción. La participación tiene un costo de 100BsF.

El primer encuentro se hará el día Sábado 28 de Junio a las 11:30 am
El libro a discutir: Blue Label de Eduardo Sánchez Rugeles.

Librería Sopa de Letras está ubicada en la Hacienda La Trinidad en Caracas.
Teléfonos: 0212-941.9688

                 0212-9419648

Sobre temas de maternidad



Siempre digo que me voy a poner a escribir sobre las cosas que he aprendido de la maternidad. Son tantas, que termino por darme cuenta que eso no sería un post, sino más bien un libro. Entonces pienso que ya hay demasiados libros de maternidad en el mundo para sacar uno más. Información es lo que sobra. No publico los nombres de la cantidad de libros que he desechado en estos cinco años para no ser despectiva con nadie. Después de todo, a alguien le habrán funcionado. Si una cosa he ido a aprendiendo es que no podemos juzgar a los demás padres. Sin embargo lo hacemos. Lo hacemos muy seguido. Lo sé porque he tenido esas conversaciones en que alguien te mira sorprendido cuando haces o dices algo a tus hijos. Desde el horario de las comidas, la rutina del sueño, o tu manera de ser inquieta o tranquila frente a ciertas situaciones. Entre las cosas que aprendes cuando eres madre es que siempre habrá alguien que piensa que lo estás haciendo mal. Además ese alguien te lo hace saber, a veces de una forma no necesariamente sutil, ni constructiva, y la mejor parte es que tú no le has preguntado. (Eso no quita los consejos que me ha dado mi familia más cercana, con amor, sobre mis hijos, tomando en cuenta mis sentimientos y reconociendo que yo hago lo mejor que yo puedo como madre, y que al final del día son mis hijos y el cómo los crío es algo en lo que sólo una persona en el mundo puede opinar realmente: su papá).

A lo largo de cinco años he tenido todo tipo de conversaciones sobre maternidad. Esas conversaciones generalmente tienen que ver con la mecánica del asunto. Los teteros, el coche, la cuna, cuándo y cómo se duerme, qué come, qué colegio. De vez en cuando he tenido algunos intercambios con una madre desesperada que no se halla en el nuevo mundo de la maternidad, esa que no entiende cómo de la noche a la mañana no tiene vida, no puede dormir corrido, ni comer en paz, y tiene que sentirse culpable por haberse sentido bien esa tarde que finalmente alguien le cuidó los niños y estuvo sola haciendo lo que le vino en gana, la tarde con las amigas, en la peluquería o simplemente leyendo un libro. Alguna me ha confesado algo que he hecho yo misma, que salió a hacer una diligencia y tomó el camino más largo para regalarse un rato de escuchar música en el carro o caminar por una tienda sola y pensar en cualquier cosa menos en niños.

A veces veo que no hay balance. Noto que se nos exige demasiado. Ciertamente hoy en día las madres tenemos más de psicólogas que nuestros padres. Es la sobredosis de información. No quiero usar la palabra sobredosis como algo exageradamente negativo, ciertamente ayuda esta nueva forma de criar, en la que las cosas se explican, se razonan y uno tiende menos a los métodos tradicionales de las nalgadas y los castigos. De hecho hay quien te mira como si estuvieras criando a un futuro asesino en serie si castigas, o si pierdes la paciencia. Porque hoy en día numerosos estudios han determinado que perder la paciencia no es de buenos padres. Tal vez sea de humanos, pero es que me he dado cuenta que para mucha gente ser padre es dejar de ser humano.

¿Cómo entro yo en esta ecuación?¿Qué es lo que realmente le quiero enseñar a mis hijos? Me lo he preguntado infinidad de veces. No sólo eso, he pasado noches, madrugadas, retorciéndome en la cama sintiéndome culpable por ser cómo soy. Sí. Lo admito. Porque me gusta dormir sola en mi cama y resulta que ahora lo ideal es el tan nombrado “colecho”, es decir, el haber hecho que mi hija duerma sola en su cama, y mi hijo en su cuna, me hace una mala madre. Ni hablar con la lactancia. Di seis meses, y esto me lo dijo una doctora, con su título, su institución, sus clientes, sus fans, que seguramente procederán a escribirme toda clase de mensajes contradictorios a la crianza amorosa que predican, “no entiendo ¿por qué le hiciste esa maldad a tu hija?”.  Usó la palabra "maldad" porque yo a los seis meses de pecho exclusivo dije un día no puedo más. La culpa por eso me duró unos veinte minutos. Lloré. Vi a mi segundo hijo y me dije que le iba a dar pecho todo el tiempo del mundo, hasta la universidad si era necesario. Me veía en los pasillos de una escuela de derecho o medicina con los teteros encima, porque cuando te sientes culpable ningún extremo es malo. De pronto me dije,  “yo soy una heroína”, porque he podido hacer mil cosas con mi vida, sin embargo, día tras día, noche tras noche, me senté y pegué mi hija a mi pecho para darle lo mejor de mí. Incluso, a veces lo mejor de mí es pensar en mí misma, ¿Por qué le voy a dar algo con rabia, con flojera? ¿Con quién tengo que cumplir realmente? Me dije, la maternidad es muy larga y no es sólo lactancia.

Claro ahora que ya es más grande los temas son otros. A mi hija no le gusta peinarse. Lo que quiere decir según algunas personas que algún psiquiatra la recibirá algún día, confundida y trastornada porque yo no la quiero obligar a hacerlo. Cuando digo que no la quiero obligar a hacerlo aclaro, hemos llegado a un acuerdo, ella sabe que a ciertos lugares tiene que ir peinada. Al colegio, a las fiestas, en navidad, cuando su mamá se lo pide con dulzura, o se lo exige con impaciencia, lo reconozco, no siempre hay tiempo para la negociación estilo ONU. Y no es porque sí, yo le digo que a veces uno se peina y se viste de cierta manera para demostrar con la imagen que a uno le importa ese lugar, o esa persona, es una cuestión de respeto. Sin embargo, hay otros momentos en que puedes ser más libre, y si te sientes bien con tu pelo al aire, pues puedes ser tú. En el parque, en la casa, en casa de tus abuelos, en la playa, comiendo helado, en la plaza montando patineta, sobre todo con tus amigos, tu familia, la gente que te quiere, te quiere como eres. Siempre tienes que buscar un espacio para ser tú.

Y por cosas como esta llegué a pensar esta mañana que discutimos muy poco sobre las cosas que realmente importan y el por qué de ciertas decisiones y actitudes. La gente te ve feo porque no peinas a la niña, o te lo comenta, o dicen que es por mí. Sí, yo tengo el pelo rulo y lo dejo al viento y es una melena que hace que mi propia madre me diga ¿por qué no te peinas? Sin embargo ella lo deja hasta allí. No me juzga, ni me critica porque sabe una cosa, que al final lo importante es la autoestima, que nada ganamos de quebrar a nuestros hijos. Me encantaría llenarle a mi hija la cabeza de trencitas y lazos, pero no voy a hacerlo a costa de su autoestima. Para mí lo importante no es cómo se peine hoy, sino que ella ame su pelo el día de mañana.

Me parece que no hablamos suficiente de los adultos que van a surgir de todas las actitudes que como padres tomamos hoy en día. De esa sobreprotección y estrés por bacterias y comentarios que hizo tal o cual niño en el colegio. 

Quiero pensar y discutir menos sobre PegPerego, pañaleras, placenta y pezones, y más sobre cómo vamos  a hacer para que nuestras niñas no sean aplastadas por sociedades que se engañan diciendo que ya no son machistas. Quiero hablar sobre cómo enseñarle a mi hijo que el día de mañana tiene que tener una socia, una compañera, una amiga, una pareja, que por el hecho de que sea de otro género no implica que sea inferior a él. Quiero que mis hijos abracen la diversidad, de razas, de pensamiento, de orientación sexual, de nacionalidad, de estilo de vida. Nada del absurdo de que la tolerancia es ignorar al otro, él no se mete contigo, y tú haces como que no existe. Eso no es tolerancia, es una forma muy sutil de anular a alguien y desarrollar complejos de superioridad. Lo he visto pasar, nadie me lo contó. Quiero hablar sobre cómo hacer para criar niños conscientes del planeta, de la responsabilidad social, de que tienen que luchar por sí mismos, pero sin olvidar que son parte de un colectivo, que hay que ser generosos y justos, y devolver a la vida tanto de lo que nos ha dado. Quiero que sean honestos, sobre todo honestos, consigo  antes que nadie, pero también con sus amigos, sus familiares, su colegio, su país. Quiero que sepan el valor del trabajo por encima del valor del dinero. Que sepan que a lo único que no se renuncia es a los principios. Cómo hacemos para no caer en el materialismo exacerbado, en el culto a las marcas. Quiero que sepan que de nada sirve tener un carterón o un carrazo o un apartamento de lujo si no te lo has ganado, si tu entorno se cae a pedazos, si no sales todos los días a hacer algo que deje un mundo mejor cuando caiga la noche. Quiero hablar sobre cómo criar gente de pensamiento crítico, de criterio propio, seguros de sí mismos sin ser soberbios. La inteligencia de desarrolla, y a veces pensamos que es sólo enseñarlos a contar, o matarnos haciéndoles las tareas para que saquen las mejores notas, comprándoles los mejores juguetes para sean parte de un grupo de amigos y no se aíslen ni se queden afuera. ¿Dónde están las lecciones que realmente importan? ¿Dónde hacemos el carácter? ¿Con qué herramienta los preparamos para el lado difícil de la vida?


Como padres lo único que podemos garantizarle a nuestros hijos es su formación. Ni la felicidad, ni la estabilidad económica. La inteligencia en todas sus formas es lo que tenemos que desarrollar en ellos. El resto son cosas que no se pueden obviar, y que tienen su peso, como todo. Sin embargo, al final tiene que haber un equilibrio, pero veo que no hay balance y estamos dejando afuera lo importante. 

miércoles, 28 de mayo de 2014

Johnny Rica: el hombre libre

Anoche un joven de 23 años se quitó la vida. Johnny Rica. Había recibido un balazo de parte de colectivos en una protesta, y le dijeron que quería inválido el resto de su vida. Sólo quien ha pasado por eso podría imaginar la desesperación que genera un golpe como ese. Johnny salió a luchar porque era un hombre libre. Lo digo en el contexto de la película Los Hombres Libres la cual vi a hace poco. Me recuerda al protagonista, porque estos eran los hombres que en la segunda guerra mundial eran libres. Es decir, no eran los principales perseguidos del Nazismo, aún así arriesgaron sus vidas por los demás cuando entendieron que bajo un régimen que oprime y discrimina a uno, tarde o temprano vienen por todos. Hombres que se vieron en el espejo de la humanidad.

Yo no sé cuáles eran las circunstancias de Johnny. No sé qué estudiaba, no sé si tenía novia, si tenía familiares fuera del país, si a lo mejor alguien le ofreció una beca, o si como a tantos de nosotros alguien le dijo, “mira Johnny ¿por qué no te vas del país?” o “Johnny, no te arriesgues que a esta gente no le importa tu vida”. No lo sé. Sólo sé que Johnny era un hombre libre, que impulsado por el motor de su consciencia y sus sueños salió a luchar. Tal vez quería ser un líder político, tal vez algunas de sus ideas eran controversiales entre sus compañeros, tal vez era tenaz y soñaba con tener una empresa, o en ser escritor, como yo. No lo sé. Era y eso para mí es suficiente. Alzó su voz, luchó, se puso allí en un frente en donde muchos de nosotros no hemos estado por distintas razones, o sí hemos estado y hemos salido huyendo, ilesos en lo físico, pero despavoridos, confundidos y profundamente marcados ante lo que nuestros ojos han visto. Una saña y un odio materializados en detonaciones, detenciones, golpes, torturas, gas, insultos, gritos. Lo peor del ser humano bajo un equipo anti motín que irónicamente fue pagado con nuestro propio dinero, ese que ha podido salvarle la vida al propio Johnny.

No dejo de pensar  que tal vez su decisión fue un ataque de lucidez, de esa pavorosa y cruda. ¿Qué futuro tiene una persona con una lesión como esa en este país? ¿Cómo se mueve alguien en silla de ruedas por nuestras ciudades si cuando sobre dos piernas fuertes siempre estamos en riesgo y sorteando obstáculos que a veces parecen imposibles? ¿De dónde saca los insumos para su condición? ¿Cómo harían sus padres para costear todos los cuidados que necesita? Si es que sus dos padres están vivos, sanos, tienen empleos, y no han sido también víctimas de esta hambrienta maquinaria que traga prosperidad y defeca dolor y pobreza.

¿Qué le esperaba a Johnny en este país? ¿En qué iba a trabajar? ¿Cómo iba a llegar a ese trabajo? ¿Con qué objetivos? Tal vez terminaría en la economía informal, o siempre dependiendo de algún pariente lejano y del gobierno, sabiendo además que jamás llegaría una ayuda del estado por dos razones: 1. Porque la ayuda del estado si llega, sólo le llega al que piensa de una forma. 2. Porque la ayuda del estado es una ilusión.

La desesperanza y la oscuridad se han apoderado de nosotros. Se nos agota la resiliencia, y si nos pasa a quienes estamos bien, no quiero, no puedo imaginar qué sucede con alguien a quien la cae una tragedia como esa.

Yo creo que Johnny no se quitó la vida. A Johnny se la quitaron. Tal vez desde el punto de vista criminológico y penal esa afirmación sea debatible, pero no desde el punto de vista moral e histórico. Es más, me pregunto cuántas otras personas en circunstancias menos graves han hecho lo mismo, acorraladas por el sentido de angustia, de ansiedad y desesperanza de un país que ya no ofrece presente, ni futuro, en el que incluso el pasado ya han comenzado a borrarlo, a difuminarlo, a plagarlo de culpa y de atrocidades en las que estamos envueltos pero que no cometimos. Cómo hace para lidiar con la impotencia el que trabaja, suda y sueña cuando ve que el primer ladronzuelo se hace rico, y que además llena de bufones su corte. A mí me llena de dolor y de rabia, para quienes han perdido todo deben ser emociones en un grado devastador.

A Johnny no sólo le invalidaron sus piernas. También su corazón y su mente. Y eso pasó hace mucho. Pasó el día que comenzaron a llamarlo escuálido, majunche, apátrida, muchos lo han tomado a risa, y hasta se han hecho franelas. Como si haciendo caso omiso de una humillación uno pudiera borrarla, pero de tanto repetir que somos menos que humanos y que no tenemos ningún tipo de poder en nuestra vida terminamos por creerlo. Y de un día para otro nos aplasta la mente un estado que no perdona al que sueña, al que piensa, ni al que aspira.

Johnny. El hombre libre. El que con toda su fuerza y su persona, sus sueños, lo arriesgó todo por un país en el que se le permita a la gente al menos creer, no sólo en un dios, en un político y en un destino, sino en sí mismos, como ciudadanos, como profesionales, como personas. Lo arriesgó y perdió todo.


Creo que hoy no hay que pensar sólo en lo que se llevó a Johnny, sino en lo que ha dejado. El heroísmo no está en la muerte, sino más bien en la vida. En la decisión pequeña, en ese momento en el que de pie frente al mundo te das cuenta de lo que significa ser un hombre libre y hasta dónde llega tu libertad, sobre todo cuando quien está a tu lado es oprimido. Yo sé que no es consuelo, que cuando un golpe como este llega todos nos sentimos quebrados, sobre todo quienes tenemos edad para conducir el país y hacer cosas de impacto real y profundo. No quiero imaginar sus padres, amigos y familiares, el deslave moral y de oscuridad que se viene sobre ellos. No es a modo de consuelo, sino a modo de buscar la forma de salir adelante e intentar que esto no siga pasando, que insisto en la luz, en que al final no es la muerte lo que cambia el mundo, es la vida. Es lo que Johnny fue en vida. Es lo que nos ha dejado lo que debe marcarnos, la responsabilidad de usar nuestra libertad para reconquistar el futuro que se nos va de la manos.

viernes, 23 de mayo de 2014

Reflexiones de una mañana



Suele suceder con las frases más trilladas, las que se vuelven parte del imaginario popular, refranes y hasta textos de autoayuda que uno les pasa por encima y las desprecia. A veces, uno, desde su pedestal de lectura se olvida que en las palabras más sencillas también hay lecciones profundas. Lo digo porque esta mañana una vez más, entre el primer café y el caos que siempre supone sacar niños para el colegio, mientras trataba de planificar el día y mantener a raya el malhumor pensé que algún día veré estos momentos con otros ojos.

Me puse a pensar en que todos escogemos en cierta medida nuestro infierno. Me puse a pensar en mi rol. El que asumo, el que quiero llenar, el que me he propuesto, el que la sociedad busca con todas sus garras imponerme. Yo lo he dicho antes, me parece un fiasco la liberación femenina. Creo, sobre todo en esta sociedades latinoamericanas, que es una gran estafa que nos han vendido a fin de meternos en una jaula más grande. Como mujer a veces me cuesta mucho ubicar mi lugar y el equilibrio entre lo que sueño y lo que me toca ser.

No es sencillo lo que nos ha tocado. A veces pareciera que el mundo nos queda grande, otra que es demasiado pequeño para lo que queremos. Llegan días en los que uno lo que quiere es desdoblarse. Hay tantas cosas por hacer. Hay tantas exigencias. La casa perfecta. Los hijos, con toda una lista de tareas, de momentos, de espacios, de actitudes, cada expresión cuenta, cada palabra, cada movimiento que hacemos juntos. Te das cuenta que el cordón umbilical es de acero e infinito. Está ligado siempre. Todo lo que hacemos cuenta en el futuro de nuestros hijos. Incluso el tiempo que no estamos con ellos. La independencia, el ejemplo, son parte clave de la formación. Está la carrera. Las metas. Los sueños. Los hobbies. El placer. Ese documental que está tan polvoriento, esperando que la curiosidad y la pasión finalmente venzan la rutina. 

Pienso en la cantidad de información que nos llega a diario. Artículos. Libros. Páginas especializadas que nos dicen cómo vivir, qué hacer. Otras que intentan darle orden y en algún lugar están las historias de ficción la literatura, que trata de tomar la vida y plasmar lo que está en el alma de alguien que escribe, lo que observa, lo que quiere lanzar al mundo porque siente que tiene que decir algo. Puede ser mi caso. Mi manera de ver todo esto. Me pregunto si mi primera novela lo ha logrado, aunque es en realidad la segunda. Me doy cuenta que he dejado una infinidad de temas sin tocar, a medias y que hay una cantidad de búsquedas y preocupaciones latentes. Como la memoria, el tiempo y este papel tan difuso de la mujer. Esto de ser descendiente de Eva pero a la vez sentir las ganas de latirle en la cueva a Adán. De querer borrar el mito de la inferioridad, la culpa y la deuda y cambiarlo por el de la complicidad, la sociedad, que no la igualdad, pero si la equidad. El balance. El equilibrio. El punto de encuentro en lo humano.


No son tiempos sencillos en ningún aspecto. Pienso en esos refranes y dichos, algunos como, la vida es una sola. Es tan obvio que casi resulta un insulto, salvo que uno esté dejando cosas por vivir para las reencarnaciones, si es que cree en eso, la vida se transita una sola vez. Ya no regresas a la infancia, por más que te conectes con esa parte de ti mismo y que no renuncies a parte de tu inocencia y a la sencillez de la vida. Ya no vuelves a la adolescencia, por más que seas rebelde y arriesgado. Ya no tienes veinticinco, y treinta y cinco es una edad que tiene su fecha de caducidad y no volverá. Entonces pienso en que hay un rol que asumir y no sé bien cómo definirlo, pero tiene que ver con darse una pausa y respirar y disfrutar todo lo que es. El aquí. El ahora. El hoy. Porque este día no vuelve. El cielo está más azul que nunca, y en vez de seguir corriendo me voy a dar una hora para hacer algo que amo y reconectarme con esa parte de mi ser que me permite dar lo mejor de mí misma. En todo. Incluso en aquellas cosas que todavía no entiendo bien, pero mi corazón me dice que tengo que hacer.  

jueves, 22 de mayo de 2014

Buscando cómo publicar


Estoy buscando cómo publicar mi libro. En eso se resume mi actividad de esta semana y a lo que me dedico de ahora en adelante. Es la primera vez y la verdad tengo un montón de dudas y aún no veo claro cual es el mejor camino. Digamos que tengo dos opciones, buscar una editorial que lo haga por mí, hacerlo por mi cuenta. Cada opción tiene sus ventajas. Pienso que la segunda, para mucha gente, es como el parto por cesárea. Algo que no quieres hacer, que parece anti-natural, que se deja como último recurso, que además no te hace “realmente” escritor porque no es que alguien vio tu trabajo se enamoró y pasaste a ser parte de una empresa grande. Además, no tienes el input de todos los profesionales que trabajan en una editorial grande, y que entre todos los departamentos afinan todo lo que implica un libro. Edición. Producción. Publicación. Mercadeo. Promoción. Distribución. Si lo publico por mi cuenta todo eso queda de mí. Cosa que también puede ser una oportunidad.

Debo confesar que hasta hace una semana la segunda opción me parecía algo que iba a considerar en artículo mortis. Ahora mientras más lo pienso, más me atrae no sé por qué. Incluso dentro de la auto-publicación hay distintas opciones. Hay editoriales independientes que ayudan en este proceso, y que hacen el autor partícipe. Es decir, no lo tengo que hacer yo sola por mi cuenta, sin la ayuda de alguien que sepa y conozca el negocio. También está otra opción que es buscarme un socio. Cosa que ya la he conversado con alguien con quien creo me iría muy bien porque es una persona que tiene los pies bien puestos sobre la tierra.

A pesar de que estoy considerando la auto-publicación no he dejado de pensar en un buscar una editorial. Es decir, voy a tocar todas las puertas posibles. Ya he escrito a un par de editoriales que me han dicho que en este momento no están recibiendo manuscritos, así que sigo adelante, buscando otras. Mientras tanto sigo pensando en mis opciones y diseñando un plan de trabajo y de edición de mi obra con la ayuda de varias personas que han venido a enriquecer este proceso. Desde un lector – tú sabes quien eres – que ha pasado a ser “mi lector”, hasta mi mamá a quien hoy le voy a entregar finalmente la copia impresa. Mi mamá, uno de mis grandes apoyos en todo esto, que  está como loca por leer ese trabajo. Ya veremos qué dice.

Esta semana ha sido muy emocionante. Finalmente tengo la sensación de haber culminado, al menos esta etapa del trabajo. Estoy contenta con el resultado. Es un impulso para seguir adelante y continuar creando. Siento que tengo una cantidad de cosas dentro de mí, de historias, personajes, situaciones. Me he sorprendido a mí misma con todo lo que he avanzado y aprendido en este proceso, y estoy muy agradecida con quienes me han ayudado.


 Les iré contando conforme vaya adelantando trámites. Aunque todavía falta, cada día está más cerca el día en que podré decirles dónde pueden conseguir mi novela. ¡Qué emoción!

martes, 20 de mayo de 2014

Niños y Televisión



A mi hija mayor no le gustó la televisión hasta casi los dos años y medio. Siempre fue muy activa y la pasividad de sentarse a ver el televisor no la cautivó hasta esa edad, cuando por fin descubrió lo que era dejarse llevar por las imágenes y ver la historia desarrollarse frente a ella.

Hay cosas muy buenas en la televisión. Descubrimos juntas todos estos canales destinados a niños. Algunos programas no sólo están bien diseñados, sino que es un placer verlos. Otros, son tontos, tienen mensajes tan moralizantes y buenos y subestiman tanto a los niños que me provoca patear el televisor. Esos no me importan tanto. Mis hijos no los ven porque no les interesan y yo les respeto su decisión. Tienen la libertad de cambiar de canal. Sin embargo hay algunos que sí les llaman la atención y que yo los veo y francamente no los puedo soportar.

Son tontos. Agresivos. Las historias están llenas de tópicos que lo único que logran es afianzar una cantidad de estereotipos que lo que han hecho es dañar el mundo. Me doy cuenta que cuando por alguna razón mi hija ve esos canales, o ve televisión por mucho tiempo, su comportamiento se ve afectado. Contesta. Se pone inquieta. Más contestataria de lo que ya es por naturaleza.

Me impresiona a veces el magnetismo de la televisión y lo que atrae a los niños. Lo peligrosa que puede llegar a ser si los padres no nos damos cuenta. Pueden pasar horas y a veces uno por comodidad deja que pasen. Porque es más sencillo que no moleste, esté tranquilo, no ensucie, no invente y esté sentado viendo algo que creemos que es bueno porque pertenece a Disney. En el fondo son mensajes positivos. Eso pensamos.

En estos días quité la televisión justamente por el mal comportamiento. Además lo hice un día crítico. El domingo. Generalmente los domingos los dejo ver televisión porque estamos al menos parte del día en la casa. Es más fácil. Puedo hacer desayuno con calma, a veces incluso, logro leer algo más de dos páginas en vez de estar encima de ellos intentando inventar algo para no aburrirnos dentro o fuera de la casa.

Cuando impuse la sanción, sinceramente pensé que no lo iba a lograr. Sabía que me había metido en aprietos, pues peor que la televisión sería retractarme de la sanción. No me que quedó más remedio que hundirme con mi barco. Es más, mi hija, desde que se levantó me dijo, sé que  hoy no hay televisión. Así que las dos lo asumimos, el pequeño aunque no tenía por qué sufrir las consecuencias también se vio afectado. Una mañana sin pantallas en la casa.

Rompecabezas. Juegos. Cocina. Ratos de juego juntos. Ratos por separados. Le pusimos las pilas a los juguetes que las tenían gastadas. Sacamos el tren. Sacamos el lego. Leímos cuentos. Usamos una arena muy divertida. Regamos la planta que sembramos juntos. Abrimos un juguete que estaba en la caja, un piano, y ellos decidieron formar una banda. Cantamos. Luego jugaron un rato solos. Cada quien con sus muñecos. Pelearon. Volvieron a mí. Sacamos un pequeño juego de pesca que ahora es la fijación de mi hijo pequeño. Hasta que sin darnos cuenta uno estaba agotado, era la hora de la siesta y dentro de poco la de salir a hacer algo al aire libre.

El comportamiento cambió de inmediato. No. No es una exageración. De verdad la televisión, la pasividad y la agresión de ciertas imágenes hace un daño. El tema no es sólo, “condenar la violencia en los programas de televisión”, echarle la culpa a los canales y las operadoras de cable y demonizar le televisión. Creo que hay que preguntarnos qué papel jugamos en todo esto. Cómo y para qué somos padres. No existe una fórmula y no todos tenemos ni el tiempo, ni la paciencia para sentarnos horas con ellos. A veces todos necesitamos un descanso. Pero sí creo que nos toca revisar las opciones. Escoger los programas. Porque hay maravillas. Hay cosas sobre naturaleza y hay películas que son obras de arte. Incluso las comiquitas viejas, La Pantera Rosa y Tom & Jerry, que tal vez tengan uno que otro episodio que no vaya con lo políticamente correcto que es el mundo hoy en día, pero que es mucho más ligero que algunos programas de un canal como Disney XD, una de las peores cosas que he visto jamás.

No es fácil. Sé que en un futuro me voy a enfrentar a la realidad de tener que censurar de una forma más directa. Claro, que no por eso tendré que hacerlo de frente y sin inteligencia. Sólo quiero que mis hijos tengan otras opciones, otras oportunidades, después de todo, educarlos es un esfuerzo tan grande, que a veces da dolor ver como la sociedad trabaja en contra de nosotros y como esto es un trabajo de remar contracorriente.


Pienso en los valores que quiero inculcarles y en la clase de personas que quiero que sean, pero sobre todo en la mamá que quiero ser. Más días soy la que no quiero ser, pero voy a seguir intentándolo. Espero al menos que busquen su identidad y su desarrollo más allá de una pantalla de televisión que lo único que hace es vender imágenes que distorsionan la realidad. Es ahí cuando viene el problema cuando deja de ser esparcimiento y entretenimiento y pasa a ser sustituto de otras actividades. En todo caso, incluso para esos momentos, programas buenos también los hay, sólo hay que buscarlos.