lunes, 5 de enero de 2015

Sin pedir nada a cambio

Finalmente llega el plato que tienes esperando más de cuarenta minutos. Te morías de hambre, querías tomarte algo, pero como estás con tus hijos tampoco es que te puedes meter en la botella, pero si te vuelves a servir antes de que te traigan la comida vas a terminar diciéndoles ¡quédate quieto! con palabras arrastradas. La típica orden del que no tiene ni idea, o esperanzas fútiles, porque después de varios años de práctica ya sabes que decirle a un niño ¡Quédate quieto! es como ir a la playa y decirle al mar, mira te podrías tranquilizar un rato para yo meterme, es que prefiero un plan tipo piscina pero me da asco el cloro. No sirve.

Cuando por fin llega tu plato y estás saboreando el quinto o sexto bocado salen de la boca de tu querubín las palabras que hacen que las tetas se te metan de nuevo dentro de tu pecho: pipí. Entonces te tienes que parar, lidiar con un niño pequeño en un baño público, “no toques nada, no te sientes, no mires a la señora, no hagas ruido, apúrate”. El olor, el sucio, la lavada de las manos, retumba en tu cabeza el comentario del amigo que es un fanático de la limpieza que no toca la manilla de la puerta, ni el grifo, ni la servilleta, ni el secador de aire, que aguanta la respiración porque parece ser que hay un virus de baño público. Eres una mezcla de Atracción Fatal con Histeria. Y finalmente cuando te sientas el plato está frío, o los demás se distrajeron y el mesonero se lo llevó. O ya no te provoca.

Y quieres gritar. Porque se para de la mesa, se mete debajo de la silla, te jala un brazo, y metes la manga en la comida del que está sentado al lado tuyo. De la otra mesa te miran con una cara, tú sabes qué cara es, la cara de: “qué clase de padre…”. Y entonces ya no sólo eres mala madre porque tu hijo se medio sentó en aquella poceta infecta de la octava plaga de Egipto, sino que lo llevaste a un restorán y además estás tentado de sacar el iPad, y de otra mesa te ven como que tú y la tecnología son el fin del mundo, porque no se hablan. Por tú culpa, por madres como tú es que las máquinas van a dominar a la humanidad. No sabes de orden, ni disciplina, ni corazón, ni aguantas la bebida, esa es la conclusión de la noche. 

Mientras caes agotada en tu cama, en tu cabeza dan vuelta las miradas y los consejos. Te preguntas, ¿cuándo volveré a comer con calma? En serio con calma. Y no sólo eso, te preguntas cómo es que has fallado como padre. Seguro viste de reojo otro niño en el local que no se paraba de la silla, y creíste escuchar que participaba en una conversación sobre el Fondo Monetario Internacional, en serio, mientras los tuyos aún se sirven jugo solos y hacen un desastre, y tú limpias, y recoges, haces mil trabajos que pareciera que nadie le importan, hay niños índigo, y está Juanito el que jamás se equivoca, y tú, un carnaval de error tras error. Y eso que has leído los libros, y en un momento hasta llegaste a confiar en tu instinto, pero lo tiraste a la basura porque leíste un artículo o alguien te dijo que mejor hicieras esto o aquello.

Te preguntas, ¿qué haces mal? Será la televisión, las clases particulares, será tu estrés, tu agenda demasiado ocupada o demasiado libre. Exceso de atención, o más bien la falta. Será que todo se fue a la mierda porque diste demasiado pecho o más bien no fue suficiente. O fue aquel día, cuando estabas hasta el tope, en un país de mierda, el proyecto en el suelo, tu pareja te reclamó y tú gritaste, no una sino varias veces, y cuando te fuiste a dormir te sentías como una mierda, te mirabas al espejo y ni te reconocías, y los abrazaste y les pediste perdón, pero no sirvió de nada porque ya no eras la madre perfecta. Porque en algún momento del día, todos los días, la cagas hasta el infinito y dañas a tus hijos. ¿Será eso?

Es increíble como los padres nos flagelamos.  Qué gran cantidad de información de mierda, de presión, de stándares absurdos. Qué formas de volver la vida un laberinto, minado de cosas que realmente no importan. Al fin de este año me di una buena mirada, ¿Qué mamá soy? ¿Qué mamá quiero ser? ¿En qué me tengo que enfocar?

Me di cuenta hace unas semanas que lo que hacemos como padres a veces es muy cortoplacista. Nos preocupamos muchísimo por el hoy, pero sin conectarlo con mañana. Nos preocupamos mucho por la tarea y por el colegio, y por la disciplina, pensando en qué va a pasar en una noche, o a la mañana siguiente, o a fin de año, pero poco en cómo afecta lo que le enseño al hombre del futuro, a la mujer que me gustaría tener frente a mí mañana. En realidad, el trabajo que hacemos tiene que estar dirigido a una meta a largo plazo.

Me di cuenta que venía tratando a mis hijos como si yo fuera personal de un hotel. Comida. Habitación. Entretenimiento. Y al final menos contenido del que uno piensa.
No es fácil asumir la entrega que requiere la maternidad. Es más, a veces es realmente agobiante y no debe uno sentirse culpable por tener momentos en que lo que provoca es salir corriendo. No es sencillo abrir la mente y el corazón como lo exigen los hijos, sobre todo en un mundo que nos exige tanto, que nos pide tanto, que siempre nos da una mirada de superioridad, en la que a diario algo te recuerda que una parte de tu vida no es suficiente, porque o no eres suficientemente exitosa, o no estás suficientemente buena, o no simplemente no impresionas a nadie. Este es un mundo que está empeñado en tumbarnos la autoestima palo tras palo. La gran lucha es criar hijos que se quieran lo suficiente a sí mismos sin caer en la egolatría. Y de pronto te das cuenta que la clave está en los valores, que darle todo a un hijo no es cuántos peroles le puedes comprar, sino cuántos valores estás sembrando en ellos para que salgan adelante.

Como mamá quiero ser un refugio, una fuente de cariño, quiero que tengan a alguien en quien confiar, una mirada de complicidad y seguridad. También a alguien firme, porque el amor no es todo complacencia, el amor también pone límites. Me doy cuenta que en el fondo no soy la directora de sus vidas, soy más bien una guía y una compañía. La vida es una travesía, y tiene sus etapas, nosotros los estamos acompañando, pero no nos toca vivir la vida por ellos, y es delicado, porque a veces, sin querer, si no prestamos suficiente atención podemos terminar pisándolos, arrimándolos y obligándolos a lo que nos conviene y no a formarlos, ni a dejarlos ser, porque está en nosotros respetar su esencia, que es al final la clave para enseñarles el amor.

El amor también se enseña, y el primer amor no es tal o cual fulano o la amiguita de no sé dónde, es uno mismo.   


Sé que si bien tengo derecho a un espacio, a mi vida, a seguir desarrollándome como mujer y profesional, el amor de madre, y lo que al final une y mantiene una familia es el amor que no pide nada a cambio.

Y esa es mi resolución final de año nuevo: amar sin esperar nada a cambio.


A ver cómo me va.