jueves, 29 de enero de 2015

Sobre el uso de armas mortales

En quince años, después de más de doscientas mil muertes, hemos aprendido todas clase de violencia. Hemos aprendido la verbal, la psicológica, la pasiva, sí esa que viene como el lobo en La caperucita roja, que cuando te le acercas y le tocas la cara te contesta ¡para comerte mejor! Nos han comido, nos han desagarrado miembro por miembro en un proceso que ha terminado por devastar un país que tenía no sólo todas las posibilidades, sino todas las ganas.

Llevamos quince años de carabina en la nuca. Todos. Desde el empresario, hasta el trabajador, el empleado público, el político, el luchador social, el abogado, el médico, el periodista, el ama de casa, el artista, el desempleado. Todos estamos a merced de este régimen, sea porque necesitamos un certificado para importar y vender lo que sustenta nuestro negocio y hogar, o porque necesitamos un documento tan vulgar como una cédula. Un juez aquí ya no es juez, es un burócrata más que sella y firma papeles según lo que le manden.

Para el ciudadano ahora incluso la comida pasó a hacer un trámite público. Casi como un pasaporte. Ya no es cuestión de que usted quiere y necesita espinacas, si usted las quiere comprar depende de cómo están regulados desde los precios hasta la cantidad que puede comprar. Cuándo. Cómo. Bajo qué condiciones. Todo es un trámite y todo depende de la circunstancia que decida el régimen. Ni el comerciante, ni usted. No es culpa de quien se la vende, el que se la vende está tan atado de manos como el consumidor. Tarde o temprano vendrá el estado a decirle que la forma como él vendió era un delito, porque sí, porque le conviene y la ley de que no hay ley lo ampara. Porque puede matar aunque no sea soldado y no haya protesta. Porque en una dictadura vivir es en sí una forma de protesta. Querer algo es una forma de protesta. Aspirar, desear, y ni se diga pensar son formas de protesta. Menos masivas y llamativas, pero que igual son castigadas, con este tipo de armas. Sí, usted tal vez no marche, pero cuando se le antoja Harina PAN y no se resigna a hacer cola, es más se molesta, usted protesta.

La Guardia en los mercados no está para el orden, ni para la repartición. Tal vez para algo de corrupción para declarar el fin de la cadena productiva y el comienzo de la cadena represiva. Todos queremos pensar que esto es producto de la idiotez y la improvisación, pero no lo es. Esta debacle es el uso de un arma mortal que es tan exportada como un Kalashnikov y que tal vez no funcione con pólvora sino con algo mucho más sutil pero que al final genera los mismos sentimiento: miedo e impotencia. 

Una forma más clara de ver esta violencia está en los medicamentos. Porque al fin y al cabo, a punta de resiliencia si el azúcar es lo que falta entonces uno le pone dulzura mental a la amargura que siente en la lengua. Después de un tiempo uno desarrolla una fuerza psicológica bestial para adaptarse a toda la basura que le toca vivir. Por esto es que yo creo que después de esto los venezolanos nos convertiremos en gurús de la autoayuda, somos capaces de ver cómo bueno cosas que flotan en un océano de porquería, de putrefacción y muerte.

La tragedia con los medicamentos es que el poder mental y la mente positiva tienen sus límites. Si uno tiene una infección hay que combatirla con antibióticos. Uno se puede rezar un cadillo, una culebrilla y puede que funcione, pero lamento decirlo, – y no es por tumbarle el negocio a los brujos, ni el empuje a los grupos de oración- pero no se reza un cáncer, ni una alergia severa, quien necesita catéter, pues lo tiene que tener. Porque de vuelan vuelan, pero de que curan curan. Hay gente que ha muerto de mengua. Sí. En el cementerio ya hay una población que ha podido salvarse de haber tenido los recursos necesarios. Es una tragedia como una bomba.

El Ministerio de la Defensa puede decir lo que quiera. Puede dar todo el permiso del mundo a que soldados y fuerzas de un orden que funciona en pro del caos dispare contra nosotros. Aquí tenemos para escoger tragedia. Aquí la muerte ya no es algo que llega, ni que te sientas a esperar, sino que esquivas todos los días inconscientemente. En Venezuela hoy en día no hace falta desafiar a nadie para estar en peligro, hace falta poco menos que estar vivo para que te maten. Sin razones, como la canción de Mecano, y que te entierren y ya está.

Aquí se han llevado a gente en todo tipo de situaciones en secuestros, en fiestas, en altercados, en ajustes de cuenta, en tiroteos con policías, con bandas y también se mata sin razón. Casi por deporte. Niños que no llegan a la pubertad han levantado armas en nombre de algo que no entienden ni ellos, ni quienes se las dieron, o que tal vez si lo entienden bien porque buscan justamente matarlos por dentro para que no sientan nada a la hora de disparar. ¿A quién más van a matar?

Y no es sólo la muerte física. No es sólo un tema de balas y sangre. Nos han venido matando desde hace años las ganas, la identidad, la fuerza, la convicción. Nos han venido matando los sueños como si eso no importara, como si fuera un lujo o el producto de una desviación, una enfermedad. Como si querer un futuro fuese un defecto, que ni un privilegio ya. Nos han matado a punta de callarnos de distintas maneras.  A punta de plata, a punta de soborno, a punta de humillaciones, a punta de hacernos dependientes en todo sentido. Dependemos del gobierno para la comida, para las medicinas, para pasajes aéreos, para educación, para gasolina, para documentos, para ventas, para traspasos, para votar, para informarnos, para caminar por la calle. ¿Qué más armas ahora? 


A estas alturas una pistola más o una pistola menos no es el tema que hará la diferencia. ¿Cuál será la diferencia? Que si no hala el gatillo el hampa común lo harán soldados con permiso. ¿Acaso están presos los que mataron a Geraldine Moreno, a Génesis Carmona? ¿Acaso están presos los que golpearon a Marvinia? ¿Es que de verdad es necesario decir públicamente que tienen permiso? No señores, eso ya lo sabíamos. Que estaban usando las armas ya lo sabíamos. Que pueden disparar ya lo sabíamos. Que nos estamos muriendo, también lo sabíamos. Otro insulto más a nuestra inteligencia es hacer como si nosotros no nos diéramos cuenta que matar era desde siempre la estrategia.