miércoles, 25 de febrero de 2015

A los catorce años

Nos enseñan a no tener la mala costumbre de preguntar ¿por qué? No necesariamente desde el punto de vista periodístico, sino más bien desde una visión general de las cosas. El por qué nadie lo sabe en el fondo. Cada quien tiene su teoría y su verdad. ¿Por qué se suicida un ser querido? ¿Por qué un amigo entrañable muere de pronto y violentamente en un accidente automovilístico? ¿Por qué a alguien que queremos tanto le da cáncer y se nos va demasiado pronto? Un día cualquiera amanece, te pones los zapatos, te miras al espejo, estás seguro de ser alguien definido, de tener tus cosas resueltas, no todo pero sí mucho. Tomas tu café y unas horas más tarde todo se viene abajo en unas cuantas palabras y una foto. En un principio era la vida de los otros, pero aquí ya nos hemos empezado a confundir unos con otros. Nos hemos dado cuenta de lo unidos que están nuestros destinos, la carne de uno nos duele a los demás. A casi todos al menos, porque la indolencia también está viva. Viva y colea.

Nos aconsejan los expertos en espiritualidad que no preguntemos por qué, pero hay casos en los que hay que hacerlo. Por qué en todas sus dimensiones y formas. Por qué en gran cantidad de formatos. Por qué más que cómo, porque el cómo lo tenemos tan digerido, tan expuesto, es un guión aprendido y ensayado en este país que ya parece la cuna de la violencia. El ser humano ha sido un bárbaro desde el inicio, lo primero que hizo cuando evolucionó y bajó del árbol fue atacar no sólo al que vio diferente, sino sobre todo al que vio similar. Ahora, lo que se siente es como si hubiéramos inventado la barbarie y la atrocidad. Crueldad autóctona como un patacón o una arepa. O como si en las entrañas de Venezuela no hubiese petróleo, sino una verdadera bestia negra que se despierta y nos ataca. 

¿Qué es tener catorce años? ¿Qué era al menos? Antes de ser alguien que se arropa en una bandera, que muerde la desesperanza, que se voltea y se da cuenta que un slogan que termina en o muerte es en serio. Que se da cuenta que ni sus manos ni su cerebro sirven de nada. Que lo quieren amoldar para la complacencia, para el silencio, para la mediocridad, que desde el fondo de su ser algo se lo impide, que ignora su sentido común y arriesga su vida, por la alternativa también es vivir muerto.

Los catorce años eran el momento de las hormonas, de los bultos llenos. La tragedia a esa edad estaba plagada de números y de fórmulas químicas. El mundo se le venía encima a quién un día entraba a la casa y sencillamente aprendía de una patada en el pecho que sus padres eran humanos, que mentía, que fumaban, que traicionaban, a sus hijos a veces, a ellos mismos otras. Dolor era descubrir que el mundo haría lo imposible para impedirles que vivieran al galope, convencerlos que no podían. Minar el terreno de imposibles.

A los catorce años se puede ser cualquier cosa. El chico de tímido, el intelectual solitario, el que todas las niñas equiparan al último grito en galanes de cine o de telenovelas. A esa edad se esconde el acné y jamás se devuelven los libros. Se hacen promesas imposibles de cumplir, se pierde la segunda  o la tercera mascota, se jura amistad eterna, se vomitan las entrañas llenas de alcohol, se sube una falda, se descubre un sostén, un pezón. Se abre el abismo entre unas piernas y se cierra ante la indiferencia de alguien que jamás amó. Se aprende el silencio, se derrocha opinión, mal humor, deseo. Se sueña tan salvajemente que al despertar todo es pesadilla hasta hacer el juramente de nunca más abrir los ojos o renunciar a soñar. Todo es tan drástico. La vida es tan corta, tan inmediata y el futuro algo tan distante que es algo casi alienígena.

A los catorce años no sé es un héroe. No se debe serlo. No se debe ser el cadáver al que corresponde un charco de sangre. No se debe ser el rostro del miedo, ni la imagen de lo imposible que queda tras el eco de un tiro. No se debe ser la inspiración del llanto, ni un grito silente, un hueco en la tierra, un abismo que se abre dentro de tanta gente que mira, que no se reconoce en nada, ni en el Ávila, ni en la bandera, ni en la cédula, ni en el espejo. A los catorce años no se puede ser el suceso que hace que tanta gente se pregunte: ¿Es que yo soy el último ser humano?

¿Por qué? Por qué se ha asesinado a un niño de catorce años. Sin reportes criminalísticos, sin demasiadas referencias históricas, sin teorías sobre el futuro, sin juicios abstractos, ni condenas repentinas, sin asumir culpa, ni mucho menos inocencia. ¿Por qué? ¡¿Por qué carajos la violencia y la cobardía?! ¿Por qué? Por unos dólares, por un puesto en un palacio presidencial, por el papel protagónico en una cadena, por toneladas de droga, por prestigio, por envidia, por querer pertenecer a algo que se odia, irónicamente siempre detrás de todo esto hay alguien que sufre, que daña, que mata porque no aceptó que quería ser como alguien que odia. ¿Por qué? Por ser el más fuerte, el que ríe de último, porque hay seres que son menos humanos, o no son ni seres. ¿Por qué? ¿Por qué así?


Dice Mecano, “yo no sé ni quiero, de las razones que dan derecho a matar”. Pero yo sí quiero saber. Yo creo que la justicia no implica nada más encarcelar a ejecutores y responsables, yo creo que obliga a que todos nos hagamos las preguntas que más duelen y al menos intentemos desde la vida elaborar una respuesta.