viernes, 13 de febrero de 2015

A veces hay que llorar

Esta mañana eché una buena llorada en el carro. Es verdad que en toda crisis hay espacio para una lección. Todo en la vida tiene su aprendizaje. Vivir en Venezuela en los últimos años nos ha enseñado tantas cosas. Se habla de la Universidad de la Vida, pero esto es más bien como un doctorado que te conceden con una causa que uno no sabe si es honoris, o qué. Si es una mezcla de resignación o esperanza. Esto es como una ciencia. Una tesis. Unos experimentos. El detalle es que nosotros mismos somos las ratas de laboratorio. Y no es una rueda dentro de una pecera, es la vida. Me siento un poco loca, un poco irresponsable, romántica perdida, pero tal vez una cínica, ciega, como cuando estás convencida de amar apasionadamente, cuando le digo a la gente: es que yo no me quiero ir. 

Yo no me quiero ir. Pero a veces no me quiero quedar. Yo no quiero ser quien soy, pero tampoco quiero ser otra persona. No quiero esta Venezuela, pero quiero a Venezuela. Yo amo este país, pero es que este desastre…no sé cómo terminar la frase. Porque si digo algo positivo tal vez estoy apostando a un optimismo absurdo, pero si pongo algo negativo, ¿hasta cuando?, ¿en serio? Yo me levanto por las mañanas y el Avila suelta algo que es como alimento para mi vida. Como polvillo de hadas o algo así de cursi, de ridículo, de fantástico. Yo no puedo estar mucho tiempo lejos de este país. Por más magullado que esté.  Tal vez es que todavía no entiendo bien la tragedia del sistema cambiario, tal vez es que no sé de otras cosas. Quizás es que si Freud me ayuda abro los ojos y comprendo. 


Hoy eché una buena llorada. Por mi país. Por este destino extraño. Por este limbo. Por otros llantos. Por la cola del mercado y de las embajadas, por la distancia de la gente que quiero. Porque sé que se ha ido gente que no quería irse, que quiere regresarse, porque sé que hay gente que no puede, ni debe volver. Por que sé que tal vez llega en un día en que yo también me vaya. Lloré por el que no puede irse por la razón que sea. Porque no nos escuchamos, ni el intelectual que juega a intelectual, ni el tipo que juega a artista, ni el artista que no sabe a qué jugar. Por las opiniones difusas, por las equivocaciones, por el miedo. Lloré por la mentira y la corrupción. Por el país que me atormenta en la cabeza. Lloré, como un luto, por el país fantasma que vive en mi imaginación, en el que no se roban toda la plata, sino  en el que se invertía y  pasabas por Sábana Grande y era las Noches Blancas, arte, teatro, todo lleno de vida, abrías la mano y salía una oportunidad, y teníamos las escuelas públicas más exitosas del mundo, y yo daba clases de literatura francesa en el Liceo Andrés Bello. Lloré por esa que no fui. Lloré porque esto nos llama a ser héroes, a ti y a mí, en la cola, en la calle, en la tolerancia, en la mirada al que no piensa igual. Y yo no soy héroe, no soy Yoanni Sanchez, ni Oscar Arias, ni soy Malala, ni nadie remotamente parecido. Pero a veces leo sus historias y me inspiran y lloro porque me inspiran. Y me siento mínima. Impotente. Y quisiera ser una de esas personas que no piensan, ni se miran tanto. Quisiera no tener que pensar en qué cambia las cosas lo que escribo. A quién refleja y por qué. Quisiera irme para la playa y cerrar los ojos bajo el sol. Y que no importe. 

Lloré por lo que somos. Lloré porque alguien me culpa sin saber.  Lloré por una soledad loca. Lloré porque a uno siempre le asignan algo que no refleja lo que uno es por dentro. Lloré porque lo que seremos dependerá también de lo que se nos deje ser. ¿O no? Lloré porque tienes que morir un poco para romper una cadena. Lloré porque los espacios de la voluntad se van haciendo cada vez más estrechos y la consciencia se va ensanchando. Porque ya no sé cuándo debo pensar en mí y cuando mirar a los lados. Porque ya no sé ni qué causa, ni qué medios, ni qué palabras.

Y después dejé de llorar y me fije en la imagen de una señora que cargaba a una mariposa de cinco años, vestida de rosado, con unas alitas casi transparentes. Me quedé en esa sonrisa. En esa esperanza, porque aunque lo lógico sea pedirle a la Tierra que deje de girar, la vida sigue. No hay otro remedio. Aquí estamos. Aquí seguimos.

Pero de vez en cuando vale la pena llorar. 

3 comentarios:

sh dijo...

tus escritos de crisis siempre terminan con "y despues de toda la tristeza vi algo positivo".. es raro el fenomeno, porque en videos tambien ves a la gente en las colas poniendole positivismo y sonrisa... es como si en vzla estuviera prohibido mandar todo a la mierda. como si estuviera prohibido decir "en fin, toooodo es una mierda"... raro el fenomeno porque motivos sobran...

Patricia Hidalgo dijo...

"Reír y llorar, así es la vida", ese es el eslogan que adopte el momento que me percate lo duro que es salir de Venezuela. Nosotros los venezolanos no tenemos vergüenza por ninguna de las dos cosas. Delante de cualquiera nos tiramos una carcajada bien dura pero también moqueamos sin pensarlo dos veces, ya sea de alegría o de tristeza. Si supieras todo lo que llora el que esta afuera, que con la decisión de irse y no quedarse y no regresar le salen a uno arrugas provenientes de ese mismo conflicto emocional "mejor aquí o allá?", "hecharle bolas sola o con la familia?" Soy una llorona sin remedio y tu escrito ciertamente me hizo llorar. Creo tristemente que Venezuela está pagando la falta de cariño que hemos tenido con ella y eso entristece mucho. Lo bueno de saber que no soy la única que llora por ella es lo implícito, aun sobra gente que la quiere. Gracias y feliz día del amor!

Anónimo dijo...

Ciertamente, así mismo me siento. Pero no he llorado, llegó mi hora. Me echaré a llorar. Veré si podre salir y ver alas, mariposas o echarme a reír.