domingo, 12 de abril de 2015

El derecho a quejarse

Algo tan trivial como una lista se ha vuelto una cosa que te lleva a un estado de reflexión profunda. Una lista de invitados a una fiesta te lleva a darte de cuenta de la cantidad de gente que está afuera del país. Una lista de supermercados es como una lista de objeto imaginarios, entre un kilo de azúcar y un platillo volador la diferencia es que uno está en el recuerdo y otro está en la imaginación. Una de lista de lectura es igual de absurda, los libros que quieres leer, salvo que sean autores venezolanos –y no clásicos sino contemporáneos – no los vas a conseguir, más plausible es que los encuentres en la antigua Biblioteca de Alejandría.

Cualquier acto de la cotidianeidad está plagado de obstáculos y problemas. Las salidas por la inseguridad, proyectos de placer por el costo, las relaciones personales por la diáspora, los proyectos profesionales por la cantidad de leyes, trabas, controles. Invertir. Producir. Vender. Ganar. Pasear. Viajar. Caminar. Hablar. Incluso hasta la forma de pensar se ha vuelto complicada. En todos lados hay alguien a quien la tragedia del país ha afectado de una forma tan violenta que entonces te sientes mezquino cuando reflexionas sobre las grandes trabas de tu vida. Y terminas agradeciendo. Terminas agradeciendo que estás vivo aunque te hayan robado y humillado. Terminas agradeciendo que tienes dos rollos de papel toilet porque a tu vecino no le queda ninguno. Terminas agradeciendo que la cola que te tocó no es tan larga como la que viste el otro día. Terminas agradeciendo que el internet es lento pero tienes, que al agua al menos no la racionan todos los días, que hay luz. Terminas agradeciendo todo, y la gente te lo hace saber catogóricamente, no te puedes quejar. Es una prohibición más que falta que salga en gaceta oficial: No te puedes quejar. ¿Que ya no consigues tampones?, al menos hay toallas sanitarias. No son las que quieres, pero al menos hay. Agradece más bien.

Si me gustaría hacer aquí la diferencia, una cosa es ser agradecido. Una cosa es ver desde lo positivo las bendiciones que uno tiene. En el fondo uno agradece que tiene luz porque hay partes del mundo en que la energía eléctrica es como el platillo volador que para nosotros es el azúcar. Pero agradecer desde la sumisión y desde la carencia, agradecer como modo de vida y de control es algo muy distinto. De hecho es un mecanismo de manipulación. Cada vez que agradecemos después de haber sido atropellados estamos siendo manipulados por el totalitarismo, de eso no les quepa la menor duda. Es un mecanismo antiguo como la religión.  

Hasta hace unos días muchos agradecíamos el cupo de dólares de viajeros. Quizás necesitabas o querías más para algún viaje, pero te tocaba agradecer que lo tenías. Ahora lo han quitado. Ahora ni eso y habrá quien todavía diga, pero agradece que el menos no lo quitaron todo. Porque siempre podríamos estar peor y así nos hemos acostumbrado a medirnos, por lo bajo, por el fondo, por la situación más grave, y no por la óptima. Ya no pensamos en cómo todo podría y debería ser mejor, sino en el miedo de quejarse demasiado porque podría ser mucho peor.

Lo que hacen los totalitarismos es anular al individuo, quitarle la idea de las posibilidades, volverlo sumiso y siempre agradecido por lo poco que tiene y temeroso de que sin las pocas cosas que tiene pueda estar peor.

Todos tenemos derecho a quejarnos no importa qué tan insignificante sea nuestra queja. Es más, no tenemos el derecho, tenemos el deber de hacerlo. Tenemos derecho a reclamar desde el mal servicio hasta la falta de insumos en cualquier área, no sólo los médicos, sino los repuestos del carro, los bombillos, los tornillos, los libros, los juguetes, la ropa, la comida, la oferta en las salas de cine. Todo forma parte de la vida y las cosas que parecen triviales también son importantes.

Nos hemos olvidado de nuestros derechos. Nos hemos olvidado de que merecemos una calidad de vida mucho mejor que la que tenemos. Hemos ido tachando derechos en la lista de las cosas a las que deberíamos tener acceso y lo hemos arreglado todo por prioridades, un poco como están los supermercados, los productos básicos y regulados se compran de una forma y lo demás de otra. Porque lo demás es lujo o innecesario. En realidad todo es necesario, incluso lo trivial, es lo que da paz y satisfacción. Un viaje es importante para la felicidad y para la salud y perder la oportunidad no es cualquier cosa. La posibilidad de hacerlo es lo que nos hace soñar y perder la posibilidad de soñar tumba la moral. Justamente lo que ha hecho el gobierno con esta medida es robarnos moralmente, saquearnos de posibilidades y el robo de ese capital es igual de grave.


No hay nada que agradecer, y muchos menos comparar, no hay tragedia, ni atropello menor porque aunque no parezca o no nos demos cuenta todo está conectado. Cuando se menoscaba un derecho, se exponen todos los demás, por eso en las democracias las constituciones proponen garantías y derechos inalienables.  Por eso las dictaduras abarcan hasta lo más trivial. Esto es control y encarcelamiento, esto no es sobre un cupo de viajeros, es un tema de pérdida de la libertad.