viernes, 8 de mayo de 2015

Sobre la carta de Dilma a Tintori y a Rousseff

Pareciera que Dilma Rousseff no sabe lo que es una democracia. La carta que le envía a Lilian Tintori y a Mitzy Ledezma es un ejemplo de la hipocresía con que se manejan la diplomacia, la política, la izquierda. Durante años el pregón de estos líderes que se rasgaron las vestiduras por su sufrimiento y que cantaban hasta sacarnos lágrimas y que ahora forman parte de varios gobiernos fue la exclusión y la injusticia que plagaba a América Latina. Parece que más sincero era el discurso de cualquier miss al hablar de paz mundial. Resulta que una vez electos, empezando por Chávez, demostraron (claro que Chávez jamás prometió otra cosa, sólo que los venezolanos jugamos a la demagogia, al caudillismo, a que el líder siempre tiene que decir lo que la gente quiere oír y no lo que debe o tiene que hacer), que lo que querían era venganza.

Si bien Dilma ofrece en su carta toda una suerte de deseos e intenciones de hacer lo imposible porque se resuelva la crisis en Venezuela, queda claro que dentro de lo imposible no entra, no sólo dejar de hacer negocios ni estar del lado de un gobierno que abusa sistemáticamente de los derechos humanos de sus ciudadanos, sino además no está cotemplado ni siquiera recibir, escuchar el planteamiento de las esposas de dos presos políticos. No sé qué ejemplos haya de cosas menos democráticas que no escuchar a una persona, independientemente de su forma de pensar. 

Claro. No podemos pecar de ingenuos, todos sabemos lo que implicaría que Dilma recibiera a Tintori y a Ledezma. Probablemente para ella una crisis interna, política, muchos problemas, debacle, fin del mundo. Primero recibe La Cenicienta al Capitán Garfio. Quizás, digo quizás, porque como no conozco a Dilma no puedo aplicar una omniciencia al mejor estilo novela de ficción, ella en realidad sí se preocupe por los presos políticos, tal vez sí sea una persona que se angustia, que quisiera que parasen las violaciones de derechos humanos, bueno todos tenemos una abuelita que nos ablanda el corazón, al menos su recuerdo. De modo que a lo mejor ella sí ha sacado la cuenta y está al tanto de que cada tres meses en Venezuela hay más muertos que en Nepal, pero no lo puede asumir porque bueno, el costo para ella sería muy caro. Entonces somos como ganado, y ella seguro es vegana y no come fois gras porque pobres gansos. Los venezolanos van al matadero a cambio de un proyecto político panamericano o algo así. En fin, que somos el vuelto de una lucha de poder. Y cuando vienes a ver pareciera que estas historias no son dignas ni de Wikileaks, ni de Wikipedia, sino de algo más bien como Wikimierda. De cómo a una gente la sacrifican, de cómo unos líderes enarbolan banderas con discursos plagados de promesas, de palabras bonitas, que supuestamente van a ondear con los vientos de cambio, y lo que viene es un ventarrón de lo mismo que hemos visto en política durante años, pero mucho peor.

Sin embargo, lo más grave de la carta de Dilma es que ella habla de una resolución al conflicto bajo un “absoluto respeto al estado democrático”. Creo que se refiere Dilma, por supuesto, a un golpe de estado, al que además Leopoldo llamó por un twitter que usó desde un teléfono que un perito testificó que era un teléfono Manaplas de plástico. Pero esas palabras en Latinoamérica son el equivalente a decir Diablo dentro de una iglesia. Entonces ella asume que todos los que queremos un cambio en Venezuela queremos un golpe, somos violentos, casi puede unirse a las beatas y decirle guarimberas. Como si fuéramos todos una cuerda de tontos que no sabemos todo lo que una ruptura violenta implica. Es que no hay nada más cómodo que generalizar. 

A Dilma lamentablemente le falló la educación. Debería devolver su título de bachiller, porque así cómo seguramente olvidó qué es el Máximo Común Denominador también olvidó que democracia no es nada más un gobierno electo por votos. Es más, eso es una ínfima parte de lo que es un estado democrático. El hecho de que haber accedido al gobierno, cualquiera de sus poderes bajo los mecanismos que estipula la constitución no te hace democrático, ni siquiera es suficiente para legitimarte. Lo que realmente te legitima es el ejercicio de ese poder dentro del marco que establecen las leyes. Lo que hace a un gobierno democrático es su estructura, la separación de poderes, el ejercicio de esa separación bajo un sistema de pesos y contrapesos de modo que no haya una rama del gobierno que tenga el control de todo, muchísimos menos una sola persona. Y no, tampoco un sólo partido.

La democracia se ha ido pervirtiendo, entre otras cosas porque la misma gente que elije a sus gobernantes, no sólo a los presidentes no lo entiende, y lo mismos líderes manipulan el concepto para usar el poder de forma abusiva. Entre ellos Dilma. Así como usan el concepto para sacarse encima a quienes denuncian atropellos. 

La gran mayoría de quienes queremos un cambio en Venezuela, lo queremos justamente democrático, queremos que precisamente se active el mecanismo que nos permita renovar los poderes. En lo que estaríamos de acuerdo, no de forma, sino de fondo con Rousseff es que también buscamos un “absoluto respeto al estado democrático”, desde el ejercicio del voto, el cual aquí es cada vez menos democrático –ejemplo captahuellas en centros de votación, que es una especie de fusil electrónico- hasta la separación de poderes.


La verdad que las cartas de Dilma, su migaja de buenas intencinoes, quizás tengan un peso diplomático, pero resultan insuficientes, realmente tristes y casi ofensivas. Uno se harta de la diplomacia hipócrita, de los líderes que son incapaces de tomar una posición moral coherente, y de que siempre le estén jugando al poder. La política a todo nivel se ha convertido en un asco y uno se da cuenta de la crisis de valores es a nivel mundial. Se llenan la boca hablando de derechos humanos, pero lo que hacen es justamente ignorar al atropellado cuando les conviene, o tirarle una migaja,  un “gesto” que lamento decirle a Dilma será insuficiente para lavarse las manos frente a la historia. Más limpias le quedaron a Poncio Pilato. Seguramente ese personaje también lo olvidó.