sábado, 5 de septiembre de 2015

Una excusa para no mirar atrás

Por fuera se nota, pero no demasiado. Además de brazos y piernas hay más pechos, por una razón de anatomía y química. Quizás el corazón también se ha ensanchado. Algunas cosas son más claras y más firmes y preferiría no decirlo demasiado. Me pregunto en qué momento arrancó esta versión de mí que hoy quiero dejar atrás como las serpientes dejan la piel. Un vestido de escamas que añoran otro colorido. Y se puede. Realmente se puede. Hay quien siente que la vida es una definición absoluta. Saber lo que quieres siempre. Entenderte siempre. La inteligencia emocional es saber conquistarse, dominarse, no dejarse llevar ante ningún impulso. Como si el alma fuese una gran roca.

Si el alma es una gran roca yo soy Andrómeda. O yo soy Sísifo. Escapes y condenas y ninguna salida lógica, ni justa necesariamente. Es mi destino. Es quién soy. Me gusta ser varias versiones de mí. Me gusta la risa, el sarcasmo, la dulzura, me gusta mi versión más oscura, me gustan mis fantasías y la tentación constante de ir hacia ellas. Me gusta ser el genio de mi botella. Me gusta pasar de las estrellas fugaces porque con mis manos tengo suficiente.

Me gusta el panorama desde las esquinas a las que asomo. Me gusta la brisa. Me gusta la soledad de mis pasos en calles desiertas. Me gusta esperar y saborear el momento de saltar al vacío. Saltar hacia lo que presiento. Hacia el destino que me pertenece. Me gusta verme la edad en las manos, incluso aborrecerla. Me gustan los amuletos. Los de la suerte y los de la terquedad. Las cobijas de seguridad, los objetos de transición. Los detonantes de recuerdos, de envidia, de un poco de rabia. Me gusta hacerle una pesquisa a mi vida de antes, imaginarme que hubo otras opciones, que tomé esta vía por equivocación. Como si todos los caminos no dieran hacia este resultado. Si pudiera guardar silencio lo haría, si supiera como gritar también lo haría. Y quizás todo este esfuerzo, todo este camino es el largo ensayo de las cuerdas vocales.

Ciclos que se cierran y otros que terminan. Y mientras tanto te preguntas, ¿quién soy? Como si pudieses atinarle a una respuesta coherente. A la mecánica de definir las cosas en una oración para que tengan sentido, para sean posibles, para que no se derrumben. La vida no es tan complicada, ni tan sencilla, ni nada importa tanto, salvo lo que llevan tus ojos, salvo la primera impresión que tuviste de ti mismo, antes que nadie la contaminara. Quizás el juicio que más importa no es el último, sino el primero y el miedo a ambos y todo el bagaje que generan hay que desecharlo.


En el momento que menos esperaba encontré lo que vine a buscar: una excusa para no mirar atrás.