martes, 8 de septiembre de 2015

Vargas Llosa y su espectáculo civilizado

Recientemente un crítico del New York Times publico una reseña de la versión traducida al inglés de La Civilización del Espectáculo de Vargas Llosa. El libro de ensayos no ha gustado mucho a los críticos anglosajones, quienes lo toman por una visión un tanto esnob y elitista de abordar el tema de la cultura. Irónicamente una de las críticas más fuertes vino de la pluma de Joshua Cohen para el New York Times. Uno piensa que esas cosas no pasan en el primer mundo, pero en el artículo el crítico no sólo destruyó el libro, sino que también arremetió con sarcasmo contra Vargas Llosa en términos personales. Habló del romance con Isabel Preysler, dijo que lo anunció por Twitter y que cobró a la revista Hola! por la exclusiva de las primeras fotos. Además lanza la punta de que gracias a esto las ventas de sus libros se despegaron, como si de verdad Vargas Llosa necesitara un lío de estos para vender más libros.

No me interesa qué hace Vargas Llosa con su vida privada. Miento. Es un tema ineludible en una sobremesa, cuando uno está en plan chisme. Cuando lo pienso es irrelevante. No es mi problema. No lo pienso dejar de leer por eso, ni me afecta en los más mínimo la que él es para mí como escritor. Sin embargo llama la atención que alguien que critica un libro se lo lleve al mundo personal del autor. Quizás para señalar una ironía en relación con lo mediática que es la Preysler. Cohen debería ser lo suficientemente inteligente para entender que eso no le resta mérito al libro. O no debería. Pero las cosas no siempre son lo que deben ser. Menos en un mundo donde se maneja tanta envidia. 

Uno piensa que estas cosas no pasan en el primer mundo. Que si estás criticando libros en el New York Times –sobre todo si te vas a atrever a destruirlos y a un premio Nobel como Vargas Llosa ni más, ni menos – al menos te vas a cuidar de hacer las cosas bien. Pensar lo que escribes. Argumentar tus puntos. Hacer tu tarea. Que no le face falta usar términos peyorativos, tanta ironía, tanta indirecta. La verdad es que después de varios párrafos a uno le provoca decir, bueno ya, termina de insultarlo, porque la agresividad pasiva a veces molesta más que la frontal. 

 Entre otras cosas lo que Vargas Llosa plantea en su ensayo con tanta urgencia es una reflexión sobre cómo las sociedades se están dejando permear por el materialismo y la banalidad sin control. No hay mejor muestra que el auge de Donald Trump, un tipo que podrá ser un hombre de negocios sumamente exitoso, pero que es  hijo del espectáculo, y que bien podría ser el próximo presidente de los Estados Unidos. El que piense que eso no le afecta porque no es ni ilegal, ni mexicano, ni se quiere mudar para allá, está ligeramente equivocado. No sólo es un tema de las decisiones que pueda tomar, el tono de su política y cómo eso afecte a ese país, sino que todo su discurso podría tener un impacto catastrófico en la sociedad americana y crear unas divisiones muy peligrosas.

En Europa hay una crisis migratoria, que se va a poner peor mientras se anuncia que otro grupo de desplazados ha dejado Irak soñando con llegar a Europa, mientras el mundo sigue pendiente de la última desfachatez de Miley Cyrus, ¿cantó con o sin pantaletas? Honestamente, ¿en qué nos cambia la vida eso? El último selfie de Kim Kardashian es más importante que la tormenta de arena en el Líbano. Ni hablar de lo que pasa aquí en Venezuela y lo que el mundo ha tardado en reaccionar frente a todo lo que se viene denunciando desde hace años. Pero Chávez era cómico, y Danny Glober y Sean Penn se tomaban fotos con él. Y Naomi Campbell. Era todo un show. Al final el mundo prefiere lamentarse frente a las víctimas que movilizarse para evitarlas. 

Es una forma de reaccionar, es por distracción, es porque estamos más pendientes de estar entretenidos que otra cosa. Es que si no es divertido no funciona. Tiene que ser light, tiene que ser potable, no puede ser denso, ni demasiado intelectual, se tiene que entender incluso por alguien que no quiera entenderlo. De paso eso mismo me dijeron hace unos años cuando me contrataron para escribir artículos de arte en una revista.

¿Qué pasó entonces con Vargas Llosa y el New York Times? Mario Vargas Llosa escribió una carta, pero por supuesto no fue para quejarse por la mala crítica, ni justificarse, ni aclarar nada. Como pasa a veces, que un autor se siente ofendido, le molesta que alguien critique su libro por las razones que sea y empieza entonces un diálogo, un amedrentamiento o la típica comidilla de la civilización del espectáculo. Simplemente mandó una carta, pública por cierto, en la que aclaró las cosas y pidió una rectificaciónm que no tiene cuenta Twitter, y que jamás ha vendido fotos a la Hola! como se mencionó en el artículo. Eso es elegancia. Eso es sentido del honor. El New York Times no tuvo más remedio que publicar una disculpa que se puede leer al final de la versión corregida del artículo en su página web.


Ese es el mundo que tenemos. Quizás el que siempre hemos tenido. A veces dudo que el Apocalipsis esté más cerca por la creación de internet, aunque si pareciera que el cambio climático es una amenaza que nos negamos a ver, unos por miedo, otros por comodidad y un pequeño grupo por negocio. Y he aquí la ironía tan grande, quizás hubiese valido más la pena dedicarle este post a ese tema en específico que a cualquier otra cosa.

Para leer el artículo del New Yor Times pulse aquí

1 comentario:

Pedro dijo...

Tengo en borrador un post para el blog que habla del tema de la reseñas y críticas que incluyen elementos personales que nada tienen que ver con la obra. Pasa también en críticas de cine y de música. Por ejemplo, una que nunca olvido es de un álbum de Metallica, en el que el crítico, supuestamente serio, menciona a manera de crítica que a dos de los integrantes los vieron comprando en una tienda Armani. ¿Cómo afecta eso mi disfrute o no de la música?

Otra cosa que me molesta en críticas es la tendencia a descalificar libros porque son "tristes", como si los libros solo existieran para alegrar y poner una sonrisa en la boca. Una parte importante -para mí, al menos- de leer libros es la respuesta emocional que causan. Pero un juicio supuestamente balanceado de la "calidad" de la obra no puede depender de eso, porque entonces solo los libros alegres son los buenos, y todos los sombríos o tristes son malos.