miércoles, 7 de octubre de 2015

Halloween y las abejitas ....

Es ese maravilloso momento del año en que quienes celebramos Halloween pensamos en disfrazarnos. Me gusta disfrazarme, y disfrazar a mis amigos. A Carlos Julio una vez lo disfracé para una fiesta de rockeros y putas que tenía por esta fecha, y creo que yo gocé más en el proceso de ponerle goma Elefante en el pelo, delineador negro y un collar de perro para hacerlo ver lo más punk rock rebelde explotado posible que él en la fiesta. También que aprendimos que la pega Elefante sale del pelo con sorprendente facilidad.

Lo que más me gusta es hacer yo misma los disfraces. No tengo demasiada habilidad con las manos, así que no estoy hablando de un proceso que involucre patrón y máquina de cocer. Es más bien vestidos viejos de mi mamá, cinturones que tengo diez años que no uso, pelucas y uno que otro adefesio logrado a base de cinta adhesiva y objetos cuya función es totalmente ajena a un disfraz.

Tal es el caso de un vestido de flores que usé para disfrazarme de la Duquesa de Alba hace unos tres años. No sé ni de dónde vino la idea. Creo que fue porque Toto Aguerrevere, otro compañero incondicional de los disfraces, me llamó para pedirme ayuda con un disfraz del Cristo Restaurado. El Cristo en cuestión era el mamotreto que había pintoreteado una vieja sobre un fresco antiguo en una iglesia de España. Me pareció genial la idea de Toto y mientras buscábamos medias panty y trapos y pelucas me vino la idea a la mente: la Duquesa de Alba. Menudo par. Vamos a la fiesta.  

Después de hacernos una foto nos largamos felices y a la expectativa de ver los demás disfraces. Quizá por ingenuos, por no superar el Sindrome de Peter Pan. Porque después de todo uno siempre piensa que las cosas son como las ve uno, pensamos fiesta de Halloween: disfraz, tremendo disfraz, pensar el disfraz, creatividad, así lo compres o sea de tu abuela o te quede brinca-pozo y las mangas te lleguen solo hasta los codos.

Llegamos a la fiesta y era un jardín de las delicias, pero no el del Bosco, sino más bien una versión de trauma post represión de colegio de monjas. Aquello era versión de cualquier insecto o lepidóptero puta que hubiera podido imaginar. Habían mariposas y abejitas putas por todos lados. Asumo que el trajín de las invitadas había sido ir a una piñatería, comprar un disfraz talla de 4 a 6 años y luego colocárselo con medias negras trenzadas o rotas y tacones. Yo me imagino que la baba ya corre por el lector masculino, pero la verdad es que si te pones a ver puedes poner abejita puta en Google y ver lo mismo cualquier día del año, sin necesidad de una fiesta de Halloween. Después de ver todas las versiones puta de una sección del museo de historia natural me quedé pensando que es una tristeza no haber visto otras cosas puta. Porque la verdad es que si puedes ser Mariposa Monarca puta también podrías ser Obama puta, por ejemplo, el Papa puta si quieres irte por lo más polémico, aunque tal vez aquí el tema purgatorio infierno que se cuela entre los recuerdos del colegio católico empañe la valentía de asumir tal disfraz. Pero ¿qué tal, un Beatle puta? Por ejemplo. Digo yo. Aquí para quien necesite a juro volver puta el disfraz por la razón que sea. Ya ahí no me meto. La verdad amiga, si quieres ser puta, pues, adelante.

Esa noche la gente se tomaba fotos con nosotros. Fuimos en cierta forma la sensación. En otra fuimos una especie de misfits. De extraños. ¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí? El Big Bang Theory de los disfraces. Lo más curioso es que no vi las clásicas putas como la enfermera, y cuando hice la pregunta la respuesta fue “que eso sería muy vulgar”.

Qué curiosa es nuestra sociedad y la forma de clasificar las cosas. De clasificar incluso a la putas. Finalmente antes de irme alguien se me acercó y me preguntó dónde estaba mi esposo. Contesté con la mayor naturalidad que a él no le gustan esas fiestas –en parte lo entiendo- que no le gusta disfrazarse y que se había quedado en la casa, que tenemos la madurez suficiente para entender lo importante que es de vez en cuando divertirse con los amigos y que el matrimonio no puede significar una renuncia a lo que te gusta. Tal vez se me fue la mano y mientras me decía a mi misma, cállate por Dios Dr. Phil la muchacha que me lo preguntó le decía a su marido sin soltarle la mano, ¿¡VisteX!?¿ ¡Viste!? A ella sí la dejan y no pasa nada. Y en ese momento yo en los ojos de otra fue también mi versión de puta. Porque así es la gente, y así es la vida. Y por eso es tan importante la mirada que te das y no tanto la que te dan los demás. Pero una vez más dije cállate Dr. Phil, y más bien  le dije a Toto, me largo de aquí.

Él se quedó y Carlos Julio me llevó a mi casa. Estábamos muy aburridos y nos divertimos más fumando un cigarro en la entrada, donde encontramos a una mariposita puta esperando que la fueran a buscar. Insistimos en llevarla, y finalmente la hicimos respirar el aire que entraba por las ventanas del carro. Bajar las ventanas en esta ciudad es como sacarle la lengua a la suerte. Una total irresponsabilidad, es peor que manejar ebrio. Es vivir un momento como si no te importara. Ahí sí nos disfrazamos todos. Nos disfrazamos de gente que vive en otro lado. Gente que no le importa. La vi bajarse en casa y caminar sola hasta la puerta de su casa. Una silueta como una película. Una niña bellísima que ha podido ser cualquier cosa menos mariposita puta,  y es lo menos puta que conozco dentro de este jardín psicodélico. Y no dejé de pensar en toda la ironía, y todo lo que hacemos por ser cualquier cosa menos nosotros mismos, y cómo a veces no hace falta la máscara para disfrazarnos, como nos acostumbramos a vivir en la piel que todos esperan ver, que creemos que los demás quieren ver, que ni incluso cuando se nos da el permiso de jugar a ser otros nos atrevemos a hacerlo.


Mientras este año me pienso disfrazar de Maléfica. Si es que logro hacer los cachos. No. No va a ser maléfica puta.