miércoles, 21 de octubre de 2015

La Tarea

Si tienes un hijo en edad de escuela. Sea pre-escolar o bachillerato entonces ya sabes lo que es el infierno de la tarea. Están llegando del colegio, tiran los bultos, y uno lo primero que hace es abrirlo para ver qué hay adentro. Empieza una batalla. Primero uno lucha con uno mismo, después con ellos. Que si la haces ya. Que si descansas un rato. Que si no hay televisión. Que si no hay vecinos, ni amigos, ni deportes, ni meriendas, ni dulces, ni nada que te guste, no hay mañana ni otro día hasta que no te sientes y hagas la tarea.

Claro, no pensamos que llevan ocho horas de colegio. Que están cansados, que están hartos, fundidos. A ver, vamos a ponernos en su lugar: Es como que llegues del trabajo y tu jefe te mande un mail y te diga, no pero esto es para que me lo hagas ya. Me cierras el Facebook, no te pongas a bajar True Detective, nada de chat de los amigos, ni club de lectura, cancela el manicure, olvídate de preparar la cena o bajar al perro, bañarte, lo siento, cuando termines este reporte entonces puedes hacer todas tus otras cosas.

Hace unos meses me di cuenta que el tema de la tarea me tenía convertida en un monstruo. Solíamos jugar memoria en las tardes, o hacer rompecabezas, y lo confieso, a veces no hacíamos nada. Nada. Actividades extracurriculares. Leer cuentos, ver tele, hacer galletas, pasear al perro, visitar a los abuelos. Pasar la tarde. Nada.

Un día la maestra manda un email y de ahí en adelante, la vida es la tarea. Estaba obsesionada con que hiciera la tarea y peor que la hiciera bien. Perfecta. Ven, esto no se escribe así. Te borro. Tienes que hacerlo de nuevo. Ya va. ¿Ese es tu mejor esfuerzo? Ella ojos de cansancio. Yo de hartazgo. Algún que otro no quiero, y yo encima, así no se pueden hacer las cosas. Tiene que ser con una sonrisa. En serio. Sí, yo dije eso. Hacer tus deberes con una sonrisa. ¡Qué santas bolas! Me voy a recodar de esa ironía la próxima vez que me toque ir al banco o entregar a toda velocidad un artículo. Y no es que la actitud no importe, pero eso se da con el ejemplo, no, con el tiempo, no con un discurso que parece sacado de un convento medieval. Esta suma está mala. Vamos a volver a comenzar. No te quejes. Quita esa cara. ¿Por qué tanto fastidio?

De pronto me digo, ¿qué es esto? Pero si ya yo fui al colegio. Por qué de pronto me siento que tengo volver a estudiar todo esto y además que mi hija lo haga como si ella también hubiera ido conmigo al colegio. Como si hubiera nacido aprendida y no estuviera descubriendo hoy o hace dos días que 2+2=4.

Lo que es más, ¿qué le estoy enseñando a mi hija? ¿Cuál es la lección detrás de todo esto? No es sumar o restar. No es mira sabes que esto se escribe así o lleva acento. No. Era más bien a que no puede hacer las cosas sola, a que me necesita allí, al lado, diciéndole qué está bien, qué está mal, a que su criterio no basta, necesita la supervisión, la aprobación de alguien que valida, que sabe más que ahorita soy yo, pero que mañana puede ser cualquiera.

Le estaba enseñando además que equivocarse es lo peor. Que no es tolerable, ni aceptable, que hay que borrar, tapar, hacerlo todo hasta que esté perfecto. Que no hay cuota de aprendizaje. La estaba privando además de fallar. Fallar con su profesor, trabajar duro, descubrir las respuestas correctas por sí misma. Me di cuenta que estaba atentando contra un montón de cosas que predico, que si bien los padres debemos involucrarnos en la educación, apoyar, estar, respaldar, ayudar, aconsejar, porque sí debemos hacerlo, no podemos dejar que eso se convierta en vivir por ellos y no con ellos.

Le pregunté entonces a mi mamá si ella había hecho las tareas conmigo. Salvo algunos dibujos y uno que otro karma matemático, la verdad es que no. Ese camino lo recorrí sola. Fui mala alumna sola, porque sí lo fui. También fui excelente sola, porque también lo fui. Tuve estímulos, los buenos, los malos, los que se basaron en sermones o en un felicitaciones. A la larga aprendí a aprender y a verle el gusto.

No quiero ser la mamá agobiante de hoy en día. La que se tiene que sentar como si fuera una Pietá a hacer la tarea. Me he planteado ya la maternidad como la labor en la que preparo a mis hijos para cuando yo no esté. Ese es el verdadero reto. ¿Qué hacen cuando no estás viendo? ¿Cuándo no estás presente? Esa es mi verdadera tarea. A sumar, a restar, a qué pasa cuando te jubilas y te relajas, y te dedicas al irresponsable, es algo que deben aprender por sí mismos. Creo que a la larga en la vida son los fracasos, los golpes, lo que nos enseñan más cosas. Incluso más que el triunfo. Como padres tenemos un instinto nato a querer evitar todo tipo de negatividad, pero debemos tener la inteligencia suficiente de dejar que la exploren, porque lo más triste de todo es que si no lo hacemos, les estamos montando un entramado para un fracaso monstruoso y sin ningún tipo de práctica sobre cómo salir de ello, cómo volverse a levantar.


Es su vida, no la nuestra. Es nuestro deber ayudar a crear el hábito, pero también a que ese hábito sea propio y no la coerción de un Cancerbero de mil cabezas que no deja respirar. El mejor aprendizaje, el que se fija de verdad es el que hace el individuo al descubrir las cosas por sí mismo. Es el que le reafirma su condición de ser inteligente. Después de todo al colegio le toca lo académico, a nosotros lo de la vida y las cosas van de la mano y se apoya. No debemos usurpar su rol, por más delgada que sea la línea y lo que nos duela de antemano anticipar un fracaso.