jueves, 20 de agosto de 2015

De vuelta a la cocina


Creo que me interesé por la cocina la primera vez que sentí el olor de una torta salir de la cocina. Finalmente empecé a hacer tortas y siempre dejaba la cocina en un estado de implosión que daba dolor de cabeza en mi casa. Ya más grande me dio por vender galletas durante navidad, con ello compraba regalos especiales, aunque nunca fui demasiado vendedora. Muchas veces era más lo que comía que lo que vendía, otras veces lo hice por caridad y no sé si los compradores me hacían la caridad más a mí que a la misma gente que estaba esperando ayudar. El caso es que siempre me gustó, y a lo largo de los años fue aumentando la complejidad de los platos que preparaba. 

Cuando me mudé a Estados Unidos con apenas veintiún años comencé a descubrir que las cosas más sencillas de cocinar eran las que más me costaban. Todavía me cuesta un imperio hacer arroz blanco, pero en aquel entonces, luego de quemarme la cara con aceite caliente, logré dominarlo. Llegué a preparar todo menos hallacas, un plato tradicional venezolano que lleva mucho tiempo y que necesita de la ayuda de varias personas por lo que generalmente se hace en familia. 

A los veinticinco años me divorcié y así como empecé, dejé de cocinar. No quise saber más nada de sartenes, ni de ollas. Dejé de meterme en Epicurious, y de visitar Williams Sonoma. Claro que comencé a trabajar con gastronomía y vino, pero si me acercaba a una cocina se me quemaba todo. Cuando conocí a mi actual esposo un día me dijo que le gustaba mucho la salsa Amatriciana. Busqué una receta y se la hice, y quedó mundial. Fue muy extraño, pero me no la pude repetir, mucho menos que me quedara igual de buena. Ni pude, ni quise hacerlo. 

Mi proceso culinario fue como una tormenta. Me acercaba a la cocina un poco como me estuve acercando a la vida durante mucho tiempo. Con miedo. Con duda. Como si estuviera convencida de mi incapacidad y consciente  de todas las dificultades. Un poco con esa mentalidad tan estúpida de para qué lo voy a hacer yo si hay otros que lo hacen tan bien. 

No sé cuál es el motor de esta forma de pensar. Si es trauma o comodidad, personalidad, si es un poco de todo. Me gustaría preguntárselo a mi psiconalista, pero me da un poco de flojera. ¿Qué me puede decir que yo no sepa? Todo en esta vida son etapas, todo depende del cristal con qué lo mires, y mira cómo te miras. 

Tengo varias semanas en Nueva York y este ha sido el verano en que redescubrí la cocina. No sé si fue la picadura de amor por esta ciudad, la belleza de los supermercados, o la complejidad de cuidar el presupuesto y los niños, si es compartir con mi prima y cómo nos reímos entre desastres y aciertos, pero el caso es que me he acercado de nuevo con esa misma pasión y esas ganas. Más allá del cansancio me levanto pensando, ¿qué voy a cocinar hoy?  Incluso llegué a hacer mi propia receta de Tartare de salmón, y mi hija de ha picado con las ganas de cocinar, tanto que quiere vender ponquicitos en la calle. Lo que se hereda definitivamente no se hurta. 

Amo la cocina. No sólo porque me fascina comer, y me encanta compartir lo que como y que la gente disfrute conmigo, sino me fascina todo el proceso. Me gusta pensar la receta, soñar el plato, comprar los ingredientes, luego jugar con ellos. Me siento un poco bruja, un poco alquimista, me siento como una mamá, como una amiga, me siento muchas cosas. Me gusta ver como las cosas se transforman y darme un placer tan grande. 

Me relaja. 

Me destapa la creatividad. Pero sobre todo me gusta disfrutar de algo que me ha generado trabajo. Un poco como escribir. Lo que estoy buscando en este proceso de crecimiento literario, no es sólo publicar un libro, ni terminar una historia apurada, sino escribir el libro que yo misma quiero ver en un estante y no resistir las ganas de leerlo. Ser la autora sobre la que comparto artículos. 

Y mientras afino ese proceso comparto dos platos bellísimos de estos últimos días, una sopa de tomate, muy sencilla pero deliciosa y un cordero con ajo y romero. Primera vez en mi vida que hago cordero, y lo acompañé con vainitas y zanahorias saltadas con piñones y hongos portabella en reducción de balsámico. 



martes, 18 de agosto de 2015

The Gentleman´s wager de Roberto Mata y Luis Yslas en Prodavinci

En el 2009, a punto de traer al mundo a mi hija mayor y terminando un taller de literatura infantil y juvenil que cambió mi visión de la literatura, y hasta podría decir que mi vida, sentí que me haría bien explorar otras maneras de ver el mundo. Se me ocurrió entonces hacer un curso de fotografía. Yo no quería aprender a hacer fotos, ni a usar la cámara, ni pensaba ser fotógrafo. Mucho menos me habiá planteado un reto artístico, al menos no conscientemente. De hecho uso esa palabra con muchísimo respeto y confieso aunque ello implique cierto prejuicio, que tiendo a desconfiar enormemente de quien usa la palabra “arte” a la ligera. El caso es que hice el curso porque quería usar la cámara para observar el mundo.

Lo que le debo al Taller de Roberto Mata, y a Roberto como profesor y amigo y a los demás profesores por cuyas clases pasé quizás no pueda expresarlo nunca, salvo con mi trabajo. De hecho,  poco más de un año de haber entrado en al taller terminé mi primera novela, la cual estuvo en una gaveta durante casi cinco años, y hace dos días finalmente me decidí a publicarla. En este momento escribo la tercera.

La relación entre la imagen y la palabra escrita se convirtió en una obsesión para mí. La idea de hacer fotos y de relacionarlas con lo que leo y con lo que escucho siempre implica un proceso de pensamiento que a veces se me hace agotador. Sin embargo creo que esa reflexión es necesaria, sobre todo con el advenimiento de las redes sociales, lo fácil que se ha vuelto hacer fotos, compartirlas, plasmar imágenes de tu vida, de lo que ves. Lo mucho que creemos en el absoluto de lo que aparece en una pantalla y el valor que le damos a lo que leemos o lo contrario, lo poco que pensamos en las palabras que a diario soltamos cuando nos comunicamos por chats o twitter. 

El caso es que Prodavinci planteó este ejercicio tan interesante en que Roberto Mata y Luis Yslas, fotógrafo y escritor respectivamente, se retan a usar el medio del otro para hacer una crónica de su vida durante una semana.

El resultado es fascinante, y más allá de lo que en un principio pueda paracer una cosa divertida, conlleva a una reflexión profunda. Los invito a ver el reto y los resultados del mismo aquí en Prodavinci.


Al final todo son historias.

martes, 11 de agosto de 2015

Camino a alguna parte

Desde hace un tiempo estoy alejada del blog. Digamos que es como cuando en una relación uno de los dos se pone distante. Este espacio me ha dado montones de cosas, algunas todavía no termino de creerlas, mucho menos de asumirlas. Otras las he recibido con brazos abiertos. En todo caso, aunque parezca mentira para mí Ayúdame Freud ha sido una oportunidad para crecer.

Estoy tratando de reorganizar mi vida y mis proyectos. El reto no está sólo en hacerlos, sino en cómo lo organizas todo en un país que no quiere que tengas proyectos, y que pareciera que tampoco quiere que tengas vida. En este momento me es difícil ubicarme. A veces me siento aislada. Otras nómada. Otras siento que tengo una psicopatía de pasaporte, no me conecto con el lugar al que debo llamar mío. Me siento extranjera. Ajena. Expulsada.

No creo que haya una verdad absoluta en todo esto, por más que queramos buscarla o que cada quien pretenda escribirla en su lado. Es más, para esto creo que funcionan mejor los diarios privados. Yo los tengo por cierto, y lo gracioso es que escribo de todo allí menos las cosas que he hecho. Aunque de vez en cuando hay datos sobre mis viajes. En todo caso, cada quien jalará la verdad para su lado. El que más le convenga. El que le permita dormir de noche.

Yo mientras tanto me cuestiono el amor. Me pregunto hasta dónde tiene que llegar la incondicionalidad, y qué significa realmente querer a Venezuela. Si no hará falta también un poco de rechazo y de hartazgo. Si no será necesario decir así no te quiero, así no funciona, porque a veces me resulta casi falso proclamar un amor por un lugar que maltrata tanto. Porque a veces pienso que de tanto declarar el sí con los ojos cerrados nos hemos dejado matar en vida y aceptar condiciones infrahumanas. A veces pienso que por más que nos duela y por más cómodo que sea ubicar la culpa del desastre en otro lado, todos hemos sido artífices del deterioro de una forma u otra. Por ceguera, por comodidad, por corrupción, por inutilidad, por circunstancias, por lo que sea.

Me pregunto a veces qué es un país. Qué es la libertad. Qué es un el futuro. Qué es la vida. Y no es una lección que quiero que comience con una clase magistral de Platón decía que…ni tampoco que me regalen una versión actualizada del Mundo de Sofía. Aunque quizás ahí radica el problema.

Tengo oportunidad de salir de Venezuela y la tomo cada vez que puedo. Y cuando salgo, es cursi y patético, pero me dan ganas de llorar en el aire más allá del miedo al avión. Es como un estrés, como una culpa, como unas ganas de preguntar a dónde vamos y qué vamos a lograr allá. ¿Qué vamos a encontrar? Y cuando me bajo bien puedo haber llegado a un lugar que está años por delante en el tiempo. Me he sentido desubicada. Aturdida. Extemporánea y vieja. He tenido ganas de registrarlo todo y de contarlo todo. Y me invaden tantas emociones que termino por quedarme en silencio. A veces quiero agarrar a los transeúntes de los hombros y decirles, “No sabes lo que tienes. No sabes la suerte que tienes. Sabes a donde vas. Estás aquí parado y tu mayor amenaza en este momento es la suerte que está de baja, y la lluvia, que no está pautada para hoy”. Y salen los trenes. Pasan los autobuses. Alguien te sonríe. Otro te tropieza. Cruzas una calle y cuando levantas la mirada te das cuenta que te has perdido, pero qué importa. Y la vida es una mierda, como en cualquier lado. Hay corazones rotos, promesas incumplidas, imposibles, manipulaciones, maldad, corrupción, mentiras, pero hay vida. Al menos hay vida.

Yo vivo en un hoyo. Uno que tiene tanto que ver con mi país, como con lo perdida que he llegado a sentirme. No creo que las cosas estén tan separadas una de la otra. En todo caso. Estoy repensando este espacio. Y el apuro por lograrlo me ha llevado a diseñar algunas ideas que no son para mí. Mientras tanto sigo escribiendo. En otros espacios. Otras cosas. Y reviso textos que sueño con publicar.


Es nada más. Este pequeño blog que está deseando llegar a alguna parte.