lunes, 28 de septiembre de 2015

Maravillas

Al ver el eclipse de luna quizás muchos nos preguntemos dónde estaremos en 33 años. En qué condiciones y con quién. En ese tiempo el que está naciendo ya tendrá una vida, un pasado, un par de crisis existenciales, tal vez hasta una hipoteca y un prontuario amoroso. O quizás no pase nada. Porque hay vidas en las que no pasa demasiado, al menos no a simple vista, aunque siempre me pregunto si hay gente que vive igual todo el tiempo, sólo que acumulando arrugas y manchas de sol, o si es que lo esconden bien. El estoicismo de algunas sonrisas y semblantes llenos de paz es algo que uno no puede subestimar, ni tomar por sentado como divisa de normalidad.

Me pregunto cuántas muertes, cuántos cambios de gobierno, cuántas fluctuaciones de mercado, famosos caídos en desgracia, desconocidos que suben al estrellado, treinta y tres películas ganadoras del Oscar y otros tantas completamente ignoradas. Millones de libros, de cenas con los amigos, de días de furia y de calma, de mirar hacia atrás y todavía hacia delante. En treinta y tres años yo todavía seré una mujer que se a considerará joven. Si no me falla el hígado, ni las enfermedades mentales, ni las ganas, ni el corazón, si no me juega una mala pasada la película de comedia trágica que vivimos en este país, yo podría ver dos más de estos. Uno como el de ayer con ganas de futuro y uno aún con deseos de inventar y ya mucho en todo de pasado. Uno en estado de cansancio y mucha vejez y seré de esas viejas que le gusta mandar el mundo a la mierda.

Es fascinante ver cómo la luna se va cubriendo. Como va quedando en sombra. Gigante por su acercamiento a la Tierra a unos 37.000 kilómetros, se ve mucho más grande que de costumbre. La luna es nuestro escudo protector. La cara que no vemos está cubierta de cráteres producto del impacto de deshecho espacial que no llega a nosotros por ella y por nuestro campo magnético.

El universo. Ese infinito que se expande. Inabarcable. Casi a veces inimaginable. Lo que hay allá afuera y las ganas de verlo. De mirar de cerca los fenómenos, de intentar entender lo que significan para nosotros, como somos parte de ellos, víctima de ellos, dependientes de ellos, meros espectadores, turistas de esta galaxia, habitantes de una mínima parte de una inmensidad que se abre constantemente, sin descanso. Como me gustaría tocar una supernova, o ver por un momento la superficie de un planeta como Júpiter y mirar a su cielo. ¿Cómo serán los mares que se esconden bajo la superficie dura y helada de Plutón? ¿Cómo se hizo esta belleza que parece ser tan singular, única, variada, que a veces parece enorme, como es la Tierra? Si en este pedazo hay tanta maravilla, ¿qué habrá allá fuera? En Andrómeda, en la Galaxia del Triángulo.


En treinta y tres años no veremos otro igual de mágico y de complejo. Mientras tanto a llenar la hoja en blanco, a no descansar un minuto, a mirar de frente la vida, los ojos que tanto buscamos, el espejo que queremos evitar, a no perder el tiempo en llanto inútil, ni recogiendo el agua derramada, ni esperando momentos perfectos, ni palabras precisas, ni imitando a nadie, ni escalando paredes resbaladizas, ni lanzándonos al pantano cuando podemos ir de frente sobre un camino difícil e impredecible, pero lleno de aventura. La luna. La vida. Los eclipses. El universo. Es todo una maravilla.

martes, 8 de septiembre de 2015

Vargas Llosa y su espectáculo civilizado

Recientemente un crítico del New York Times publico una reseña de la versión traducida al inglés de La Civilización del Espectáculo de Vargas Llosa. El libro de ensayos no ha gustado mucho a los críticos anglosajones, quienes lo toman por una visión un tanto esnob y elitista de abordar el tema de la cultura. Irónicamente una de las críticas más fuertes vino de la pluma de Joshua Cohen para el New York Times. Uno piensa que esas cosas no pasan en el primer mundo, pero en el artículo el crítico no sólo destruyó el libro, sino que también arremetió con sarcasmo contra Vargas Llosa en términos personales. Habló del romance con Isabel Preysler, dijo que lo anunció por Twitter y que cobró a la revista Hola! por la exclusiva de las primeras fotos. Además lanza la punta de que gracias a esto las ventas de sus libros se despegaron, como si de verdad Vargas Llosa necesitara un lío de estos para vender más libros.

No me interesa qué hace Vargas Llosa con su vida privada. Miento. Es un tema ineludible en una sobremesa, cuando uno está en plan chisme. Cuando lo pienso es irrelevante. No es mi problema. No lo pienso dejar de leer por eso, ni me afecta en los más mínimo la que él es para mí como escritor. Sin embargo llama la atención que alguien que critica un libro se lo lleve al mundo personal del autor. Quizás para señalar una ironía en relación con lo mediática que es la Preysler. Cohen debería ser lo suficientemente inteligente para entender que eso no le resta mérito al libro. O no debería. Pero las cosas no siempre son lo que deben ser. Menos en un mundo donde se maneja tanta envidia. 

Uno piensa que estas cosas no pasan en el primer mundo. Que si estás criticando libros en el New York Times –sobre todo si te vas a atrever a destruirlos y a un premio Nobel como Vargas Llosa ni más, ni menos – al menos te vas a cuidar de hacer las cosas bien. Pensar lo que escribes. Argumentar tus puntos. Hacer tu tarea. Que no le face falta usar términos peyorativos, tanta ironía, tanta indirecta. La verdad es que después de varios párrafos a uno le provoca decir, bueno ya, termina de insultarlo, porque la agresividad pasiva a veces molesta más que la frontal. 

 Entre otras cosas lo que Vargas Llosa plantea en su ensayo con tanta urgencia es una reflexión sobre cómo las sociedades se están dejando permear por el materialismo y la banalidad sin control. No hay mejor muestra que el auge de Donald Trump, un tipo que podrá ser un hombre de negocios sumamente exitoso, pero que es  hijo del espectáculo, y que bien podría ser el próximo presidente de los Estados Unidos. El que piense que eso no le afecta porque no es ni ilegal, ni mexicano, ni se quiere mudar para allá, está ligeramente equivocado. No sólo es un tema de las decisiones que pueda tomar, el tono de su política y cómo eso afecte a ese país, sino que todo su discurso podría tener un impacto catastrófico en la sociedad americana y crear unas divisiones muy peligrosas.

En Europa hay una crisis migratoria, que se va a poner peor mientras se anuncia que otro grupo de desplazados ha dejado Irak soñando con llegar a Europa, mientras el mundo sigue pendiente de la última desfachatez de Miley Cyrus, ¿cantó con o sin pantaletas? Honestamente, ¿en qué nos cambia la vida eso? El último selfie de Kim Kardashian es más importante que la tormenta de arena en el Líbano. Ni hablar de lo que pasa aquí en Venezuela y lo que el mundo ha tardado en reaccionar frente a todo lo que se viene denunciando desde hace años. Pero Chávez era cómico, y Danny Glober y Sean Penn se tomaban fotos con él. Y Naomi Campbell. Era todo un show. Al final el mundo prefiere lamentarse frente a las víctimas que movilizarse para evitarlas. 

Es una forma de reaccionar, es por distracción, es porque estamos más pendientes de estar entretenidos que otra cosa. Es que si no es divertido no funciona. Tiene que ser light, tiene que ser potable, no puede ser denso, ni demasiado intelectual, se tiene que entender incluso por alguien que no quiera entenderlo. De paso eso mismo me dijeron hace unos años cuando me contrataron para escribir artículos de arte en una revista.

¿Qué pasó entonces con Vargas Llosa y el New York Times? Mario Vargas Llosa escribió una carta, pero por supuesto no fue para quejarse por la mala crítica, ni justificarse, ni aclarar nada. Como pasa a veces, que un autor se siente ofendido, le molesta que alguien critique su libro por las razones que sea y empieza entonces un diálogo, un amedrentamiento o la típica comidilla de la civilización del espectáculo. Simplemente mandó una carta, pública por cierto, en la que aclaró las cosas y pidió una rectificaciónm que no tiene cuenta Twitter, y que jamás ha vendido fotos a la Hola! como se mencionó en el artículo. Eso es elegancia. Eso es sentido del honor. El New York Times no tuvo más remedio que publicar una disculpa que se puede leer al final de la versión corregida del artículo en su página web.


Ese es el mundo que tenemos. Quizás el que siempre hemos tenido. A veces dudo que el Apocalipsis esté más cerca por la creación de internet, aunque si pareciera que el cambio climático es una amenaza que nos negamos a ver, unos por miedo, otros por comodidad y un pequeño grupo por negocio. Y he aquí la ironía tan grande, quizás hubiese valido más la pena dedicarle este post a ese tema en específico que a cualquier otra cosa.

Para leer el artículo del New Yor Times pulse aquí

sábado, 5 de septiembre de 2015

Una excusa para no mirar atrás

Por fuera se nota, pero no demasiado. Además de brazos y piernas hay más pechos, por una razón de anatomía y química. Quizás el corazón también se ha ensanchado. Algunas cosas son más claras y más firmes y preferiría no decirlo demasiado. Me pregunto en qué momento arrancó esta versión de mí que hoy quiero dejar atrás como las serpientes dejan la piel. Un vestido de escamas que añoran otro colorido. Y se puede. Realmente se puede. Hay quien siente que la vida es una definición absoluta. Saber lo que quieres siempre. Entenderte siempre. La inteligencia emocional es saber conquistarse, dominarse, no dejarse llevar ante ningún impulso. Como si el alma fuese una gran roca.

Si el alma es una gran roca yo soy Andrómeda. O yo soy Sísifo. Escapes y condenas y ninguna salida lógica, ni justa necesariamente. Es mi destino. Es quién soy. Me gusta ser varias versiones de mí. Me gusta la risa, el sarcasmo, la dulzura, me gusta mi versión más oscura, me gustan mis fantasías y la tentación constante de ir hacia ellas. Me gusta ser el genio de mi botella. Me gusta pasar de las estrellas fugaces porque con mis manos tengo suficiente.

Me gusta el panorama desde las esquinas a las que asomo. Me gusta la brisa. Me gusta la soledad de mis pasos en calles desiertas. Me gusta esperar y saborear el momento de saltar al vacío. Saltar hacia lo que presiento. Hacia el destino que me pertenece. Me gusta verme la edad en las manos, incluso aborrecerla. Me gustan los amuletos. Los de la suerte y los de la terquedad. Las cobijas de seguridad, los objetos de transición. Los detonantes de recuerdos, de envidia, de un poco de rabia. Me gusta hacerle una pesquisa a mi vida de antes, imaginarme que hubo otras opciones, que tomé esta vía por equivocación. Como si todos los caminos no dieran hacia este resultado. Si pudiera guardar silencio lo haría, si supiera como gritar también lo haría. Y quizás todo este esfuerzo, todo este camino es el largo ensayo de las cuerdas vocales.

Ciclos que se cierran y otros que terminan. Y mientras tanto te preguntas, ¿quién soy? Como si pudieses atinarle a una respuesta coherente. A la mecánica de definir las cosas en una oración para que tengan sentido, para sean posibles, para que no se derrumben. La vida no es tan complicada, ni tan sencilla, ni nada importa tanto, salvo lo que llevan tus ojos, salvo la primera impresión que tuviste de ti mismo, antes que nadie la contaminara. Quizás el juicio que más importa no es el último, sino el primero y el miedo a ambos y todo el bagaje que generan hay que desecharlo.


En el momento que menos esperaba encontré lo que vine a buscar: una excusa para no mirar atrás.