jueves, 18 de mayo de 2017

Reflexiones para la república que viene: El deber ser



El 2 de febrero de 1999 tomó posesión de la presidencia Hugo Chávez. Recuerdo ese acto en el entonces Congreso de Venezuela como si hubiera estado allí. Chavez con la mano derecha levantada y la otra sobre la Constitución de 1961, Luis Alfonso Dávila con un gesto de juramento similar ofreciéndole a Chavez la carta maga y Rafael Caldera, todavía con la banda presidencial, en medio de los dos. Lo que está grabado en mi memoria de este momento son las palabras: juro sobre esta moribunda constitución. 

Cuando Chavez alteró el juramento hizo el primer quiebre a la institucionalidad. No tenía derecho de modificar un juramento tan importante como el que un presidente electo debe hacer sobre el principal instrumento legal de un país. Una constitución no sólo es la radiografía de una sociedad, es lo que sostiene la maquinaria entera del estado. Un hombre, puede ser presidente o no, tiene derecho a cuestionar la constitución de su país, incluso proponerse a hacerle cambios. Estudiarlo, consultarlo, impulsarlo. Pero a la larga el cómo se hacen las cosas, la forma, termina siendo tan importante como el fondo. Que un presidente recién electo le faltara el respeto al mecanismo que lo llevó a la presidencia era la primera señal de que sus intenciones no eran democráticas y ahí ha debido detenerse todo este proceso. 

Si esto se pudiera reescribir como una película Luis Alfonso Dávila y Caldera, así como los diputados ahí presentes han debido frenar la toma de posesión. Exigir que el presidente electo repitiera el juramento y apegarse a lo establecido en la ley. Fácil no hubiera sido. Seguramente les habrían llovido críticas e insultos, pero ese era su deber como funcionarios, como demócratas. Después de todo, el proceso de toma de posesión en un régimen democrático trasciende los simbólico. No se trata de palabras bonitas, de actos espectaculares ni de parsimonia. En una toma de posesión estamos hablando del principio de alternabilidad del poder, de la seriedad de las instituciones, de la responsabilidad del funcionario que asume el cargo de deberse a la ley y a los principios consagrados en ella. También es un acto que se realiza en el congreso y lo preside el presidente del congreso porque marca la relación que debe existir entre los poderes públicos: separación, balance, pesos y contrapesos. 

En la realidad lo que ocurrió fue lo que suele ocurrir cuando se instalan regímenes totalitarios: nada. La reacción de muchísima gente fue de risa. Casi de admiración. El desafío de Chávez no se tomó como un desafío a la democracia, ni a las instituciones, sino a los políticos. Esto último se puede comprender. Los ciudadanos tenemos derecho a estar hartos de los políticos, pero no podemos tomar a la ligera el desafío a las instituciones. Una cosa es el hombre y otra es la institución, y es válido tanto para los funcionarios que detestamos, como aquellos que admiramos. Incluso cuando estamos de acuerdo con las acciones de alguien, con su ideología, su manera de pensar, su propuesta, en fin, su política, también nos vemos en el deber de exigirle que respete la ley, que se apegue al derecho y a los valores democráticos porque ese es el deber ser. 

Ese dos de febrero no hubo un juramento democrático, sino que se tomó un procedimiento solemne de suma importancia y se convirtió en un pequeño discurso populista. Verlo ahora calza a la perfección con lo que hemos vivido los últimos dieciocho años. Quiebre de las instituciones, concentración del poder sobre un ejecutivo que ignora a la constitución y los demás poderes y es más, los maltrata, los usurpa, los devora, los aplasta. 

Durante mucho tiempo he venido preguntándome desde cuándo no hay democracia en el país. Quizás en momentos como este una reflexión tal pareciera que no importa. Pero si algo importa en este momento no es sólo reflexionar sobre lo que vivimos, no es sólo expresar el dolor, la solidaridad, la rabia, no es sólo la denuncia, la crítica, el ojo avisor ante cualquier indicio se retroceso o de traición. Una parte fundamental para salir de este embrollo es reflexionar, cómo, cuándo, nos metimos en él. 

Es cierto que el triunfo de Chávez de por sí fue la consecuencia de un sistema que venía enfermo. Pero también de los errores de muchos políticos. Es cierto que ese día, ese 2 de febrero de 1999, fue un momento clave de nuestra historia, porque allí quedó marcado que no teníamos una democracia porque no sabíamos lo que era y por lo tanto no podíamos exigirle ni a un presidente, ni a nadie que la respetara. Por eso fuimos el país que eligió a un golpista, y aunque yo no voté por él debo reconocer que en ese entonces ya tenía dieciocho años y no alcé mi voz en contra de lo que hoy veo como algo inaceptable, porque la constitución que Chavez insultó ese día estaba vigente y era nuestra ley suprema, la base de todo nuestro sistema de país. Ese día nos dejó claro que no venía a reformar, ni a reconstruir, sino que venía a destruir.

A la larga los momentos clave de la historia terminan quedando en manos de unos pocos hombres. Los que están allí presentes, que tienen el poder, la voz, la capacidad de actuar, pero también la consciencia del compromiso. Ese día se selló nuestro destino, el que nos ha traído hasta tanta destrucción y del cual no pudimos cambiar por más que durante años una gran parte del país se ha dejado los sueños y la vida intentándolo. No digo que si ese juramento se repite no estaríamos exactamente donde estamos, pero quién sabe, a lo mejor tantos otros hubieran seguido el ejemplo de que en democracia a los ciudadanos se les deja ser, pero a los funcionarios se les exige el deber ser. 


Es posible que esta reflexión parezca anacrónica e inútil en este momento. Sin embargo, yo creo en revisar la historia para construir el futuro, no para lamentarnos, sino para aprender, para corregir. Espero que la república que vamos a fundar sea una es que no se le permiten licencias, ni faltas de respeto a ningún funcionario, no importa su popularidad, ni las razones, al final debe imperar la democracia, sus leyes, pero sobre todo sus valores. Y que cuando fallen las instituciones los ciudadanos ejerzamos nuestro deber, porque la libertad no es un favor que nos otorgan, pero irónicamente si dejamos que pisoteen los mecanismos que la garantizan, nos la arrebatan.

1 comentario:

Kathleen dijo...

Gracias por tu reflexión