jueves, 6 de julio de 2017

Los destructores de oficio


En la última semana he tenido conversaciones y he leído comentarios francamente deprimentes de varias personas hacia dirigentes políticos en Venezuela. Es la típica conversación en la que tu interlocutor destruye a todos los dirigentes por brutos, por corruptos, por ineptos. A los que más o menos califica por tener algo de cerebro los estima inviables quizás precisamente por eso, luego hace una comparación histórica para intentar rebatir tus argumentos (como si tú fueras acabaras de salir de tu lobotomía, entonces para que aprendas y te nutras, ¿no?) y finalmente te dice que bueno que hasta los historiadores en Venezuela son una basura, porque ya en ese país no se hace nada, nada sirve, nadie entiende. En fin, que los venezolanos de hoy en todo somos todos una vergüenza, una porquería, no servimos.

En primer lugar yo me harté de las generalizaciones en contra de los venezolanos. Después de partir de allí, si hay algo que me enfurece casi a la par de Maduro es justamente esta posición del destructor de oficio que no hace nada, que no plantea nada, que además no aporta, no se involucra y no participa salvo en conversaciones de sobremesa, whatsApp y redes sociales en las que destruye , posicionándose en una especie de Parnaso donde está él con "LA VERDAD". Se supone que tú (pobre idiota, débil, lumpen intelectual) sencillamente no quieres aceptar lo que te están diciendo porque o te duele, o eres una foca obediente que no piensas por ti misma o sencillamente eres inculto y tonto. Este es el nivel de discusión y descalificación al que he llegado con algunas personas.

Debo decir como venezolana, como mujer, como escritora y bloggera que si bien es inexpugnable el deterioro de nuestro país desde su infraestructura hasta su fibra social, que claro que hay dirigentes cuestionables, de trayectoria terrible, ladrones, vendidos, mentirosos, corruptos, y pare usted de contar, también es verdad que Venezuela ha dado un ejemplo de convicción democrática, de resistencia, de principios, de solidaridad y de calidad humana que están relevante para la historia de la región como lo ha sido su destrucción. Estoy orgullosa de mi país. Cada día y más que nunca en mi vida.

Ciertamente todos tenemos derecho a nuestra opinión y a expresarla a través del medio y en el momento que creamos o sintamos conveniente. En mí siempre encontrarán a una férrea defensora de ese derecho y no mandaré a callar a nadie jamás. Cuestionar, criticar y expresar nuestra opinión no es sólo un derecho, a veces es incluso un deber. Ciertamente luchar contra un narco estado, mafioso, terrorista, en una sociedad colmada de enchufados y vendidos, y de gente que no termina de asimilar lo que sucede porque no se encuentra en el liderazgo o está atrapada en el día a día requiere de gente valiente que exprese su opinión. Al final necesitamos tanto al pragmático, como al soñador, al crítico, como al que suele ser más moderado y prudente. De la pluralidad del pensamiento saldrá una república sana, pero de un pensamiento monolítico no y por eso siempre me reservaré el derecho de cuestionar a cualquier líder y cualquier propuesta cuando así lo crea conveniente.

Las diferencias siempre van a existir y de hecho es sano que existan, sobre todo de pensamiento. Diferencias que pueden ser superficiales, hasta de simpatía pero más importante aún ideológicas, morales y de principios, algunas de las cuales nos pondrán en planos irreconciliables con estas personas. Y con eso quiero decir, no que vamos a vivir insultándonos, sino que no seremos amigos, que no iremos juntos a la playa, que no nos dedicaremos risitas, que llegado el momento y el lugar cuestionaremos duramente pero al día de hoy, ahora en plena crisis humanitaria, con el país que no se va de la manos, a pesar de todas nuestras diferencias tenemos una causa común que es Venezuela.

He visto gente inteligente dedicar los más despiadados comentarios hacia dirigentes presos, o en pleno meollo de la lucha y la resistencia, buscando en mí, porque he sido crítica ante muchas posiciones, una especie de beneplácito de la falta de empatía. Una conchupancia para destruir de gratis y hacer que llegar a un nivel de descalificación que escapa la crítica cotidiana y hasta el chisme para caer casi en la deshumanización. Esto de parte de destructores de oficio, de quienes no he visto el primer movimiento, el primer aporte de ningún tipo, ni a nivel político ni social, gente que incluso lleva varios años fuera del país y que no tiene ni idea lo que es salir de su casa y encontrarse con un Guardia Nacional que te puede destrozar la vida o simplemente pasar de largo. Que no sabe lo que es el miedo, ni perderlo todo, ni tener que salir con pocas opciones de tu país porque sencillamente un día te diste cuenta que no tenías futuro, ni tus hijos ni tú. Estos destructores que les parece que los muertos son una deuda con la historia y que es lo que tocó, que los dirigentes presos se lo buscaron porque son cobardes y son basura. A ustedes les digo que lamentablemente su superioridad moral y su falta de empatía los acerca más al Hugo Chávez del 98 que al movimiento republicano que hoy quiere recuperar la democracia en Venezuela.

Tzvetan Teodorov en La experiencia totalitaria habla de cómo todos los seres humanos tenemos potencial para hacer el mal. No somos superiores, ni inocentes, ni mejores, cada quien tiene una circunstancia distinta y para nuestra suerte y fortuna, dentro de tanto daño, hemos sido muchos más los venezolanos que no hemos sucumbido ante tantas posibilidades de entregarnos a la barbarie, sea porque nos unimos a la maquinaria asesina o porque sencillamente tiramos la toalla y nos dejamos llevar.

En lo personal, debo decir, que si algo he logrado mantener intacto estas casi dos décadas de régimen chavista es una parte de mi corazón inmune al resentimiento. No he dejado ni que entre en mí el odio, ni las ganas de destruir a nadie, sino que mi energía va en reconstruir mi país y mi vida. Mi idea de justicia no es dañar, es subsanar. Me sigo alegrando por los demás y sé, que aunque tenga diferencias emocionales, personales y de ideas con dirigentes y ciudadanos, hasta con mis amigos, soy capaz de trascender esto cuando alguno de ellos está amenazado y brindarle mi solidaridad. No es fácil, y no siempre me he sentido así. No siempre han sido mis sentimientos tan limpios. He dicho cosas que no podría recoger, he dañado, he insultado y probablemente lo vuelva a hacer, pero si soy capaz de recoger mis palabras es porque no me creo superior a nadie, sé que en cualquier momento puedo y volveré a fallar.

No estoy de acuerdo con la retribución, ni el escarnio público. Estoy harta de la superioridad moral y la destrucción constante. Harta. No me infunde respeto quien la aplica. No siento que es más ilustrado, ni preparado, ni mejor, el que usa su pasado intachable para destruir a quien más allá de sus errores hoy está luchando por el país. Me da de hecho tristeza ver que esa podría ser la piedra de base para la construcción de una república porque así lo que haremos será sembrar nuestro futuro sobre lo mismo que nos trajo aquí: el revanchismo, la falta de justicia, el chisme, la falta de honor, solidaridad y un verdadero concepto de justicia.

Critiquemos, cuestionemos, pero estemos claros de una cosa, nosotros también nos equivocamos, así que cuando alcemos la voz en contra de alguien pensemos en cómo nos gustaría que nos critiquen a nosotros. Destruir como si fueras dueño de la verdad y de una moralidad intachable no te hace más inteligente, ni mejor, sólo te convierte en un destructor de oficio. Uno más de un montón. 

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