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miércoles, 16 de julio de 2014

Un país frente a la cara de Messi

No sigo el fútbol. Me importa un comino el Barca, el Real Madrid y el Boca Juniors. No sé quiénes están en segunda división, ni en tercera, ni que carajos va a hacer Blatter a partir de hoy. De la biografía de Messi sé lo poco que queda explayado por los medios de comunicación, desde Cancha Llena de La Nación hasta la revista Hola! Sé que luchó contra la adversidad, que su tamaño fue su gran obstáculo y más adelante su arma secreta. Que muchas veces tuvo que escuchar que jamás lograría ser un futbolista profesional, y que luego Argentina y España se lo pelearon para sus selecciones y él decidió quedarse con Argentina, dejando pasar la cantidad de ventajas que le ofrecía el país Europeo, incluso sabiendo que en aquella oportunidad tenía más chance de ganar con esa selección y que el ambiente para él era más amigable. Él hizo lo que creyó correcto, no lo que le convenía. 

Yo me imagino que la vida del deportista debe ser tremendamente compleja. Claro, que a veces me parece que la gran cantidad de dinero que ganan y mueven y es algo que tiene que cambiar en un mundo que tiene un continente como África, pero eso es otro post. El caso es que la presión de esa gente es algo que uno desde su computador no entiende. Son personas que han librado luchas titánicas, y que salen allí a llevar la bandera de sus países, pero también la responsabilidad que sienten desde todo punto de vista, desde el económico, hasta el histórico. 

En el caso particular de Messi creo que es aún más fuerte, y aunque lo admiro, no me gustaría estar en sus zapatos. Perdió. Y no debe ser fácil. No es sólo un tema de perder un partido, mirar adelante y darle las gracias a la vida. No todo en este mundo es Zen y Paulo Coelho. En esos momentos esperamos respeto al ganador, pero al perdedor nadie lo respeta, ni mucho menos el derecho que tiene a sentirse frustrado. Creo que también hay formas honrosas de expresar la frustración, y no creo que la sonrisa falsa sea una de ellas. 

En el caso particular del domingo, la Fifa y el Balón de Oro, creo que el mismo Messi sabía que ese trofeo no era para él. Lo poco que lo he escuchado hablar y sé de su vida, la cual es relativamente tranquila y bajo perfil para un jugador que ha tenido tanta exposición y éxito, es un tipo que no anda buscando ese tipo de reconocimientos y menos inmerecidos. Para él lo perdido, perdido estaba, y lo que es más, sabía que de una forma u otra lo iban a señalar. Claro que, ese es el riesgo que se corre cuando uno se lanza a la luz pública. Y él lo asumió. Es más, era parte de su sueño. 

Creo que todo este asunto de Messi abre la puerta a una gran cantidad de temas, y no es precisamente por la cara de culo que le haya puesto o no a Dilma. Creo que tiene que ver con cómo se adjudican los premios, y por qué. Qué significan. Para qué sirven. Y cómo asumimos las derrotas. Pero sobre todo, creo que ahora que pasan los días y la gente sigue destruyendo a un gran deportista, creo que también tenemos que pensar qué vemos en la derrota ajena que nos causa tanta rabia. ¿Por qué la saña? ¿Por qué la poca piedad? 

Cada quien es libre de opinar lo que quiera. El que le molestó, le indignó, le pareció bajo y poco profesional está en su derecho. Pero seguir dándole vueltas al tema y rebajar al jugador, achacarle la derrota y encima llevarlo al terreno político, es ridículo y muestra de una miopía que sirve de prueba para demostrarnos lo mal que está el mundo y lo rampante de la ignorancia que nos carcome. 

En el fondo, me importa poco la cara de Messi. Creo que la lección de vida no está en su cara, sino en cómo el mundo la asume. No creo que ganemos nada de una sonrisa falsa de su parte, pero sí perdemos mucho con la impiedad con que la gente comenta una actitud de frustración. Somos muy tolerantes con todo, menos con la derrota. Allí somos implacables. Qué fácil es ganar. Qué fácil es pisotear al que pierde. Y lo que más me impresiona es que estamos dispuestos a tragarnos sonrisas falsas, porque preferimos las formas y no el fondo. La frustración no se tolera. Pero lo que es más, sirve de plataforma para juzgar a todo un país. 

La gente que se dedicó a hablar pestes de Brasil por las bombas lacrimógenas no se ha puesto pensar cuántos productos brasileños compra. Es decir, que vitupera por Facebook pero sigue contribuyendo para que se hagan negocios millonarios. Me pregunto, ¿de qué sirven los comentarios dañinos en contra de Brasil? Para dañar más el mundo, pero para que Dilma Ruseff entienda algo, o cambie de posición, no.

Y así ha pasado con Argentina. Generalizando. Juzgando. Desviando el foco de lo realmente importante. Y lo que es más, hablando del ejemplo que deben dar los jugadores, sin pensar en el ejemplo que debemos dar nosotros. Me da dolor cómo somos capaces los venezolanos de criticar a mansalva un país, sin pararnos a pensar en cómo está el nuestro. Cayéndose a pedazos. Y no, no sirve lavarse las manos y culpar la plaga de Chávez. Un país es su gente y todos somos responsables, todos tenemos algo que responderle a la historia, aunque en los libros no quede registrado nuestro nombre. 

Lio Messi se levantará mañana y seguirá jugando. Y quién sabe si en cuatro años logra lo que se le escapó el domingo. Estoy segura de algo, lo va a intentar. Mientras lo destruimos, aquí nos derrotan todos los días y no hacemos nada. Y me pregunto ¿es que el fútbol se pueda comparar a las batallas en las que uno se juega la vida? Tal vez en el deporte como tal no, pero en cómo se asume a través de los valores, sí. 




martes, 8 de julio de 2014

Estamos aislados

Soñaba con cambiar el mundo. Ahora sueño con ser parte de él. Cualquier lugar fuera de la frontera de este país es demasiado lejos. Es inalcanzable. Para llegarle se necesita algo como un programa espacial. No sólo hay que tener la voluntad del astronauta, hay que tener los recursos también. Salir de aquí ya no es cosa de soñadores, ni de aventureros, es casi una batalla de determinación  mezclada con suerte. ¿Cómo se sale de aquí? No se sabe. Son demasiados factores y aunque no queramos verlo, ya muy pocos dependen de uno mismo.

Quizás no queramos quejarnos, o nos de pena, porque pensamos que no viajar es el problema más frívolo del mundo. Pero hay que sentarse a pensarlo un rato:

¿Cuántos viajeros abordarán hoy aviones? ¿En cuántos aeropuertos del planeta? ¿Cuántas personas arrastrarán sus maletines de mano, entregarán un boarding pass, mirarán con impaciencia el reloj mientras el piloto dice que tienen que esperar quince minutos para dejar la puerta? ¿Cuántas personas tomarán una conexión, reclamarán una maleta perdida, habrán perdido un vuelo y podrán descansar en un hotel de aeropuerto con un voucher de comida pensando que al día siguiente saldrá otro vuelo igual? Los mismos colores de la aerolínea, los mismos asientos gastados y estrechos, el mismo olor a encierro, diesel y aspiradora quemada, el mismo sabor sintético de la comida de avión. El café barato. La turbulencia inesperada. Las ventanillas abajo por favor, las películas, el duty free, la impaciencia por salir y el alivio al llegar.

Nada de eso es ya común para nosotros. En Venezuela es una odisea. Es ciencia-ficción. Un aparato que vuela. Una tripulación de salida. Una elección. Hoy me voy. Mañana regreso. El ancho mundo se abre y mientras uno planea las noches que va a pasar y la ropa que va a usar, va imaginando los sabores y las texturas, los colores, las caras. Sueños de ver el mundo. Aquellas cosas que uno se imaginó o se prometió de pequeño: antes de los cuarenta voy a conocer el Niágara, o voy a ver las Pirámides de Egipto.

Tal vez los viajes estén cargados de otra cosa. Un reencuentro tan soñado. Aquella amistad que el Facebook rescató, que las redes sociales no dejaron enfriar, esas dos, tres o diez personas que planificaron un par de noches que vivieron tantas veces antes de las canas y el agobio de la vida, y se volverían a ver para recordarse que el tiempo pasa pero que los afectos quedan. El novio. La novia. La familia que está lejos. Los hijos que van creciendo y que están con una madre que se cansó y decidió irse a enseñarles que el mundo es otra cosa. Que este hueco ya no es un país, es una circunstancia, una apuesta, casi un accidente del destino que hay que tener la voluntad de cambiar.  

Aquellos aviones que ya no salen de Venezuela se llevaban maletines cargados de proyectos. De planes. De crecimiento. De futuro. El médico que quería superarse y aprender a operar con una técnica que iba a salvar vidas, a ahorrar dinero, a mejorar la calidad de todo. Gente que iría a aprender otro idioma para ascender en su compañía, o para garantizarse un futuro o un traslado en una multinacional. O para aprender. Sólo para aprender. Por el gozo. Por la superación. Porque a los veinte años la tarea más importante es experimentar, irte con un presupuesto irrisorio a forjar la motivación para ser alguien en la vida y decirte más adelante que nunca olvidarás cuando no eras nadie y que regresaste a tu país porque lo extrañabas, no porque no salieron más vuelos.

El niño que nace afuera o la abuela que regresó a la tierra que dejó de niña quedarán sin abrazarse en el tiempo planificado. Ellos también iban a volar entre Caracas o Valencia y alguna ciudad que ahora bien puede estar en Júpiter, poco importa, porque los dos están igual de lejos y son igual de imposibles para la gran mayoría. Ya no importa. Ya ni caso tiene.

En la barriga de esos aviones  estacionados o en ruta hacia otro lugar, venían cantidad de cosas que aquí se esperaban. Materia prima para distintas empresas. Comida. Libros. El sustento de tantas compañías que hacían lo que podían, cómo podían esperando un tiempo mejor. Aguantándose de una esperanza.  Un político. Un profeta. Dios. Quién fuere. Alguien. Cualquier persona con un dato, con un análisis o con un comentario irracional que les ayudara a abrir los ojos por la mañana y no rendirse. Esos aviones ya no salen. Esas cosas ya no llegan. Y si salen es muy poco, y si llegan parece un milagro. Y uno ya no sabe si esto es como la magia, o como las piernas largas o la habilidad para las matemáticas, te toca por suerte, por ser el elegido o es un truco que logran quienes tienen destreza para ello. Para el engaño, para moverse debajo de cuerda y que parezca tan fácil aquello que para el común es casi imposible.

Y si uno pensaba que con los aviones que no salen no hay tragedias  hay que pensarlo de nuevo. Porque en tierra se quedarán personas que no verán nacer a sus hijos, ni enterrarán a sus padres. No viajarán quienes tenían un procedimiento quirúrgico planificado, ni quienes tenían una entrevista de trabajo que tiene las mismas características de una balsa para huir de este mar de miseria. En tierra se quedará el personal que vivía justamente de no volar. Las empresas que surtían los aviones, que limpiaban los aviones, el personal de seguridad, de atención al pasajero, incluso quienes vendían comida y productos en el aeropuerto, quienes transportaban la carga a la ciudad, todos ellos hoy se quedan en tierra y llenos de incertidumbre.

Es que cuando uno volaba, no subía al cielo solo, sino que arrastraba a cientos de personas con uno. Desde el que diseñaba la campaña de publicidad de la aerolínea, hasta el escritor free lance de la revista que encontrábamos a bordo.


Nos vamos quedando aislados. Y no es nada más el asilamiento físico. No es que ahora para ver la Torre Eiffel habrá que buscarla en Google Earth -y escuchar el eterno comentario: dale gracias a Dios que tienes internet. Sin dejar de pensar, y estar seguros, que eso es algo que damos por eterno pero tarde o temprano dejaremos de tener. – Es que nos vamos quedando aislados intelectualmente. Es que los médicos no pueden viajar, ni expertos en ninguna materia pueden venir, es que quienes venían a dar una charla, o revisar una construcción, o a entrenar un equipo de maestros, a montar un sistema o una exposición, no viajarán, por miedo a quedarse atrapados como nosotros, porque de pronto los barrotes de esta jaula van reduciendo el espacio entre uno y otro. No vendrán espectáculos musicales, ni equipos deportivos, salvo que el gobierno los traiga con el poder económico de sus charters, pero aquel equipo local que con tanto esfuerzo luchó para participar en una competencia internacional, esos tampoco podrán salir.

Poco importa la plataforma continental. Esto es una isla. Entrar a una biblioteca o a una librería es terminar de entenderlo. No sólo se han reducido los vuelos de las aerolíneas, también se reduce el vuelo de la mente. No quedan casi museos, ni hay proyectos de unos nuevos que no vengan con la coletilla de la ideologización y el compromiso con el pensamiento sumiso, único, tergiversado de quien sólo utiliza los medios de expresión para convencer a la gente de que el modelo a seguir es el actual y no vale la pena pensar más nada.

Podemos seguir creyendo que esto es temporal y que es accidental. Podemos seguir prendiendo velas, esperando a que mañana todo se resuelva solo. Esto no es un error de cálculo, ni el traspié de un miope. Esto está fríamente calculado. Aislarnos es parte del proceso de someternos. Así no tendrán que callarnos, porque en la medida que veamos esta única realidad, en la medida que no llegue de nada afuera, ni regresen incluso las historias casi tan fantásticas como de quien vio un ogro, un troll y un dragón escupiendo fuego cuando alguien cuente de la Estatua de la Libertad, la Muralla China o el oleaje del Cantábrico,  no tendemos ideas que expresar.

Porque a la gente se le somete quitándole la razón para luchar. ¿Quién va a querer trabajar y sacrificar nada si ya ningún sueño es viable? Ni la casa que soñabas, ni la empresa que visualizabas, ni el carro que siempre quisiste, ni ese viaje.  


Nos quieren aislados, tristes, nos quieren incomunicados, no sólo de las grandes urbes en las que la vida fluye y se gesta la voluntad de los hombres, los sueños y las ideas. Nos quieren aislados de nuestros propios sueños. Una vez que renuncias a lo que siempre quisiste, una vez que renuncias a volar, no sólo en la butaca 34 B soñando con aterrizar en otro mundo aunque estés en el mismo planeta, también renuncias a escuchar tus otros sueños. Una vez que te resignas a que algo que querías tanto es posible, todo lo demás cae como cuando haces un camino de piezas de dominó.

Mientras hoy alguien monta en Instagram el ala de un avión, se quedan en tierra miles de abrazos, de proyectos, de posibilidades. Mientras alguien le pide a una aeromoza un coca-cola y un piloto anuncia la aproximación a un aeropuerto alguien entrega su carnet de idetificación y pierde su empleo. Una familia se queda sin sustento. La del ejecutivo que perdió las oportunidades y la del obrero que ya no sabe que hacer. Y así un país se cae a pedazos como cuando se revienta un ala en pleno vuelo. Ojalá supiéramos a qué altura viajamos y cuánto falta para terminar de caer.


lunes, 7 de julio de 2014

Pueblo Fantasma

En día como hoy me pregunto ¿cuánto tiempo más podrá sostenerme El Ávila como motivo para quedarme? Tal vez haya muchos más, pero a medida que pasa el tiempo uno siente que cada vez son menos las razones para estar aquí. Las casas se venden, los muebles se guardan, los libros se donan y mucho de lo que sobra, no se usa o no cabe se bota. Y mientras tanto uno en la acera de enfrente viendo como tanta gente cierra las maletas y se va. Las puertas se cierran, los aviones despegan y nos vamos quedando solos.

Esto ya es un pueblo fantasma. A veces me siento así, como un fantasma que ronda unas calles desoladas, llorando la muerte del país en que creí que iba a vivir. Fantasmas, zombies, como si fuera una película multigénero, drama, terror y algo de comedia porque insistimos en no parar de reírnos de lo que sea, mientras lo humano nos termina de abandonar.

No sé qué estamos viviendo, ni cómo calificarlo. No sé si es un sistema político, si es la guerra, no sé si es el fin del mundo, si es un proceso cíclico, un fenómeno sociológico, sólo sé que me busco y me busco y no me encuentro.

En este país cualquier sueño pasó a ser imposible. Cualquier meta es demasiado difícil, se ve en los ojos de la gente a quien le cuentas tus sueños. Ya no es cosa de luchadores hacer algo grande. Ya no se trata de tener algún tipo de visión. De negocios, de arte, de dejar una huella y cambiar el mundo. El mundo lo limitaron a unas fronteras, las del miedo y la baja autoestima, la de los obstáculos insalvables o casi imposibles de sortear y la del eterno agradecimiento porque es tanta la gente que está mal que quejarse es un lujo que no vale la pena darse.

La vida aquí se basa en tener la fuerza para sobrevivir, o tener la debilidad suficiente para ser uno más de los que saquean y se despojan de todo lo que creyeron para convertirse en parte de la corriente y que el caudal no los arrastre. Es decir, o te suicidas o te sientas a esperar que la muerte te alcance. 

Quienes esperamos lo hacemos con la mirada puesta en el cielo, con los brazos al aire, esperando el amparo de algo o de alguien. Abrazándonos a lo que fuimos, a nuestros afectos, a nuestros valores, mientras el ojo del huracán nos pasa por encima, pero sin que haya un parte meteorológico creíble que nos diga que esto va a pasar.

Hemos tenido que aprender a convivir con la muerte, con la injusticia, con la corrupción. Éramos un país rico, pero extremadamente pobre y lo seguimos siendo. Mientras el mundo ha avanzado, con todos su problemas, aquí nos reducimos a un grupo de seres que se lamentan o se vanaglorian de haber destruido un país para probar que en un pasado que ya podríamos calificar de remoto no se hizo suficiente.

Nos volvimos el país en que se hacen las cosas porque se puede y lo que se debe, es justamente eso, una deuda, no un compromiso. Los valores pasaron de moda, ahora son otros, son números en cuentas clandestinas o cuentas que sacan las mujeres cuando sacan sus accesorios del closet. El hombre más grande es el que tiene la casa más grande, el avión más grande y además se lo hace saber a su vecino, a los padres del colegio, a los demás hombres de negocio.

No se construye nada, ni hay espacio, ni esperanza de construir nada. Los puertos están vacíos, y las fábricas que no están abandonadas están tomadas por obreros que siguen convencidos que alguien los explota y que esa persona les debe, y les tiene pagar.

Me pregunto qué se sentirá respirar en un país en que la vida no impone una cuota de locura para salir a la calle. Me pregunto si afuera uno es dueño de su destino, o si esa es una cuestión filosófica y profunda que no se responde solamente con una estampa en el pasaporte.

A veces se hace pesada la vida en la que uno sólo barre el polvo que deja el abandono de quienes se fueron. Aquí con los fantasmas, tristes, esperando si aquellas almas que una vez creyeron en este país regresan a atormentarlos con los cuentos de tierras lejanas en la que el tiempo pasado tal vez no fue tan bueno, pero el presente es mucho mejor. A veces me niego a creer que esto fue todo. Que perdimos. Que nos destruyeron. Que no hay plan que valga, esto lo perdimos, que aquí lo que queda son árboles de mango, Ávila y playa y que los sueños ya son fantasías. Que la única forma de lograr ser alguien será a través de una alucinación.


A veces quisiera yo también cerrar la maleta e irme. Ser alguien distinto. Despedirme de todo y olvidar que esto también fue mío.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Johnny Rica: el hombre libre

Anoche un joven de 23 años se quitó la vida. Johnny Rica. Había recibido un balazo de parte de colectivos en una protesta, y le dijeron que quería inválido el resto de su vida. Sólo quien ha pasado por eso podría imaginar la desesperación que genera un golpe como ese. Johnny salió a luchar porque era un hombre libre. Lo digo en el contexto de la película Los Hombres Libres la cual vi a hace poco. Me recuerda al protagonista, porque estos eran los hombres que en la segunda guerra mundial eran libres. Es decir, no eran los principales perseguidos del Nazismo, aún así arriesgaron sus vidas por los demás cuando entendieron que bajo un régimen que oprime y discrimina a uno, tarde o temprano vienen por todos. Hombres que se vieron en el espejo de la humanidad.

Yo no sé cuáles eran las circunstancias de Johnny. No sé qué estudiaba, no sé si tenía novia, si tenía familiares fuera del país, si a lo mejor alguien le ofreció una beca, o si como a tantos de nosotros alguien le dijo, “mira Johnny ¿por qué no te vas del país?” o “Johnny, no te arriesgues que a esta gente no le importa tu vida”. No lo sé. Sólo sé que Johnny era un hombre libre, que impulsado por el motor de su consciencia y sus sueños salió a luchar. Tal vez quería ser un líder político, tal vez algunas de sus ideas eran controversiales entre sus compañeros, tal vez era tenaz y soñaba con tener una empresa, o en ser escritor, como yo. No lo sé. Era y eso para mí es suficiente. Alzó su voz, luchó, se puso allí en un frente en donde muchos de nosotros no hemos estado por distintas razones, o sí hemos estado y hemos salido huyendo, ilesos en lo físico, pero despavoridos, confundidos y profundamente marcados ante lo que nuestros ojos han visto. Una saña y un odio materializados en detonaciones, detenciones, golpes, torturas, gas, insultos, gritos. Lo peor del ser humano bajo un equipo anti motín que irónicamente fue pagado con nuestro propio dinero, ese que ha podido salvarle la vida al propio Johnny.

No dejo de pensar  que tal vez su decisión fue un ataque de lucidez, de esa pavorosa y cruda. ¿Qué futuro tiene una persona con una lesión como esa en este país? ¿Cómo se mueve alguien en silla de ruedas por nuestras ciudades si cuando sobre dos piernas fuertes siempre estamos en riesgo y sorteando obstáculos que a veces parecen imposibles? ¿De dónde saca los insumos para su condición? ¿Cómo harían sus padres para costear todos los cuidados que necesita? Si es que sus dos padres están vivos, sanos, tienen empleos, y no han sido también víctimas de esta hambrienta maquinaria que traga prosperidad y defeca dolor y pobreza.

¿Qué le esperaba a Johnny en este país? ¿En qué iba a trabajar? ¿Cómo iba a llegar a ese trabajo? ¿Con qué objetivos? Tal vez terminaría en la economía informal, o siempre dependiendo de algún pariente lejano y del gobierno, sabiendo además que jamás llegaría una ayuda del estado por dos razones: 1. Porque la ayuda del estado si llega, sólo le llega al que piensa de una forma. 2. Porque la ayuda del estado es una ilusión.

La desesperanza y la oscuridad se han apoderado de nosotros. Se nos agota la resiliencia, y si nos pasa a quienes estamos bien, no quiero, no puedo imaginar qué sucede con alguien a quien la cae una tragedia como esa.

Yo creo que Johnny no se quitó la vida. A Johnny se la quitaron. Tal vez desde el punto de vista criminológico y penal esa afirmación sea debatible, pero no desde el punto de vista moral e histórico. Es más, me pregunto cuántas otras personas en circunstancias menos graves han hecho lo mismo, acorraladas por el sentido de angustia, de ansiedad y desesperanza de un país que ya no ofrece presente, ni futuro, en el que incluso el pasado ya han comenzado a borrarlo, a difuminarlo, a plagarlo de culpa y de atrocidades en las que estamos envueltos pero que no cometimos. Cómo hace para lidiar con la impotencia el que trabaja, suda y sueña cuando ve que el primer ladronzuelo se hace rico, y que además llena de bufones su corte. A mí me llena de dolor y de rabia, para quienes han perdido todo deben ser emociones en un grado devastador.

A Johnny no sólo le invalidaron sus piernas. También su corazón y su mente. Y eso pasó hace mucho. Pasó el día que comenzaron a llamarlo escuálido, majunche, apátrida, muchos lo han tomado a risa, y hasta se han hecho franelas. Como si haciendo caso omiso de una humillación uno pudiera borrarla, pero de tanto repetir que somos menos que humanos y que no tenemos ningún tipo de poder en nuestra vida terminamos por creerlo. Y de un día para otro nos aplasta la mente un estado que no perdona al que sueña, al que piensa, ni al que aspira.

Johnny. El hombre libre. El que con toda su fuerza y su persona, sus sueños, lo arriesgó todo por un país en el que se le permita a la gente al menos creer, no sólo en un dios, en un político y en un destino, sino en sí mismos, como ciudadanos, como profesionales, como personas. Lo arriesgó y perdió todo.


Creo que hoy no hay que pensar sólo en lo que se llevó a Johnny, sino en lo que ha dejado. El heroísmo no está en la muerte, sino más bien en la vida. En la decisión pequeña, en ese momento en el que de pie frente al mundo te das cuenta de lo que significa ser un hombre libre y hasta dónde llega tu libertad, sobre todo cuando quien está a tu lado es oprimido. Yo sé que no es consuelo, que cuando un golpe como este llega todos nos sentimos quebrados, sobre todo quienes tenemos edad para conducir el país y hacer cosas de impacto real y profundo. No quiero imaginar sus padres, amigos y familiares, el deslave moral y de oscuridad que se viene sobre ellos. No es a modo de consuelo, sino a modo de buscar la forma de salir adelante e intentar que esto no siga pasando, que insisto en la luz, en que al final no es la muerte lo que cambia el mundo, es la vida. Es lo que Johnny fue en vida. Es lo que nos ha dejado lo que debe marcarnos, la responsabilidad de usar nuestra libertad para reconquistar el futuro que se nos va de la manos.

lunes, 7 de abril de 2014

¿Qué irá a pasar?

Paso rato por la mañana mirando el techo y me cuesta decidir levantarme de la cama. No sé hacia dónde encaminar mis pasos, ni qué debo hacer. No sigo un orden de ideas y siento que mis metas no tienen sentido. Las cosas que normalmente hago me parecen frívolas, otras inútiles, algunas a destiempo, y pronto siento que me estoy borrando.

Miro y escucho, espero en la distancia el rumor de alguna detonación. Según dicen se nos puede volver algo normal. Ciertamente ya no causa el mismo estupor de los primeros días, pero normal tampoco se puede decir que es. Es una costumbre extraña que no se puede definir. Entonces alargo la mano y busco el teléfono y desesperadamente hurgo en la pantalla táctil a ver si consigo alguna respuesta. No sé si intuyo que está pasando algo, si estoy esperando que pase algo, si tengo miedo que pase algo. Es una combinación de todo.

¿Qué irá a pasar? En lo político. En lo económico. En lo familiar. Mientras tanto la vida sigue. Vuelve a amanecer. Un día más comienza. Es un día más de vida que pasa. Es un día más que perdemos. Se nos va todo lo que uno acumula en un día, la capacidad de producir, de crear, de construir. Cada uno en su espacio. Porque el ama de casa de pronto no le interesa su hogar, o no puede atenderlo. Porque el ingeniero no tiene con qué construir, no lo consigue, no puede llegar a los materiales, no tiene los recursos, no puede planificar. El comerciante está cercado por leyes y se ha visto convertido en el chivo expiatorio de turno. Y uno el escritor, con todas las historias acumuladas. Con todo el sentido atravesado detrás del pecho, sin saber bien por dónde comenzar.

Pienso en irme. Pienso mucho en irme, pero no sé a dónde, ni cómo, ni a hacer qué. Tampoco tengo ganas. Quiero irme, pero quedándome. Quiero que mude la patria, quiero que cambie el ambiente, lo que respiramos. No sólo por el gas lacrimógeno. Sino por lo que vemos, lo que oímos. Quiero voler a planificar, a soñar, quiero volver a desvariar entre proyectos casi imposibles, tan sólo porque siempre se me ocurren tantas cosas que yo misma no me doy abasto. Quiero que se acabe este miedo. Miedo a todo. Miedo al discurso, miedo a la propaganda, miedo a la relación con el dinero, miedo a las armas, miedo al delito, miedo a la noche, miedo al día siguiente, miedo al llamar por teléfono y al contestarlo. Quiero que se acabe esta destrucción, esta mediocridad por todos lados. Quiero que se acabe esta rabia, estas ganas de pegar con la mano abierta a todo el que está pasivo, a todo el que critica por deporte, a todo el que es incapaz de algo de solidaridad y empatía y no ve el dolor de un pueblo entero que grita. Quiero que se acabe esta sed de valores. Porque estamos sedientos de valores.

Necesito un gesto humano. Necesito ver valentía, solidaridad, empatía. Necesito ver indignación, verdadera indignación. Necesito una mano y una mirada llena de coraje. Porque la verdad se me va a agotando el espíritu entre tanta maldad y lo que siento es que se me están acumulando muchas preguntas a Dios. Y de verdad, les pido a los religiosos respeto ante mi duda. No voy a leer biblias, ni a repetir oraciones sistemáticamente. Yo necesito más respuestas. No que alguien me diga, por qué pasó o esto o aquello, por qué nos tocó, sino un análisis más racional de toda una coyuntura política y por qué ciertos factores aún no terminan de ceder y de alzar la bandera contra la injusticia, si al final estamos todos en la lucha por la vida. No me importa el lado de la historia, yo quiero estar es un lado de la vida.

Confieso que no sé qué pensar. No sé qué hacer. No sé qué estoy mirando. No sé qué pasa a mi alrededor. No sé canalizar los sucesos, ni clasificarlos. No sé qué es una tragedia, ni qué es el destino, no sé qué debo hacer, ni qué debo decir. Me siento a escribir porque es mi naturaleza y no me queda otra salida. Me siento a llorar me desbordo, no aguanto, sencillamente no me contengo. El llanto no es ni siquiera la respuesta a una emoción, es casi como un reflejo, o el producto colateral de una cantidad de emociones encontradas, todas negativas.

Confluyen la rabia, la angustia, el miedo, la impotencia, el dolor, la desesperanza, la ansiedad. Siento que se nos va la vida, la humanidad, todo se nos va. Que nos queda poca alma ya, porque frente a tanta maldad e irracionalidad, frente a tanta mezquindad que se asoma de pronto uno se siente infinitamente pequeño.


¿Qué irá a pasar? No quiero leer más artículos proféticos. No quiero agarrarme de analistas, ni de profetas, tampoco de oraciones, ni de pasajes bíblicos. Yo quiero volver a agarrarme de mí. De mi visión. De mi proyecto. De mi convicción. De mis principios. Me he perdido en todo esto. Perdí el país, perdí el suelo y estoy volando sin instrumentos y totalmente desorientada.